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La sala de colecciones especiales de la biblioteca central de la UACJ a eso de las cuatro de la tarde es el ambiente idóneo para compartir lecturas, juicios sobre libros y referencias literarias; una novela, no. Mi opinión general sobre La mujer que no fui o memorias de un insomne es negativa, lo cual normalmente me orilla a guardar silencio, ya que resulta mucho más sencillo echar escupitajos que emitir un digno aplauso. Así que me detendré en breve a explicar por qué no me gustó la novela de Rogelio Treviño, bajo la advertencia de que mi opinión es parcial y que este tipo de escritura –de exploración, existencial y a unos tachones de ser borrador– tiene el potencial de abrazar a un sinfín de lectores, justo como aquél que me recomendó el libro en la biblioteca Carlos Montemayor y quien debió haber escrito esta entrada. El título de la obra, publicada en 1998 por el ICHICULT en la colección Solar, encierra un doble recorrido: la imposibilidad del ser (o encarnar a todos) y los recuerdos de alguien en vela. El planteamiento me parece atractivo, pero ante la paradoja del cruce de caminos, el escritor se echa a andar simultáneamente por ambos senderos al amparo de todo lo que ha leído. Y eso me fastidia, aunque me hizo recordar a la “Cumbiera intelectual”, de Kevin Johansen, canción en la que un personaje femenino, ese sí muy bien construido, presume de todo su librero, tal como el bagaje que Treviño esparce por aquí y en cualquier resquicio para el regodeo de su culto lector. El compendio bibliográfico y el alarde quitan peso a la experimentación narrativa y evitan la introspección de un narrador-protagonista en su empeño por ser genérico a partir de experiencias vividas por otros. “Es cierto. Conocerse es horrorizarse”.

La secuencia mejor lograda conjuga la juerga de un escritor en Ciudad Juárez con sus intentos por concretar una novela. Sin embargo, estas secciones no guardan relación con el título del libro ni con el intento de abstraer la voz narrativa hacia la indeterminación: ni mujer, ni hombre, ni buen narrador. ¡Bueno, ya! El protagonista llega a Juárez procedente de la Ciudad de México tras su divorcio por una simple razón: estar cerca de sus hijas. Confieso que yo hago lo mismo cada mes, pero en dirección contraria. Después de esta fortuita coincidencia, la novela me empezó a hablar y ya no pude parar. “Nuestras hijas no sabían la distancia abierta, cada vez más abierta en el insoportable abismo de los cuerpos.” El poema “Invierno”, en la página 29, encierra toda la fuerza emocional de una múltiple separación. En ese momento, el conflicto interno del personaje se multiplica: después de librarse del “cuadrilátero de la almohada” deja de escribir y deambula entre la introspección y las calles de un invierno juarense. “Camino por la López Mateos, no hay mucho tráfico, el día está nublado. Veo a la gente como detrás de un vidrio, veo sus ojos nublados como el día.”

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Por otra parte, pienso que la amistad funciona como un hilo conductor de la novela, ya que el protagonista encuentra cobijo con sus camaradas, y al final nos enteramos, por medio de un juego metaficcional, que el autor le dejó su texto a un amigo quien decidió publicarlo a inicios de los 90’s. La esquina de la Av. López Mateos y la calle Melquiades Alanís se convierte en el epicentro de la acción. Una generación de artistas bohemios chihuahuenses, y demás extravagancias del beatnik norteño, se dan cita en un departamento desde donde nuestro personaje se aventura siempre en compañía hacia varios lances en busca del íntimo remedio, la escritura, o su paliativo, cualquier vicio.

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El espacio citadino transitado en La mujer que no fui aparece como una hoja en blanco a la que todo escritor teme y se enfrenta. El trayecto que realiza la pluma a través del entramado urbano juarenses refleja el bullicio en donde la unidad se confunde con la multitud, con el roce de cuerpos y sombras que dialogan en movimiento entre sí, con todos y con nadie. A medida que la voz narrativa se individualiza y los demás personajes adquieren nombre propio, como Rodolfo Haro, Nazareth, Heber y Luna, la novela nos cuenta la travesía del protagonista en busca de inspiración, la cual llega no en Juárez, sino en Camargo. Este pasaje también es llamativo, no tanto por el alucín causado por el peyote, bien logrado a nivel descriptivo, ni por la ceremonia con la que se logra el encuentro con el nombre verdadero, aquel que no se escribe a pesar de haber hallado su grafía. Lo que me interesa apunta hacia el esfuerzo por consolidar una literatura regional orgánica que se mantiene vigente y en construcción por voces foráneas que se adentraron en la sierra tarahumara, como Joseph Neumann o Antonin Artaud, y dejaron testimonio escrito en donde se hallaron a sí mismos en territorio extranjero. A esta línea de conciliación pertenece Rogelio Treviño, quien recoge el saber rarámuri a través de su alter ego que ingiere la planta sagrada: el híkuri. Y antes que él, José Vicente Anaya, en 1978, ya había ofrecido en verso el resultado de la misma bocanada. En la última novela de Alejandro Páez Varela, Oriundo Laredo también aprende de este “cactus de mucha tradición en el norte de México”. La enseñanza vital en La mujer que no fui o memorias de un insomne, tanto a nivel compositivo como interpretativo, queda cifrada en la siguiente cita de la misma obra: “el híkuri no da lo que no traes; no en vano los tarahumares y los yaquis le llaman «corrector de vida»”.106 Hikuri

Carlos Urani Montiel