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Tras la pista de todo texto literario que haga referencia a la ciudad, un buen domingo de hace un par de años, en el Bazar del Monu, dimos con Road to Ciudad Juárez: crónicas y relatos de frontera. A este libro ya le hemos dedicado varias entradas en el blog (¡y las que faltan!). Así que ahora quiero detenerme en la concepción del mismo proyecto editorial que tenía como premisa la construcción de una imagen citadina a partir de una escritura colectiva que plasma historias sobre una escenografía compartida: Juaritos. La tarea no fue sencilla: conjugar en un solo libro a 33 escritores de diferentes latitudes agrupados en dos secciones, los extranjeros y los locales. Esta distinción inicial es un punto de partida para acceder a las crónicas y los relatos. Coincidencias y rupturas. Por medio de la ficcionalización de un yo cronista o a través de personajes que recorren las calles aledañas a la frontera, la prosa de los autores se apropia del territorio representado, en ocasiones limitándolo en un estrecho horizonte, pero en otras, multiplicándolo al grado de que al lector le surgen las ganas de experimentarlo.

74 Francisco Villa

Las “Coordenadas…” con las que el antologador, Antonio Moreno, sitúa al lector de las crónicas y relatos de frontera sustentan que “Latinoamérica empieza en Ciudad Juárez”. Esta idea fue expuesta en el ensayo “Nuestra América” por el último de los grandes libertadores, José Martí, al cartografiar, en 1891, la misma zona cultural que se extiende “del Bravo al Magallanes”. La percepción del vasto territorio geográfico de uno a otro extremo de la América hispana y en donde suenan al unísono varias familias lingüísticas se ha visto, dice Moreno, “contaminada por el estereotipo, la indiferencia y la ignorancia”. Las representaciones de Latinoamérica dan por hecho la mezcla y convivencia, pero en ellas también “cabe desafortunadamente la barbarie y el horror”. El diseño de la antología, explica su orquestador, buscaba emular la compilación Oriente empieza en el Cairo, aparecida en el entronque de siglos en la Colección Año Cero, donde ocho escritores en lengua castellana dieron testimonio, a través de “crónicas calidoscópicas o diarios de viaje”, de su visita a distintas capitales mundiales. En el 2008, Antonio Moreno comenzó las gestiones en UTEP de un proyecto similar. Desde ahí entró en contacto con varios escritores sudamericanos para imponer un carácter nómada al libro –a una mitad– con la inclusión de autores extranjeros, “trotamundos y pasajeros”, que estuvieran de paso por la frontera. El criterio de selección del otro 50% de “paseantes y trotacalles” lo componen mexicanos oriundos o residentes de Juárez. La superposición de mapas de la misma mancha urbana no busca “confrontar miradas para deducir posteriormente que la ajena es, en estos casos, más certera que la mirada autóctona”. Llama la atención esta advertencia unilateral, cuando normalmente el extranjero se lleva consigo, tras una corta estadía en cualquier lugar, una imagen citadina más cercana a la postal o al recuerdo que se fija con imán al refri.

El llamado a la escritura me parece loable e inteligente: “Dejamos de lado el revólver humeante y el cuchillo entre los dientes para explorar otros horizontes menos hostiles”. La convocatoria trae consigo una simple exhortación, difícil de malinterpretarse: “la violencia no podía ser en esta ocasión la protagonista”. El acento debía recaer hacia la manera simbólica con la cual el hombre a través de sus caminatas transforma el paisaje urbano a cada paso de un viaje (walkscapes, lo llaman por ahí). No obstante, las treinta y tantas voces que se dan cita en el libro de crónicas y relatos sobrepasan el limitado número de autores de la publicación modelo. Quizá esta cantidad provocó que las condiciones de participación fueran tan laxas y fácilmente eludibles. Muy pronto, el editor se dio cuenta “que cada quien hablaba de una ciudad distinta” y que el resorte emocional hacía que el paisaje urbano, colmado de lugares insignia o emblemáticos, se revistiera “de un ánimo alimentado por una imaginación puramente literaria”. Las miradas, evaluaciones y “varios de los rostros posibles de la ciudad” que promete Antonio Moreno son de corto alcance. No todos los escritos se ajustan a su buena voluntad ni a sus propósitos. Según él, dejó fuera las crónicas que exploraban perfiles “que ya han sido investigados como la violencia feminicida y la violencia entre narcos y militares”. De hecho, no todos los textos compilados fueron preparados ex profeso; algunos ya habían visto la luz en otros medios. Esto no tendría por qué ser reprochado, siempre y cuando se nos avisara cuáles son anteriores al esfuerzo de la edición y en qué momento fueron escritos.

74 Vías caminata

En Road to Ciudad Juárez la pluma de cada autor hace uso de un paisaje urbano para echar a andar el móvil de sus escritos. Sin duda, la antología debe ser leída en sus dos secciones, pero recomiendo evitar (o recorrer como en campo minado) sus “Coordenadas…”. El libro promueve la convivencia de una miríada de perspectivas espaciales marcadas por la discontinuidad, la subjetividad y la fragmentación que posibilita el pasaje constante de un territorio, el propio de cada autor, a otro específico, Ciudad Juárez, independientemente del país del que procedan. Los textos en conjunto permiten una lectura a partir de las relaciones de dominio y apropiación del espacio. Este ejercicio de poder a través de la escritura debe ser entendido en sentido amplio, desde la constatación de efectos materiales más concretos hasta la fuerza más estrictamente simbólica. El andar dibuja un trazo en movimiento que va a la par con franjas y contornos definibles solo al momento en que transitamos por ellos. Caminar a través de una urbe pone también de manifiesto las fronteras interiores de la ciudad, así como la visión sesgada de quien la recorre y exhibe, al mismo tiempo, sus propios límites y fronteras imaginarias.

Carlos Urani Montiel