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I. Imagino que todos tenemos una anécdota de magos relacionada con los bares. Yo tengo una que sucedió hace unos cinco años aquí en El Open. Mi mejor amigo tocaba la batería en Tetas Lazzer y nos invitó a un toquín. Era la primera vez que errábamos por el centro. Tardamos cerca de una hora en encontrar el bar. Primer acto de magia: A veces los espacios se mueven o desaparecen y se ocultan también. Una vez ahí, sin dinero, pero con muchas ganas de escuchar a las bandas, nos abandonamos a la noche. Segundo acto de magia: Hace aparición un hombre borracho a más no poder. Alegre, se encargaba de aplaudir y elogiar a los guitarristas de cada una de las bandas que tocaban aquella vez y cuyo nombre no puedo recordar. Tercer acto de magia: Seducido por su éxtasis alcohólico, el hombre empieza a pichar las caguamas. Aquella noche en El Open solo dos personas terminaron sobrios: el baterista amigo y tal vez el cantinero, quien fue cómplice del último acto de magia. Nadie supo quién rayos era ese feliz borracho, ni cuándo se fue ni hacia dónde en esa velada por la Juárez. Tampoco supimos si pagó la cuenta.

95 Open

II. El escritor Enrique Cortazar participa en Road to Ciudad Juárez, un libro de crónicas del que en Juaritos Literario ya se ha escrito. Destacan en este conjunto los temas vinculados al recuerdo y, pese a que uno de los objetivos era ofrecer crónicas en las que la violencia no se tratara, lo cierto es que en varios de los textos esta protagoniza o se entromete en las palabras del escritor. Hecho que sucede en la primera parte de “Sucedió en un baldío” donde un cholito “filerea” a un sujeto que le hacía bullying años atrás para luego enterrarlo en un lote abandonado.

Quisiera, sin embargo, enfocar este texto en “Nada por aquí, nada por allá (Bar Virginia’s, por la Mariscal)” segunda historia de la crónica. Cortazar describe aquí la figura de un cantinero, don Lalo, experto en desaparecer y aparecer cosas. La destreza con la que ejecutaba sus actos de magia hizo del cantinero una de las principales atracciones de la cantina para ebrios nihilistas. Porque don Lalo, además, conocía desde el silencio más sabio las historias personales de la gente que acudía al bar a embriagarse. Ahí el vato vaguillo que nada más daba el rol por la ciudad, el hombre que se casó sin saber ni cómo, pobrecito, el otro casado que nomás no se aliviana, otro que da el rol pero no rola el chivo, chinga’o, aquel cabrón que golpea a su mujer por puros celos y sigue pistiando, imaginando fantasmas, el que se pone bien locote y ya anda viendo a los elefantes rosas de la película de Dumbo, cuánto trauma de la niñez. Finalmente, el que llega y grita: “¡Don Lalo! Aparézcame a mi vieja que hace tres días que me dejó”.

95 Virginias

Hoy don Lalo y el bar han desaparecido. Desafortunadamente no por medio de un acto de magia. El Virginia’s estaba en la calle Santos Degollado, esquina con El Begonias, sobre la legendaria Mariscal. Ya conocemos esa historia. El gobierno decidió demoler la zona en un intento desesperado por contrarrestar la prostitución y el narcomenudeo. El Open, quien acogió por un tiempo los restos de El Virginia’s, durante la época de violencia, se cambió de lugar a la avenida Juárez, donde hoy sigue recibiendo a dioses del alcohol y guerreros shaolín. Don Lalo realizó su acto último de magia y se fue con la muerte: quién sabe cuántos tragos le habrá servido. Hoy no nos queda sino asumir que en un futuro los bares y espacios que visitamos de forma cotidiana tal vez desaparezcan y conformen este cementerio de cáscaras.

Antonio Rubio