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Blas García Flores es gestor cultural y escritor “born and raised” en Ciudad Juárez; su participación en la antología preparada por Antonio Moreno no es incidental, pues la urbe fronteriza sirve de escenario y personaje recurrente en su obra literaria, como en Carta del apóstol san Blas a los parralenses (2010), cuentario que incluye una versión del texto que aquí me ocupa. Supongo que su producción que no ha pasado por la imprenta se comparte y tallerea en el Colectivo Zurdo Mendieta. En la crónica ficcional “La ciudad chicle y sus héroes menores”, el paseante y trota-calle construye en una caminata por el centro, un Juárez que en los 80’s aún no estaba bajo el estigma de la violencia, y si lo estaba, el niño que toma la mano de su madre mientras van “por la calle Hidalgo, hacia la escuela Jesús Urueta” lo ignora o no le importa. Justamente esa es la premisa de la compilación: dar cuenta de el “avistamiento determinado por referentes y referencias personales o inmediatos… en el que muchos lectores verán la celebración de un Juárez en flagrante contradicción con la Nota Roja”.

110 Primaria Jesus Urueta

Para hablar de la ciudad, el narrador-personaje primero dibuja a la gente que la habita, que puebla las zonas más sombrías, y a quienes (al no ser funcionales para el sistema) son minimizados en una urbe que tiene su propio itinerario y donde lo que el autor llama “héroes menores” no tiene cabida.  Estas figuras no se acercan a Agamenón de Troya, ni a James Bond en Londres o Batman en Ciudad Gótica, y pareciera que esta desdeñada y empequeñecida ciudad está condenada al héroe del abandono, al de “la fuerza mínima”, al amputado, al ignorado y al que se “mea encima como chico” (así, igual a lo que ya decía Fito Páez en “Al lado del camino”).

El primer héroe, Duraflex, es el centinela que vigila los bancos del centro, las materias primas, la esquina entre Mariscal y Morelos y la Plaza de Armas y que, “mientras observaba el piso buscando como halcón, repasaba mentalmente las melodías del programa del día” y así prepara su espectáculo. Pareciera que el infante es el único testigo de la batalla que libra este héroe menor y que tiene como némesis al Cine Reforma pues, como dice el personaje “nunca le dejan entrar”. Este recinto, frontera para el Duraflex, ha mutado en los recuerdos de los niños como el que narra la misma crónica. En Juárez, quienes iban a la escuela en el centro reconstruyen el espacio de los cines Reforma, Premier, Coliseo y Alameda, ahora convertidos en escombros y de los que se dice con nostalgia, eran un lugar donde se veían dos películas el mismo día por el precio de una (matiné), donde el sabor de las palomitas se mezclaba con el de los chocolates derretidos por el calor, y las películas tenían un intermedio para que los proyeccionistas pudieran cambiar los rollos. Otras veces, el recuerdo es un chiste, pues en el mismo lugar que por las tardes era para familias, en las noches proyectaba películas queer y pornografía para adultos.110 Cine reforma

El segundo héroe menor, Guanayudita, es el Caronte que vigila la calle Guerrero (el nombre es pura coincidencia) y que por una módica cantidad (en dólares, obviamente) permitía a los “gringochos” de El Paso y Las Cruces pasear frente a la iglesia donde tenía permiso de la máxima autoridad moral, es decir el Sacristán, para mendigar. Acostumbrado a beber caguamas y bailar con las mujeres en cantinas, Guanayudita también se convierte en todos los hombres del centro que, como él, pagan de 5 a 10 pesos por un baile con las ficheras, que seleccionan en las rockolas canciones de Juan Gabriel y que se orinan o desmayan en las calles del centro por la fatiga, el calor y la cerveza. La Misión de Guadalupe, la Plaza de Armas y la Catedral no podrían ser retratadas por otro que no recordara a la imagen de Diego Rivera. Situado bajo los arcos de la Plaza de Armas, el pintor reflejaba los únicos lugares que estaban en paz en una ciudad llena de ruido y estruendo, donde la avenencia le es dada solo a los fieles y quienes compran las pinturas de quien no usa sus manos para trabajar. El Pintor es el héroe extinto pues ya no hay nadie para pintar estos lugares, tampoco hay quien se detenga y los observe.110 Plaza Misión

La tesis que presenta Blas García es que cualquiera puede tener rostro de héroe y formar una resistencia hacia la urbanización que devora a quien no puede detenerse a observar el detalle en el paisaje. Estos hombres comunes y corrientes se quedan cortos y no alcanzan a ser los héroes anunciados pues no logran sobrevivir a Juárez y tampoco son capaces de salvar nada, ni siquiera a ellos mismos. Aun con la “benevolencia de niño” que se presume, los vicios y manchas de la sociedad penetraron la figura de estos personajes que fracasan en el intento que tenemos todos de rescatar lo positivo (o lo menos malo). Aun así, saltan varias preguntas: ¿Dónde está el antihéroe? ¿Qué es lo que Duraflex, Guanayudita y el Pintor rescatan entre la basura de las ligas, los dólares y las acuarelas? ¿Qué héroes mayores los retratan y a qué carencia ciudadana responden?

Fernanda Avendaño