Etiquetas

,

Rubén Darío fue el padre del Modernismo y es tan importante su influencia en el pensamiento latinoamericano que hoy todavía miles de personas lo reconocen como una autoridad literaria. En este texto trataré sobre el homenaje que hace a México, específicamente al desierto del extremo norte y su frontera. Por azares del destino el poeta nicaragüense llega a territorio mexicano en septiembre de 1910, desembarcando en Veracruz como invitado especial del primer centenario de la Independencia. Por desgracia, tras los primeros indicios de la lucha revolucionaria en el país y los problemas políticos, se le niega el reconocimiento de invitado y tiene que salir de las costas veracruzanas siete días después de haber arribado. De cualquier forma, el poeta queda marcado por el trato del pueblo mexicano, por lo que decide componer un cuento, “Huitzilopoxtli”, publicado en 1914. Entre su extensa obra, es uno de los pocos textos con temática fantástica. Se trata entonces de una oda hacia los dioses prehispánicos que siguen estando entre nosotros, pues nunca desaparecieron. En la historia se lee la sorpresa  de un periodista tras una noche de misterio y duda en la que se encuentra en el desierto después de haber cruzado la frontera de los Estados Unidos con México, al lado de un yanqui, llamado Perhaps, y un cura militar mexicano, el padre-general Reguera.

Dicen que las cosas son y no. Un poeta habla de una cosa para referirse a otra completamente diferente. Rubén Darío no es la excepción y “Huitzilopoxtli” lo demuestra. El cuento no describe una ubicación exacta donde sucede la historia; sin embargo, los pocos indicios que da son tan claros que se puede deducir. Los personajes viajen en carro y, de repente, cambian a mulas, “namás” por estar cruzando la frontera gringa y adentrarse en territorios de Villa, en una noche fría… síntomas del desierto de Chihuahua, específicamente en los cruces cercanos al Paso del Norte. Se trata de este ecosistema, sin importar que el periodista siempre hable del misterio de lo verde. Un bosque hondo donde no se puede ver o una selva “salvaje” en la que no para de escucharse su música siniestra: el aullido de coyotes que, curiosamente, no habitan ni selvas ni bosques, sino el norte del continente. El espacio opera como una metáfora “fantástica” donde los contrarios se unen. Antes el desierto fue vida, aún conserva el recuerdo de un mar antiguo. Sus misterios fluyen sin rumbo alguno y los personajes nos lo demuestran: el padre habla con los dioses antiguos; el yanqui protagoniza un sacrificio azteca y el periodista no sabe si lo que vio en realidad sucedió o fue inducido por la “yerba embrujadora” que se fumó.

104 Piramide americasLas personas que conocen un desierto o han estado en uno alguna vez de forma inesperada —¿por qué sería de otra forma, si dicen que un desierto nunca tiene piedad con quien lo habita o lo camina, y que todo lo arrebata?— como el de Samalayuca, justo a la salida de Ciudad Juárez, sabe que la sorpresa se encuentra a la vuelta de la mirada, como la característica principal de cualquier relato fantástico. Imaginemos que caminamos entre olas de arena, las cuales nos jalan cada vez más hacia abajo y, de pronto, se va la luna. Lo único que permanece para contemplar en esa inmensidad árida es una oscuridad bañada en estrellas hacia arriba y una baja melodía lúgubre con la que se comunican los animales. Tratar de escuchar los gritos del silencio es difícil, pero escuchar al desierto mucho más. No obstante, es posible y Darío nos lo demuestra relatando lo que hay en un lugar sin que nuestros ojos lo puedan ver. El cuento trata de dar a conocer esa inestabilidad que primero causa duda y después asombro. Así se vive en el desierto, con la sorpresa fantástica de que si lo vivido la noche anterior fue real o simple locura. El mensaje clave de “Huitzilopoxtli” es saber escuchar al desierto, pues contiene el origen de toda forma de vida, incluso las que se pierden en el tiempo.

idarior001p1Marcos Carrillo