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Cuando se habla de literatura juarense uno de los primeros nombres que se menciona es el de Miguel Ángel Chávez Díaz de León, quien además de haber publicado poesía y recientemente una novela, también incursionó en la crónica literaria. En Road to Ciudad Juárez: crónicas y relatos de frontera, compilado por Antonio Moreno, puede leerse un ejemplo de lo último: un texto que raya entre la crónica urbana y el relato breve. “Salvador Dalí en Ciudad Juárez” nos cuenta cómo su narrador, fascinado por la obra del surrealista español, encuentra un par de litografías auténticas a un elevado costo en uno de los escenarios más pintorescos de la ciudad: los Herrajeros. Si bien la voz habla del caminante que recorre grandes distancias con el afán de conseguir un objeto deseado, máquinas de escribir en su caso, resulta más interesante que toque un tema tan extraño como lo es el “Mercado Negro de las Obras de Arte en Ciudad Juárez”.

“Salvador Dalí en Ciudad Juárez” explora uno de los espacios más populares que se pueden encontrar en toda ciudad latinoamericana: los mercados de baratijas, el tianguis mejor conocido por aquí como “segundas”. Es difícil que un habitante de Ciudad Juárez no conozca algunas, puesto que prácticamente en cada sector te encuentras con una que abre solo por un día o toda la semana, como una tradición que se transmite entre las generaciones. De las más famosas en la urbe están las de la Ferrocarril, donde cantidades de comerciantes trabajan diariamente hasta las 11 de la noche; otro mercado segundero, el del bulevar Bernardo Norzagaray, funciona nada más los domingos por la mañana. No obstante, en su crónica Miguel Ángel Chávez ahonda en una de las segundas más célebres de Juárez: el mercado de “Los Herrajeros”. Ahí se puede encontrar cualquier cosa: desde ropa, zapatos, libros, juguetes hasta aparatos de alta tecnología, como celulares, televisiones y computadoras de dudosa procedencia. El narrador ubica a sus lectores en un espacio crucial para su relato, un lugar en el que puede adquirirse de todo, incluso el legítimo trabajo de Dalí. El mercado de “Los Herrajeros” es para el narrador un espacio donde tiene lugar su propia odisea, la búsqueda del objeto preciado, la carpeta de letras doradas con la firma del pintor… el vellocino dorado de Miguel Ángel.

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Resulta difícil pensar en un juarense que no haya pisado “Los Herrajeros” o cuando menos escuchado hablar del lugar. Con frecuencia, entre conocidos y familiares, he escuchado que un punto clave para la compra de televisiones y accesorios de computadoras es dicho mercado: “cómpralo en los Herrajeros, te sale más barato”. Miguel Ángel busca, a través del recurso literario, ofrecer la cercanía a un espacio que resulta familiar, un entorno en el que la comunidad juarense ha visitado en algún momento de su historia, a través de la creación de imágenes llamativas pero ordinarias para la vista del transeúnte local, tales como una calle abarrotada de puestos de venta o una mesa repleta de “chácharas” viejas y curiosas. El texto recrea un espacio mítico de la ciudad, una zona anclada al colectivo imaginario de cada habitante. Juega también con la figura del misterioso comerciante que conoce cada artículo que vende. Miguel Ángel describe hábilmente calles harto conocidas por la comunidad y las convierte en imágenes poéticas, a través de las cuales quien lee puede visualizarse caminando por este mercado donde la Monalisa te sonríe en la esquina que no estás mirando.

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Rafael Leyva Rodríguez