Etiquetas

,

“Las fronteras de verdad son aquellas que mantienen a los pobres apartados del pastel”, dice Manuel Rivas en su novela El lápiz del carpintero. Cuánta razón hay en pocas palabras. En nuestra frontera, sin duda, algo hay de pastel y de pobreza. José Ángel Leyva, en su crónica “Entre el miedo y la esperanza”, a partir de su visita a Ciudad Juárez y el Paso, realiza una comparación que ya es común en muchos de los visitantes de estas dos ciudades. Resulta estimulante remarcar las dicotomías a las que muy comúnmente estamos acostumbrados y de las que nos valemos para entender el mundo: odio-amor, vida-muerte y, en el caso de Leyva, caos-orden. A partir de ellas, el autor crea un mapa simbólico donde se contraponen dos urbes distintas y, sin embargo, cercanas. No nos dice nada nuevo, pero al mismo tiempo sí, pues al realizar su lectura, va agregando a la frontera a ese cúmulo de perspectivas y focalizaciones que surgen de todos los que pisan este y el otro suelo (y que, al fin y al cabo, son la misma realidad).

A partir de una breve experiencia (ya que fue invitado a un encuentro de escritores durante los años de la guerra contra el narco), el autor logra entrever algunos de los problemas más graves de Juárez: la violencia, la corrupción e incluso los desastres naturales. La esperanza no está aquí sino del otro lado del río, en la parte gringa; en el lado de acá tenemos tan sólo el miedo y la desolación. De este modo, Estados Unidos se convierte en el destino de la gloria hacia donde todos buscan dirigirse. Lo malo acá y lo bueno allá: Dios y el Diablo. Un asunto de suma importancia, desde mi parecer, que remarca Leyva es la lluvia. Todo elemento tiene su ying y su yang. La caída de agua toma dos formas: destruye y purifica. Hay que recordar para esto la lectura bíblica en donde un Dios cansado de sus errores borra las huellas con el agua: limpia y erradica. Para tratar este elemento hace mención del caso de la niña que cayó en un drenaje podrido y murió (olvidó contar la otra parte de la historia, la construcción del héroe que perdió la vida por ayudar al prójimo). En medio del terror de esta escena, busca la esperanza: “Pero la lluvia, pienso para borrar esta imagen terrible, hará florecer el desierto”. ¿Acaso será esto cierto?

111 Puente inundado

Pese a todas las observaciones del autor, es clara en su escritura su condición foránea, lo cual contribuye a dar una lectura distinta (y en absoluto no menos digna), pues encontramos respuestas que demuestran su falta de cercanía con los asuntos concernientes a Juárez. Por ejemplo, nuevamente retomando el tema de los temporales, justifica los enormes desastres en infraestructura con la simpleza de que, como casi no llueve, no cuidamos esa cuestión. Sin embargo, creo que no es sólo eso, sino la falta de interés, la corrupción y la irresponsabilidad más que nada. Pues la lluvia no es tanta, pero existe y año tras año. José Ángel Leyva contribuye de este modo a crear una interpretación de una tierra y su naturaleza, su caos y su espejo de Oesed (El Paso). Los límites (de la imagen de nuestra ciudad en el ensayo), carencias y riquezas surgen a partir de su conocimiento del contexto juarense y paseño (por ejemplo, en ningún momento afirma a Juárez como una tierra de migrantes como el Paso, aun cuando lo es).

111 Mapa Juarez Paso

Otro tema interesante que rescata el autor es el de la comparación de los juarenses con los texanos de origen mexicano; remarca que aunque la gente que vive allá es la misma que acá, allá se comporta de mejor manera: cumple la ley. Leyva culpa de esto a los encargados de la legalidad en México; sin embargo, creo que hay algo más. Pienso que tiene que ver con asuntos de pertenencia e identidad: un sentirse en casa ajena y las condiciones que esto impone. Finalmente, Leyva tiene la posibilidad de analizar una tierra que pasa por uno de sus peores momentos enfrentándola y comparándola con su vecina. Esas fronteras, aunque invisibles, son esenciales: existen a través del comportamiento simbólico de los individuos que las conforman. De este modo volvemos a las dualidades: electrones-protones. Aunque nunca hay que olvidar que siempre existirá el término medio: neutrones. Así que en Juárez cabe la posibilidad tanto de la esperanza como del terror. Nosotros (incluidos los del El Paso) vivimos entre ambas valencias. Al final de la novela de Rafael Bernal, El fin de la esperanza (título engañoso), el nacimiento de un infante vuelve a restaurar la fe perdida, pues aun en la peor de las miserias, mientras haya vida, habrá esperanza, aun con sus distintas y hostiles máscaras.

Graciela Solórzano Castillo