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En un extraño ejercicio narrativo, a medio camino entre la estampa y la cartografía imaginaria, José Vasconcelos (1882-1959) traza “El mapa estético de América” (1933), relato singular en donde la geografía, el clima y las expresiones artísticas se mezclan para dar lugar a una topografía de la emoción: no Canadá, sino la pintura que puede desprenderse del flujo helado de sus ríos; no Estados Unidos, más bien el far west de Whitman, la arquitectura potencial de la aridez californiana (landscape arquitect); no México, mejor las danzas y ritmos ancestrales de la costa y el Istmo de Tehuantepec. Dentro de este curioso atlas, Vasconcelos también se detiene un momento en la línea fronteriza. Aquí, en estos “desiertos habitados” en los que “el pensamiento y la emoción todavía no se expresan”, puntualiza, pero “es de esperarse que el día que se produzca la cristalización nos vendrá de por allá un deslumbramiento”. ¿A qué se refieren estas sentencias que rayan en lo mesiánico?, ¿acaso son el equivalente diplomático de “La cultura termina donde comienza la carne asada”? O, por el contrario, ¿se trata de una apreciación auténtica, fruto de su educación familiar y los innumerables viajes que, sin duda, lo pusieron en contacto directo con la realidad del norte?

96 Vasconcelos librosCiertas respuestas pueden encontrarse en Ulises criollo, esa otra “topografía de la emoción” que, a partir de los vaivenes del recuerdo y una prosa fecunda de sensaciones e imágenes, da cuenta de dos tipos de historia, dos corrientes que en ocasiones se confunden: la vivencial, con las evocaciones de la infancia y adolescencia —las batallas de niños yanquis y mexicanos—, los amores clandestinos —María, la ardorosa de juventud; Adriana, el reemplazo de matrimonio—, las preferencias literarias —¿cuántos, al igual que el ex secretario de Educación, han odiado a Stendhal, Flaubert, Proust y Mallarmé, y renegado de los consejos de Alfonso Reyes?—; y la cronológica, mediante la remembranza de acontecimientos políticos —especialmente, la caída del porfirismo y el inicio de la Revolución— y la descripción de pueblos y ciudades —por ejemplo, Piedras Negras, Sásabe, Tlaxiaco, Campeche, Durango, Ciudad Juárez o Tacubaya, del lado mexicano; Eagle Pass, Washington, Nueva Orleans, Arizona, El Paso, Texas, del norteamericano..

96 Vasconcelos - Ulises 1935

Considerada como una especie de “autobiografía novelada”, Ulises criollo es el primer volumen de la tetralogía Memorias, la cual se compone de La tormenta (1936), El desastre (1938) y El proconsulado (1939). Escrita dos años después de que perdiera en las elecciones presidenciales de 1929 (¿Cárdenas amañó los votos?), mientras residía en España, fue publicada en forma de libro en 1935 por la editorial Botas, a cargo de Andrés Botas, residente de Austin, Texas. Éxito de ventas inmediato —Pitol le da el título de best-seller— y de clara influencia en autores de la época o posteriores —Octavio Paz, por ejemplo—, el texto está dividido en 111 pequeños capítulos, cada uno encabezado según el motivo que vaya a conducir la narración. En cuanto al título general de la obra, llama la atención el cambio que sufrió: de Odiseo en Aztlán, nombre que ostentó cuando se publicaba por entregas en la revista Bohemia, de Cuba, al moderno Ulises criollo, giro semántico que, aunque conserva la alusión al viaje, también incorpora un discurso estamentario e ideológico: ¿indicio, quizá, de su concepción poco afortunada hacia los grupos indígenas, a quienes suele tachar de “el elemento salvaje de su población”, o su polémica dirección de Timón, revista de orientación pronazi? Como quiera que sea —dejemos estas elucubraciones a los especialistas, colectivos y demás gremios sofisticados—, y amén de su extraordinaria riqueza en distintos planos, aquí solo me interesa destacar la manera en que Vasconcelos concibe a la frontera desde finales del siglo XIX hasta las primeras décadas del XX y, muy particularmente, el papel que le asigna a Ciudad Juárez y su relación con El Paso, Texas.

Aunque Vasconcelos suele establecer una distinción entre la ruralidad del lado mexicano (“La cocina fronteriza era muy primitiva”, “nuestras pobres antiguas tabernas del territorio mexicano”, “la libertad, la sonrisa, que eran la regla en el lado anglosajón, y la miseria, el recelo, el gesto policiaco que siguen siendo regla del lado mexicano”) y el urbanismo del norteamericano (“era un vértigo de construcciones, comercio, tráfico”, “la metrópoli del desierto, llamaban a El Paso las guías turísticas”, “calles asfaltadas, tranvías eléctricos, hoteles de viajeros, espaciosos y flamantes”), hay pasajes en donde se borran las diferencias sociales, como en “Siglo nuevo”, en el que la Misión de Ciudad Juárez es el foco que une “a los dos Pasos del Norte, el antiguo y el yanqui”. Asimismo, en “Hacia la independencia”, Vasconcelos describe que el “lujo de las cervecerías” de El Paso, próximas a imponerse en toda la franja, constituían ya el divertimento de “los ricachos de Juárez y aun los empleados”. Por otra parte, celebra, durante el Plan de San Luis, la autonomía y fuerza de trabajo de los mexicanos que entonces residían en Texas, pues “gracias a las libertades yanquis, se regían por sí solos y prosperaban”. Finalmente, me detengo en “Biblioteca del Congreso” y “Los arreglos de Ciudad Juárez”, capítulos en los que esta ciudad toma protagonismo por su importancia decisiva en los “rumbos de la Revolución”. Así, Vasconcelos, quien a la postre fue delegado maderista en Washington y recibía información del corresponsal Hopkins, escribe que “en Juárez ocurrían sucesos que rápidamente transformaban la historia patria. Una vieja dictadura caía…”. En contra de bandoleros como Orozco y Villa, insatisfechos con la conmiseración de Madero hacia los prisioneros de guerra, relata que la ciudad, escenario de los pactos, tuvo repercusión en el mundo.

96 Mision fotomontaje

A pesar de que la visión que Vasconcelos tiene sobre la realidad fronteriza pareciera muchas veces negativa, por sus prejuicios de clase, también contiene detalles que reivindican, e incluso enaltecen, ciertos aspectos de la región, esparcidos a lo largo de todo Ulises criollo, desde lo gastronómico hasta el flujo demográfico y comercial. En este sentido, casi un siglo después, todavía cabe preguntarse, ¿hemos deslumbrado lo suficiente?

Jesús Gamboa