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En junio de 2011 El Jardín de las granadas, de Guadalupe de la Mora, apareció en La persistencia de la memoria, libro que reúne los trabajos escritos durante un taller de dramaturgia hipertextual impartido por Enrique Mijares en Ciudad Juárez. Lo primero que llamó mi atención al llegar a esta pieza (y por lo que decidí escribir sobre ella) fue el tono intimista que desde los primeros diálogos consigue la autora al ubicar la acción dramática en un interior frente a un espejo. Soy lectora voyerista y el hecho de que la trama se desarrolle en un espacio cerrado me predispone a una confrontación íntima con la historia, aunque esa experiencia no se produzca en todas las obras que la insinúan. En El Jardín… este estado emocional es simbólico y literalmente un descenso a los infiernos. De la Mora se vale del lenguaje poético para contar la historia de varias generaciones de mujeres pertenecientes a una misma familia. Tal como ocurre en el mito de Core-Perséfone, ellas enfrentan un conflicto que involucra un cambio de destino y una transformación interna. De ahí la metáfora del jardín de granadas y la pertinencia de un espejo que refleja, a la par, la vida interior de los personajes y el tiempo-espacio que habitan.

La diferencia es que el descenso se produce lejos del campo mítico. Aquí, bajo las arenas del desierto, bajo las calles de concreto de la ciudad, la abuela Amada se resigna a un matrimonio y maternidad forzados; Marga, su amante, enfrenta el estigma del amor lésbico y el fracaso de la carrera religiosa; Esperanza e Iris ─hijas de Amada─ reflexionan sobre la pobreza, los favores sexuales a cambio de regalos y el aborto clandestino; por último, Amanda y Claudia, los frutos más jóvenes en el árbol genealógico, resienten el abandono de su madre y el peso de la historia familiar. En esta versión, tal vez preliminar de la que se puso en escena (al haberse publicado como ejercicio de taller, quizá el texto sufriera cambios luego de su primera publicación) De la Mora me conduce a un estado de reflexión más o menos grave y gana terreno, independientemente de las vaguedades que pudiera encontrar en su propuesta. Me interesa más, por ejemplo, la concepción de una urbe que no solo adquiere identidad a través de espacios públicos, o sea, calles, monumentos y parques (referentes comunes de la sociedad que la habita), sino también a través del espacio privado y de las formas de relación humana que, desde los interiores, constituyen un rasgo particular de la metrópolis.

102 Facebook TelonEjemplos de esto son los objetos familiares que subsisten a las épocas, ocupando un lugar en la casa de generación en generación, sin importar que sean funcionales o no. Curiosa característica de las provincias donde el significado patrimonial y a veces mágico de las cosas se antepone a su valor y a la tendencia a preferir lo desechable que se impone en las grandes ciudades. Tal es el caso del espejo, elemento problemático en sí mismo por considerarse un lugar común en la literatura de mujeres. Sin embargo, en el drama desempeña una función difícil de trasladar a otro objeto: la de reflejar la introspección de la protagonista, además de los fantasmas familiares que perviven en ella. También la forma en que el ecosistema y las condiciones climáticas establecen maneras de relación con el espacio aporta elementos a la construcción de la identidad de la urbe. Así, el polvo que recubre las superficies y objetos —el polvo de Juárez que lo invade todo— aparece como rasgo de la vida interior de la ciudad:

Claudia: No me gusta esta casa.
Amanda: A mí sí, su luz es maravillosa.
Claudia: El color me marea.
Amanda: Podemos pintarla, vas a tener tu propia recámara, ¿No te entusiasma? Si quieres, puedes abrir tus cajas primero.
Claudia: Hay polvo por todas partes.
Amanda: Eso que flota en los rayos de luz son las hadas.

En otro momento, Amada describe a su nieta cómo era la vida matrimonial, no en una casa, sino en un vagón abandonado del ferrocarril. Partiendo de la que es quizá la imagen poética mejor lograda de la pieza, De la Mora evoca un espacio urbano sin construcciones fijas: familias pobres que habitaban en las viejas vías del tren, sin luz eléctrica, ahí donde verano e invierno se dejan sentir en toda su potencia y la ciudad se conoce de verdad.

102 Granadas Cartel

Nabil Valles Dena