Sabes mucho de meteoros, ¿hace
cuánto tiempo que llegaste tú del cielo?

Diógenes de Sínope, “el Cínico”, nació en el año 412 a. C. Fue desterrado de su ciudad natal pues se le acusó de complicidad con su padre, el banquero Hicesias, quien falsificó monedas por cuestiones más políticas que económicas. En Atenas fue discípulo de Antístenes; se cuenta que éste lo aceptó luego de que Diógenes estuviera dispuesto a aceptar un golpe a cambio de una enseñanza. Entre los aspectos de su vida más conocidos se encuentran su “vivienda” (una tinaja), sus escasas propiedades, una masturbación pública, la entrevista con Alejandro Magno y, sobre todo, la búsqueda de hombres de verdad, a quienes no encontraba siquiera a plena luz del día y con la ayuda de un candil. El mote de cínico (el vocablo griego kynicós significa “perruno”) fue en principio un insulto del cual Diógenes sacó ventaja, pues entendió que los perros llevan una forma de vida más cercana a la virtud (o a su idea de virtud) que los seres humanos. A pesar de que existen varias versiones acerca de su muerte y el destino de sus restos, solo es posible establecer con pocas dudas que esta acaeció en Corinto, en el año 323 a. C.

02 Diógenes

Juan Rivano, filósofo chileno, publicó en 1991 el libro Diógenes: los temas del cinismo (Santiago: Bravo y Allende Editores). En dicha obra, el autor retoma la vida del de Sínope, principalmente según lo dicho por otro Diógenes (el Laercio) en Vida de los filósofos más ilustres. Luego analiza, desmenuza cada pequeña historia y la dota de una nueva dimensión, tanto en cantidad de palabras como en volumen de pensamiento. Por ejemplo, del encuentro con Alejando Magno, escribe: “En la escala del poder, decir «Diógenes y Alejandro» es como decir «el cero y el infinito». Pero, el elogio de Alejandro alienta una idea atrevida: Sobre si no se apunta también aquí hacia una inversión formidable del modo que decir «Diógenes y Alejandro» no sea como decir «el cero y el infinito» sino «el infinito y el cero». ¡Cómo desprecia Diógenes a Alejandro! («Déjame el sol» le dice). ¡Cómo ensalza Alejandro a Diógenes! («Me gustaría ser Diógenes», dice. Claro, siempre que no fuera Alejandro)”. De manera similar, Rivano enumera 45 anécdotas con un estilo ni pretencioso ni pedestre. Justo medio, pues, que el lector encontrará agradable.

Del escultor Juan Carlos Canfield y sobre un pedestal de mampostería, un Diógenes de bronce (casi del color de los Indios Verdes en la Ciudad de México), eleva la linterna. Sobre la esquina suroriente de Avenida Tecnológico y Bulevar Teófilo Borunda, junto al Parque Central, el Cínico se apoya en el báculo y entre ríos de automóviles y de gente busca, veinticuatro siglos después, al hombre que no encontró en Atenas. En el crucero es posible ver algunos peatones, pero la inmensa mayoría de quienes por allí transitan, lo hace en automóvil. Son personas con prisa por llegar al trabajo, a la escuela o a su casa. Ignoran al hombre-perro; si reflexionan sobre algún elemento cercano, dirigen sus pensamientos a la publicidad desplegada en un puente, a Las Misiones, a una jirafa, a algún hotel, o incluso a cualquiera de las otras estatuas que están en el mismo sector. Dudo mucho que Diógenes se revolcara en su tumba al ver la condición de su imagen en este asentamiento urbano: podrá ser ignorado, pero nadie le quita el sol.

02 Placa Diogenes

Joel Amparán