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Reflexionar sobre la identidad juarense implica hablar de lugares que todo miembro de la comunidad reconoce; el Parque Borunda es uno de ellos, pues con más de 70 años de antigüedad continúa albergando cientos de sonrisas a diario. Se inauguró en febrero de 1941 en honor al alcalde José Borunda Escorza, asesinado tres años antes. Y esta es la historia que Blas García Flores nos relata en el cuento “Parque Borunda”, el cual forma parte de Carta del Apóstol San Blas a los parralenses (2010). Aquí, el autor hace un recuento de todo lo sucedido la mañana de la explosión tomando como protagonista no al efímero Presidente Municipal (solo duró tres meses en el gobierno) sino a la otra víctima de este atentado, una, dirían ahora, colateral: el conserje y mensajero de la presidencia, Domingo Barraza.

La narración se divide en tres secciones. La primera describe el paso a paso de la mañana de Barraza hasta el momento en que estalló la bomba en el despacho del alcalde aquel 1º de abril de 1938. De aquí destaco la aparición de su hija, Claudia Delfina, pues existe la leyenda –o al menos así lo cuenta Don Chendo en sus recorridos dominicales por la vieja presidencia– de que esta niña murió de tristeza tiempo después y aún toca la puerta del Centro Municipal de las Artes buscando a su padre, sin soltar la muñeca que este le había regalado por su cumpleaños. Debo confesar que tras leer las líneas iniciales del relato me emocionó pensar que por fin había encontrado esta historia en un registro textual… sin embargo, todo quedo ahí. La segunda parte es una descripción de las dificultades que tuvo el funerario al reconstruir los cuerpos de Borunda y Barraza: “Perches comentaba a sus amigos que Domingo Barraza tenía el funeral que seguramente no merecía, pero que le había tocado”, por aquello de las confusiones al armar de nuevo, pedazo por pedazo, a ambos individuos. Por último, se incluye la declaración de varias personas que vivieron de cerca el atentando y conocían de alguna manera a las víctimas.

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Un aspecto interesante del cuento radica en que el autor va introduciendo, a través de la cotidianidad matutina del conserje y de los relatos de estos últimos personajes, datos específicos e históricos que contextualizan el ambiente –incluso político y nacional– en que se dio este terrible suceso (justo dos semanas antes Lázaro Cárdenas había declarado la expropiación petrolera). Sin embargo, a pesar de todo tipo de suposición política, el asesinato del presidente José Borunda –quien pertenecía al Bloque Izquierdista del Norte, que luego formó parte del Partido de la Revolución Mexicana– jamás se resolvió, o si se hizo nunca se compartió la información. Lo único que nos queda, y con esto termina el relato del García, “es un parque que lleva su nombre donde venden hot dogs y los mejores elotes de la ciudad.” Como se ve, el título del texto resulta un tanto engañoso, pues toda la acción ocurre en el centro de la ciudad y al espacio que aquí nos ocupa en realidad solo le dedica las últimas tres líneas; no obstante, eso que nos quedó representa uno de los lugares más importantes que como juarenses podemos presumir.

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Ahora bien, la verdad es que ya desde la administración de Borunda se estaba trabajando en la emancipación de algunos terrenos para construir un centro recreativo. Su sucesor Octavio Escobar se encargó de completar la tarea y en marzo de 1939 se indemnizó a los propietarios para la edificación del campo deportivo “José Borunda E.” (que inicio con una alberca olímpica) en honor al fallecido personaje y en reconocimiento por haber iniciado la obra. Fue el joven Teófilo Borunda quien lo inauguró oficialmente el 28 de febrero de 1941. Poco a poco los espacios aledaños se fueron construyendo: la Secundara Federal no. 1 se instaló, por ejemplo, en 1947, la Biblioteca Tolentino, la Estación de bomberos no. 2, el Auditorio Benito Juárez, el Jardín de Niños Agustín Melgar y los Burritos Tony, un par de años después. Sin duda, al igual que el Parque Central y el Chamizal, este centro de convivio y recreación constituye uno de los pulmones por los que respira Ciudad Juárez.

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Amalia Rodríguez