Rómulo y Numa hoy significan para la ciudad una avenida, biblioteca y parque. La escultura de bronce A los hermanos Escobar, hecha por el artista Ignacio Asúnsolo en 1954, exalta desde su pedestal de cantera el compromiso y fraternidad de cada uno de sus proyectos que, a la postre, se convertían en acción, como bien se lee en el lema del escudo: saber, poder, querer. Sin embargo, a veces los monumentos extravían su valor y referencia. En el “Sicario en El Jardín del Pulpo”, novela corta incluida en Garabato de Willivaldo Delgadillo (2014), un fotógrafo canadiense deambula por varios parques de Juárez de la mano de Goyo, su guía local, quien resuelve toda interrogante con recuerdos culinarios: “Puso la mirada en la panadería que estaba del otro de la acera y hacia donde los hermanos Rómulo y Numa miran desde su eterno abrazo, como diciendo, ¿cómo ves hermano, si nos echamos una concha de chocolate?” Lo curioso es que resulta inevitable impregnarse del aroma de la Pastigel al pasar por la avenida. 54 años lleva el negocio dando sabor a la atmósfera que circunda la escultura.

03 Parque Hnos Escobar

La acción más celebrada del par de personajes fue la fundación, a inicios de 1906, de la Escuela Superior de Agricultura, primera institución de enseñanza superior en la frontera, con apenas 45 alumnos y varias hectáreas asumidas con el encargo jurídico de volverlas productivas. Sin embargo, su compromiso con el empuje agrario en la ciudad se manifestó diez años antes, con El Agricultor Mexicano, una revista independiente (sin ningún tipo de subsidio) y especializada sobre la vida campirana juarense, que contó con su propia imprenta a los tres años de haber salido a la estampa y se mantuvo en prensa por más de tres decenios. La publicación El Hogar funciona como la versión femenina de este empeño de divulgación, solo que esta revista estaba al mando de Adelina Zerman de Escobar, madre de los célebres hermanos. El tiraje mensual de El Agricultor, constaba de varias secciones, como la de consultas en la que los lectores interactuaban de forma directa con los autores. En términos literarios los Eslabonazos, son los artículos de opinión que presentan mayor valía. Estos pequeños cuadros de costumbres recurrían frecuentemente al aviso o a la moraleja, y venía firmados por el ingeniero Rómulo bajo el pseudónimo de Proteo, como aquel que avizora el futuro y cambia de forma (de agricultor a ensayista) para transmitir conocimiento. Un eslabón es un pedazo de fierro del que saltan chispas al chocar con un pedernal. Justo eso buscaba nuestro Proteo juarense: provocar la llama de la lectura y con ella sus consecuencias: razonamiento e inteligencia.

“¡Viva el atole!” es un eslabonazo que exalta tradiciones, guarda un dejo de nostalgia y no oculta su patriotismo; de hecho fue escrito con “tinta verde, blanca y colorada”. El texto se estructura a partir de opuestos: el tiempo antiguo (mediados del XIX) responde a la hospitalidad del fronterizo, a la plática pausada y a la tranquilidad de día a día que se ve enfrentado a lo moderno con la llegada de las prisas, el ferrocarril y tanto fuereño. Por otro lado, el régimen alimenticio de los norteamericanos aparece como antagonista de “los nacionales frijoles”. El ejemplo concreto recae en “los buenos jarros de atole” en duelo a muerte contra “el pecado venial, carnal y corporal de tomar café aguado”. Los argumentos abundan: “¡El agua con que se lava una taza de atole es más nutritiva que una taza de café y sin embargo, ahora el café es el que ha vencido! ¿Será posible?”. El atole es substancioso (alimenta el cuerpo y no excita los nervios) y más barato (no necesita azúcar, “nuevo gasto para nuestra gente pobre”, pero Proteo también detecta la desventaja: “la razón de la flojera”, ya que el trabajo y la lenta preparación del atole no compiten contra una bebida que se hace sola en la lumbre. Así que allá nosotros si queremos andar “más ligeritos y más temblorosos”.

03 Agricultor mexicano

En tiempos de Revolución, las instalaciones de la Escuela Superior fueron tomadas, lo que provocó el exilio momentáneo de sus fundadores, así como una pausa de El Agricultor Mexicano. “El nuevo provincialismo”, perteneciente al segundo tomo de la revista, ilustra precisamente esta estadía en El Paso, en donde un grupo de intelectuales y empresarios de la clase media se daban cita “en una plaza a comentar las mentiras de la prensa y a discutir sobre las actividades revolucionarias de los políticos de puro: dos tonteras más grandes que Texas”. En una de esas reuniones se suscitó una acalorada discusión sobre qué ciudad de la República era la mejor. El amor al terruño se expresa con pasión. Un juarense defiende su ciudad como la clave de la política mexicana: “La prueba es que cada vez que cae Ciudad Juárez cae el Gobierno de México”. Y critica al cura Hidalgo por no abandonar el Bajío, pero exalta a Benito Juárez y a Francisco I. Madero quienes dominaron la estrategia. Y concluye: “Ya verán ustedes si ciudad Juárez es importante o no lo es. Por eso hablarle de Ciudad Juárez a un presidente de la república es tanto como mentarle la madre”, en el sentido de origen o principio de la patria. No obstante, Proteo, quien está a favor de un provincialismo más racional y producto de la labor de la tierra, presenta las palabras de un oaxaqueño, detractor del fronterizo. Para él, “la historia de Chihuahua es un borrón y su Ciudad Juárez no vale nada. Lo único que puede decirse de ella es que es el pueblo infeliz que está más cerca del río que tiene nombre más grande y menos agua, o que es el lugar de la tierra donde, estando uno parado, ve más lejos sin ver nada”.

03 Notas Escobar

La apuesta agropecuaria de la ciudad dio un giro completo a mediados del siglo pasado, perfilando a la industria como el nuevo motor laboral. Es curioso que la misma avenida sea el mejor testigo del cambio: antes se llamó Camino Cordobeño, Camino de la Playa (que es mi favorito y el utilizado por los hermanos) y Calzada Agricultura. Al pavimentarse en 1949, se fijó su actual denominación. La arteria que honra a los hermanos Escobar termina paradójicamente, hacia el lado oriente, en un pequeño parque industrial. Rómulo y Numa Pompilio se retorcerían en sus tumbas y más si supieran el estado en el que se encuentran las instalaciones de su Escuela; no obstante, las ruinas del proyecto de los hermanos continúan ahí, esperando impacientes ser restauradas, para no olvidar lo que antes fuimos.

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Urani Montiel