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Mi acercamiento a la crónica “La ne-brería de Polo o puro juaritos”, recopilada en la antología Road to Ciudad Juárez. Crónicas y Relatos de Frontera (2014), se dio gracias a una actividad académica. De la Nevería Acapulco solo conocía su nombre gracias a la novela Juarez Whiskey de César Silva Márquez. El relato de Antonio Moreno, compilador del libro, detalla su más reciente visita a este lugar que dobla funciones como librería de viejo; así como el recorrido que hizo desde la calle Arequipa para llegar a la esquina de Vicente Guerrero y Perú.

La Acapulco se describe como “el cementerio idóneo de enciclopedias, diccionarios, libros de consulta y best-sellers” que “de un tiempo a la fecha se ha convertido en una [librería] de saldos”.  El librero, el temible Polo, no es definido por el autor favorablemente ante su ideal: alguien quien “tiene que rayar en lo literario, quiérase o no, al tiempo que uno espera de él juicios espontáneos, intuitivos y, en ocasiones, pedagógicos.” Lejano al “brujo capaz de intuir el libro que busca afanosamente el lector” Polo aparece, entonces, como un ser que “no da muestras de diferenciar acumulación, buen gusto, selección y buena oferta, porque sólo le interesa que su negocio sea redituable.” Sin embargo, pese a esta limitada capacidad literaria sugerida por Moreno -no sin un dejo de soberbia-, el dueño resulta capaz de reunir en una pila de libros encima del mostrador al “puro juaritos”: Este lugar sin sur (Miguel Ángel Chávez Díaz de León), Mujer alabastrina (Víctor Bartoli), Crónicas desde el país vecino (Luis Arturo Ramos), La virgen del barrio árabe (Willivaldo Delgadillo), El sol que estás mirando (Jesús Gardea) y Callejón Sucre y otros relatos (Rosario Sanmiguel).

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Cuando acudí a la nevería-librería no me pareció tan caótica, ni Polo el energúmeno que retrata el cronista. Considero poco ético difamar al propietario y a su negocio para forzar una premisa inexistente: “Las contradicciones constituyen parte del saber oximorónico de una ciudad que siempre mira al sur con nostalgia, puesto que el norte y el sur de México son geografías con alfabetos distintos.” La realidad confirma que este fenómeno nostálgico no representa una peculiaridad de Ciudad Juárez, pues cualquier migrante alrededor del mundo lo puede experimentar, como el detective capitalino Héctor Belascoarán Shayne, creación de Paco Ignacio Taibo II, quien compra sus bolillos en La Queretana. Así mismo, cuando Moreno cita la picante frase de Polo, “lo mejor de Juárez es El Paso”, no extraña que un habitante de esta frontera piense en el otro lado como el ideal. El protagonista de Una isla sin mar de Silva Márquez, por ejemplo, pretende huir, al igual que sus amistades, a un lugar mejor. Sin embargo, el sentimiento de que la verdadera vida está más allá tampoco pertenece únicamente al juarense. En la novela Autos usados de Daniel Espartaco Sánchez un residente de Chihuahua, Elías, sueña con emigrar a Amarillo, Texas.

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Por todo lo anterior, creo que lo más rescatable del texto es la atinada descripción de la chincuya: “un globo erizado de unos quince centímetros de diámetro y cuyo interior, perfumado y carnoso, está pintado de un anaranjado chillante, color irresistible para los sentidos.” Pienso también que tal vez esta sea la primera y única edición del libro, misma que quizá Polo termine adquiriendo a precio de remate.

Luz Alejandra Fernández Ybarrarán