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La cuarta novela de Alejandro Páez Varela publicada por Alfaguara vio la luz en noviembre del año pasado, y no, esta tampoco busca inscribirse dentro de los márgenes de la narcoliteratura –deo gratias. Oriundo Laredo sigue el modelo quijotesco y presenta a un protagonista que se mueve a lo largo de la frontera norte de México junto a su escudero, Gamboa Las Vegas. Ambos recorren la franja fronteriza y caminan decididamente sobre la discriminación racial. De manera más abrupta, el discurso del personaje Marentes parece imprimir más fuerza sobre la pisada, como quien busca apagar un cigarrillo sobre la acera. El complejo mundo que retrata –ese país-de-en-medio– se compone de personas simples que avistan la cotidianeidad fronteriza, una gama multicultural que crea una sensación de confluencia en continuidad a la imagen del bordo como un punto de convergencia. Estratégicamente se dirige a un público que desea entender la era Trump, una sociedad que se encuentra expectante frente al horizonte incierto que bosqueja el panorama estadunidense. Esto no apunta a la exigencia de un lector ideal en el proceso receptivo (como si la única forma de significar el texto sea mediante la lectura del individuo fronterizo), sino a un síntoma más en la narración que delata la esencia periodística en la obra de Páez Varela. La incipiente intención de reconocer en el presente la semilla que lo generó todo evoca a su labor como periodista: las genealogías, los antecedentes históricos y la consciencia de su estar en el mundo a partir de lo que ya fue y que él se encarga de dar fe. Aparte, el tono que acompaña a toda la narración sigue recordando al oficio del autor -y el de su familia-. Uno puede encontrar el rescoldo de su estilo narrativo entre las columnas que publica en SinEmbargo.

El sistema educativo estadunidense sostiene su verdad única e irrefutable: El país se compone de 50 estados. ¿Y a quién le importa el antecedente poblacional?, si de cualquier modo los gringos “rehicieron la historia con puras mentiras. Les da vergüenza quedar como lo que son: puros culeros. Les da vergüenza decir que se robaron todo esto”. Así explica el Marentes la ausencia de una intención visible por recuperar los cimientos sobre los que se construyó su país. Esta miopía deliberada que invisibiliza las voces rurales y da crédito al desmedido populismo al que se ha entregado Estados Unidos es un ápice delator de una nación que no se acepta a sí misma. No se sabe -ni quiere saberse- conformada por un sinfín de personas provenientes de diversas culturas, de Oriundos, Larrys Y Marentes, pero también de Quarentines, rancheros negreros y sujetos inadecuadamente puristas (como El Gordo). El catálogo de personajes que son víctimas del american way of life, gozado por los güeros y realizado por los supuestos extranjeros, se presenta como una cristalización de la dinámica económica que sigue el vecino país.

98 Silver City NM

Estas modalidades son encarnadas por individuos sumamente humanos, construidos a partir de experiencias, como demuestra Larry Preston, dueño de unos acres cerca del Río Grande, donde tenía un plantío de nogales y que fue el espacio de encuentro entre él y el protagonista. “Trabaja Juan, que las piedras te darán pan” les recordaba Larry Preston a sus trabajadores en memoria de David Thal, quien en sus últimos días se dio cuenta que “las piedras son piedras. Siempre, hasta el final”. David le enseñó a su hijo John, que se hacía llamar Juan en honor a su herencia, el valor del trabajo. Posteriormente, Juan le transmitiría este conocimiento a Larry y este se lo entregaría a Oriundo. Al padre de Juan se le recuerda por el uso de su recurrente frase y por el estado irónico que padeció previo al deceso: el día en que la espalda ya no pudo con tantas piedras se dio cuenta que estas “un día te darán pan, pero no debes olvidar que al siguiente pueden partirte la espalda sin remordimiento”, porque “los hombres y las plantas cambian; o tienen la posibilidad de cambiar con el tiempo. Pero las piedras siempre son piedras”.

98 Alamogordo NM

Aunque las acciones de la novela no ocurran en Ciudad Juárez y el referente concreto más cercano sea El Millón, se sabe que está ahí latente, desde Aurelio hasta Oriundo; de Carmela a la dinastía Quarantine del Segundo Barrio. Generaciones de desconocidos, que pueden llegar a ser antitéticos unos a otros, han sido vinculadas por un rasgo en común: su ubicación espacial. Si bien el argumento está construido alrededor de la movilidad de los personajes, no hay un cambio en el protagonista que esté ligado a sus viajes: a Oriundo no parece importarle si está en el Millón o en Tornillo porque se reconoce en una indeterminación geográfica que le exime de ataviarse a una bandera. Pese a ser una novela del sur (de Estados Unidos), la tesis sobre la que se construye Oriundo Laredo propone desdibujar las líneas geopolíticas. Es así que, idealmente, el mexicano no debería aparecer como extranjero o migrante en el país vecino porque esos dominios le pertenecen. El Marentes concreta el sentido del argumento: “Yo no soy migrante. Que ellos hayan partido esto en dos, es otra cosa. Pero yo no soy migrante. No migré de ningún lado. Éstas son mis tierras aunque no tenga título de propiedad. Todos nosotros que estamos aquí hemos ayudado a construir este país, ¿y qué tenemos a cambio? Nada. Los chinos que construyeron el ferrocarril fueron enterrados debajo de los durmientes. Los prietos que levantamos sus cosechas también dejamos la vida aquí y no tenemos nada”.

98 Segundo Barrio 1949

Laura Robledo