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Pese a la temprana edad en la que se encontraba Alejandro Páez Varela cuando se publicó Tin Tan, la historia de un genio sin lámpara (1990), presenta una tesis en estado germinal que aún sigue trabajando en sus obras de madurez. La idea de un “país-de-en-medio” da cabida al desarrollo del mítico arquetipo del pachuco: la franja fronteriza, punto de encuentro y “cuna de la cultura que no es totalmente mexicana, y mucho menos norteamericana”. De tal suerte que la visión descentralizadora, característica del trabajo del autor, se cristaliza como un hilo que amalgama sus publicaciones. Este hecho es comprobable en su última novela, Oriundo Laredo (2016), donde se plasma una visión multicultural que constituye esa zona intermedia y que busca explicitar la vastedad de grupos raciales/sociales que coexisten en un mismo espacio.

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Según me parece, lo notable en la historia de un genio sin lámpara, además del esfuerzo que supone esbozar la imagen paradigmática de un personaje fronterizo a través de anécdotas, es el retrato de una Ciudad Juárez de época, donde los espacios se fusionan con la memoria, creando una imagen con tintes melancólicos: “todavía se recuerda las alas de las palomas aplaudiéndole a la Banda Municipal, cuando tocaba en el kiosco frente a la Catedral. Las palomas volaban del suelo a las dos torres y de las dos torres al techo del desaparecido kiosco”. La obra se compone de ocho capítulos y uno último que dedica a la urbe y a su gente. El trabajo documental homenajea a “un auténtico valor hecho en Ciudad Juárez; un arquitecto de grandezas”, como se lee en el prólogo.

“La intención no es biográfica”, advierte Páez Varela. Una observación que nos permite reconocer la auto-conciencia sobre las limitantes de su escrito, al tiempo que se aleja de la deseable objetividad en un texto con nociones biográficas, ya que atiborra el libro de constantes (y algunos verdaderamente innecesarios) enaltecimientos que dejan la sensación de estar leyendo al presidente del club de fans de Tin Tan. Por otra parte, la edición del libro por el H. Ayuntamiento del Municipio de Juárez deja qué desear, sobre todo, cuando se tiene que desandar lo andado porque los signos de puntuación alteran involuntariamente el sentido de las oraciones. Sin embargo, pasando por alto la verborrea y la incómoda distribución de los párrafos (que en realidad corresponden a una oración cada punto y aparte), el acercamiento a la vida del comediante gira en torno a lo sustancial de su figura: su trabajo y el legado que aun figura, no solo dentro del medio artístico, sino del ambiente fronterizo en la vecindad México-Estados Unidos. Hacia el noveno capítulo, la mirada se concentra enteramente en el espacio y quienes lo habitan; el eje central se localiza en monumentos y personajes, revelando la innegable realidad que, latente, conforma la identidad citadina. El armado de algunos pasajes tilda en lo poético sin llegar a lo exacerbado y es que, a fin de cuentas, la propuesta radica en algo más allá de los alcances de una semblanza: “Se intenta tocar, sentir y entender en un respiro, un corazón que palpitó 58 años ininterrumpidos de acción, de alegría, de hartas cosas”.

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Foto de José Luis González 

Un acierto innegable en la estructura del libro es su construcción a partir de anécdotas, rasgo que convierte la lectura en una conversación familiar gracias a la misma fluidez narrativa que ahora se puede leer en sus novelas. A la par que se retrata la personalidad del Pachuco de oro, funciona también como una memoria que reconstruye la infraestructura juarense de 1930-40 y da cuenta de lugares que ya no existen. Un ejemplo de ellos es el restaurante “La gota de leche” que se encontraba en la calle Vicente Guerrero. La anécdota que se refiere en el texto sitúa a Tin Tan como quien invita a comer a sus amigos, independientemente si tiene o no para pagar la comida, de ahí que, en alguna ocasión, se encontró con un niño de la calle y lo invitó a dicho local. Al finalizar los alimentos, Germán Valdés pretextó que el dinero estaba en el carro y debía ir por él; sin embargo, se retiró del lugar sin pagar.

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Ilustración de Luis Antonio Rivera

La leyenda de este pintoresco personaje no solo se nutrió por su contribución a la época de oro del cine mexicano, sino también por la extrañeza que generaba, misma que fue atrayendo las miradas hacia la estrafalaria figura del pachuco. Para mantener fidelidad a los testimonios que recoge, Páez Varela conserva los registros lingüísticos fronterizos tal cual, por ello, palabras como parquear o guachar solidifican la idea de una personalidad labrada a la orilla del Río Bravo. Para dejar abierta la posibilidad de lectura a cualquier persona, el libro incluye un “pequeño diccionario” de la lengua fronteriza. El conjunto de estos elementos hace de Tin tan, la historia de un genio sin lámpara un texto que ayuda a entender la particularidad del icónico Germán Genaro Cipriano Gómez Valdés Castillo y, además, la de los pachucos de hoy, seres fronterizos “que no solo eran unos desorientados, sino seres con una particularidad: la de ser ellos”.

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Laura Sarahí Robledo