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“La cámara” de Eduardo Lizalde, publicado por la UNAM en el cuentario homónimo en 1960, relata la historia de tres personajes que se encuentran atrapados en la cajuela de un carro después de tratar de cruzar la frontera de México hacia Estados Unidos. Un chofer desconocido se da a la fuga luego de que un oficial le preguntara sobre su carga. La ubicación donde reposa el auto es ignorada tanto por los tres hombres encerrados como por el lector. Hay una sugerencia geográfica mediante recuerdos, aunque nada queda concreto. Son interesantes las reflexiones y peripecias que sufren en la cámara para combatir los estragos de la sed y el hambre, además de los delirios y la muerte. Esto ocurre de manera gradual al transcurrir las horas y bajo el sol del desierto. El diálogo se transforma en un monólogo interno: el narrador pasa de tercera persona a una voz testigo. La cápsula hedionda se convierte, a la vez, en casa, tumba y libertad. La incapacidad del último superviviente para cometer suicidio en un espacio tan reducido demuestra al final que la muerte es “un oro que no se puede gastar”.

Uno de los tópicos recurrentes en “La cámara” es el tema del hambre. Cuando “el hombre de en medio” está en uno de sus sueños, imaginando y fantaseando sobre la comida, menciona un restaurante en Ciudad Juárez (sin nombrar cuál). En dicho establecimiento se le acerca un negro norteamericano a pedirle pan como limosna. Se reviste la escena con la segregación racial que imponía Estados Unidos sobre los afroamericanos durante los años 60. El narrador describe los camiones que llegaban los sábados a Ciudad Juárez con gente de color, igual que si la urbe fuera un vertedero de personas. Y así, consciente Lizalde de los problemas migratorios con el vecino país, señala sutilmente la problemática extranjera. Asimismo, critica la percepción que los estadounidenses tienen sobre la ciudad: “Somos su salón de fumar, su escupidera. Claro está que nos pagan bien por recoger su basura”. El sistema económico es el principal motivo de las muertes donde se verán involucrados los famosos polleros; pero también el motor y la esperanza que alarga la vida de estos personajes: la búsqueda de una ilusión. Mientras en ciudades como El Paso no se permite el escándalo, algunos sueños quedan sepultados en la cámara de un coche.

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Lizalde se vale de los problemas que aquejaban a la población fronteriza hace más de 40 años: migración e inmigración, el sistema político y económico, la percepción de la mayoría sobre ambos países (una de progreso frente a otra tercermundista). No obstante, estamos en pleno 2017 y esto aún permanece en el imaginario de ambas culturas. Se aproxima una época donde las circunstancias sociales no esconden su raigambre. Las reformas de Donald Trump parecen plantear una nueva, o más extensa, segregación racial. La frontera comienza a volverse una columna peligrosa y la densidad demográfica ha llenado con carreteras los espacios desérticos. Sin embargo, lo que ha cambiado, más que una mejor calidad de vida para el país, es la seguridad de ambos estados para evitar estos conflictos repletos de escándalos. Se ha disipado la muerte del dólar pero se ha anunciado la del peso. Los sueños ahora no mueren asfixiados en el desierto, solo descansan bien estacionados en cualquier esquina.

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Óscar Sánchez Torres