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I. En el 2010, al entonces presidente municipal “Teto” Murguía le preguntaron, durante un evento religioso, si la violencia en la ciudad había descendido durante su administración. “Lo que se ve no se pregunta”, contestó, citando al “filósofo de Juárez”, Juan Gabriel. En aquel entonces vivíamos el cénit de la “guerra” que declaró Calderón contra los narcotraficantes que su gobierno apoyaba en la sombrita. Cuando los militares erraban por las avenidas y el toque de queda se impuso: todos en casa antes de las 10. Cuando los policías hacían un trabajo excelente atrapando a jóvenes jugando futbol en los parques. Cuando quince muchachos, estudiantes de preparatoria, fueron asesinados en Villas de Salvárcar. En fin, el año en que, hasta el hoy agonizante 2017, se registraron más feminicidios en esta frontera.

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En el evento mencionado, donde se confundieron políticos con sacerdotes, se aparecieron unos ángeles. Blancos, casi como ceniza, con alas enormes. Querían mandar un mensaje al Chapo Guzmán y sus sicarios: “Arrepiéntete de tus pecados”. No volaban, pero tenían la serenidad y la fe que solo otra especie de vuelo sutil puede otorgar. Eran muchachos de una iglesia en la periferia. Motivados por un mensaje humilde, realizaban su protesta (sin quererlo, política) en el silencio de las pancartas y se colocaban en distintos puntos de la ciudad para exponer su comunicado a los criminales y narcotraficantes, pero también a los policías y políticos corruptos. Confiaban en que Dios otorgaría el cambio positivo en los delincuentes corazones. Algo que Teto imaginaba citando a Juan Gabriel y pensando en cifras y estadísticas. Eran también (sin saberlo) la prueba de algo más complejo. Debido a circunstancias socialmente extremas, los hombres y mujeres afectados por las consecuencias de la violencia tenían dos opciones: convertirse en el ángel mensajero o en el sicario que toma un arma porque no tiene de otra.

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II. Inspirada en esta figura y en las posibilidades tanto políticas como simbólicas que ofrece, Selfa Chew escribió El ángel, texto incluido en su libro ganador del premio Voces al Sol, Cinco obras de teatro (2015). Doce cuadros y un epílogo, construidos sobre todo por medio de diálogos, destacan la búsqueda de la verdad. Cada una de las escenas consiste en dos o tres personajes “comunicándose”, ya sea por medio de una charla común, una entrevista o un interrogatorio. Esto recuerda un poco a las tragedias griegas en las que, por medio de la “plática”, se reconstruye un conflicto ya pasado y no resuelto. En virtud de subrayar lo último, en El ángel se omiten las acotaciones, elidiendo así la construcción precisa del espacio y tiempo que el lector imagina, gracias a los indicios, en un contexto por lo menos fronterizo. Además de la ausencia de didascalias extensas que ubiquen a la obra, los nombres generales de los personajes representan “arquetipos” (salvo en el caso de Castagnetti y Romero) que aumentan el significado simbólico. Los dos casos más notables son el del Reportero, cuya visión reivindica el sentido humano desvalorizado por la propia violencia en la que se encuentra inmerso de cierta forma y que guarda relación con la experiencia posible del habitante de Ciudad Juárez; y el de Ángel, que simboliza no solo a los jóvenes que tomaban la calle divulgando un mensaje religioso, sino a las distintas caras y vidas sometidas por el ambiente violento: “Morí muchas veces cuando era inmigrante, otras tantas siendo malandro. Resucité porque hubo otros ángeles sin alas que me dejaron ir a otras vidas, a veces más duras”. Aquí el mensajero se transforma en el ángel caído que, sin embargo, sale adelante gracias a otros de su mismo tipo. Es, a fin de cuentas, salvador y verdugo de sí. Quizá ha olvidado cómo volar, mas sabe que hay otras posibilidades para imaginar el vuelo.

III. En pocas escenas de El ángel se menciona cualquier tipo de espacialidad. Será trabajo del lector imaginar un escenario que pareciera invisible. No obstante, en uno de los últimos diálogos Ramón le cuenta a Castagnetti que Sahagún Baca, un narcotraficante que fue anteriormente comandante de la Policía Federal en Hermosillo, reservaba el sótano del Hotel Silvia’s para sus sesiones de tortura. Los vestigios de este lugar, que fue famoso durante los años ochenta hasta que se incendió una década después, se encuentran todavía entre la avenida 16 de Septiembre y la calle Argentina Sur. No hay indicios de que dicho sótano haya existido y que además haya servido para la tortura; sin embargo, ahora la naturaleza busca recuperar, de forma sutil y lenta, su reino perdido. Y si bien antes quizá haya servido como escenario de crímenes que muchos conocían pero pocos atrevían a denunciar, hoy es un cadáver donde brota la esperanza de las flores.

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Antonio Rubio