Etiquetas

,

Una de las metas principales de Juaritos Literario ha sido la lucha contra los artilugios del olvido. De ahí la importancia y urgencia de la materialización de la memoria, la cual concretamos desde la misma búsqueda, digitalización y reproducción de los textos literarios, hasta la aprehensión y transmisión de las distintas situaciones, sentimientos, espacios, críticas, etc. que en ellos se retratan. ¿Por qué nos interesa esto? Porque pertenecer a una comunidad, más allá de cuestiones geográficas, lingüísticas y religiosas, tiene que ver con el hecho de compartir –y por tanto conocer y transmitir– un pasado común y a partir de él cimentar el presente con miras al porvenir. Aunque no siempre signifique que queramos recordar ese pasado que nos caracteriza. Varias entradas atrás Antonio, hablando justamente del tema que aquí nos concierne, señaló el sentimiento que a muchos de nosotros nos recorre al escribir este tipo de líneas: “mis dedos desfallecen cuando ahora me toca describir, a partir del escalofrío, el miedo de aquellos territorios trágicos”. No por esto hay que dejar de hacerlo.

100 lluvia balas

Ahora bien, la imagen de Juárez se ha fijado desde hace tiempo en un discurso que gira en torno a la violencia. Por ello, existe un gran debate alrededor del tema de la literatura que se erige sobre este aspecto de la frontera, acusándola, en ocasiones, de tremendismo, oportunismo o amarillismo. Ciertamente, durante la primera década del presente siglo surgió un alza considerable en la producción de este tipo de obras, lo que representa uno de los puntos a criticar; sin embargo, también habría que cuestionar el otro extremo: la cantidad de años que pasaron para que alguien –no solo desde el ámbito literario– levantara la voz en contra de los múltiples y cada vez más constantes asesinatos de mujeres en la ciudad, los cuales iniciaron –oficial y literariamente– en 1993. El silencio que la voz de todas quiebra apareció en noviembre del 99, mismo año en que se publicó Mujeres de la brisa de Joaquín Cosío. Por su parte, los poemarios de Micaela Solís y Arminé Arjona se editaron ya entrado el nuevo milenio; no obstante, fueron las primeras en abordar, con un tono bastante desgarrador y crítico, la temática que volvió famosa a la ciudad. Aquí me centraré solo en esta última poeta.

100 Arminé Arjona

Juárez, tan lleno de sol y desolado (2005) reúne una serie de poemas escritos entre septiembre de 1997 y el 2002. En ellos, la crítica de la autora se vuelca no solo hacia el feminicidio, sino –y esta es la parte que considero más importante– hacia la apatía e indolencia de la sociedad ante esta situación: “Y todos nos vamos / volviendo asesinos / con la indiferencia / con el triste modo / en que las juzgamos”. La autora mezcla aquí –al igual que en sus producciones posteriores– su talento y perspicacia literaria con un quehacer social bastante activo. Arjona se involucró en Voces sin Eco desde su surgimiento (1998), uno de los primeros grupos integrado por madres directamente afectadas que alzó la voz debido a la falta de respuestas convincentes por parte de las autoridades. Es decir, la poeta no se limita a criticar y juzgar, desde un discurso de resistencia, la problemática que percibe y sufre a su alrededor, sino que participa en la búsqueda de soluciones, de justicia…o al menos de un respiro.

Arminé Arjona describe una ciudad violentada “bajo un sol cubierto de vergüenza”; una vergüenza que, sin embargo, nos concierne a todos como sociedad; por eso, ante el hecho de que “La ciudad está descuartizada: / cada quien su trozo de violencia”. Como acabo de mencionar, lo que a la poeta le interesa resaltar es la indiferencia o insensibilidad de las personas ante sucesos tan atroces: “Hay miserias que cierran / nuestros ojos / y los ciegan brutal / como candados / Hay silencios que ahogan / lentamente / callando gritos / y reclamos”. Todo esto lo hace a partir de una apropiación, tanto del espacio como de una voz colectiva en cuanto a víctimas y victimarios; es decir, habla desde un “nosotros”, lo que permite que la crítica social emitida no se sienta tan lejana ni abyecta. Por otro lado, Arjona no se conforma con apropiarse de su ciudad a través de las palabras, sino que interviene en ella directamente con las “pintas” que realiza en paredes y murales. De esta manera, por medio de breves frases poéticas, la artista nos hace percibir –o ver desde otra perspectiva– la terrible cotidianidad de la violencia en la que estamos inmersos y los mecanismos que la permiten.

100 pinta-Juárez-desolado

Como juarenses pertenecemos a una comunidad cuyo contexto –lamentablemente– se encuentra sumergido desde hace muchos años en un ambiente de violencia. No obstante, Ciudad Juárez se puede definir tanto por esos bellos atardeceres que lo caracterizan como por lo que significa el caer de la noche: representa un lugar lleno de sol y de vida y al mismo tiempo un espacio desolado, impregnado por la oscuridad, el miedo y la muerte. Aquí uno puede enamorarse, divertirse, trabajar, estudiar, vivir; sin embargo, lo que no deberíamos permitirnos como sociedad es dejar de escuchar, olvidar o ser indiferente a esos gritos que desgarran día a día nuestra ciudad, pues hacerlo implica negar una parte importante de la realidad. No dejemos que la memoria se haga polvo, ni que el olvido ponga bajo tierra nuestro duelo.

Amalia Rodríguez