La participación de Alí Chumacero (Acaponeta, Nayarit, 1918-Ciudad de México, 2010) en uno de los ambientes culturales más importantes que ha sucedido en la historia nacional solo resulta comparable a la labor de los ingenieros de sonido en la música, los trabajos de escenografía e iluminación en el teatro y los de producción en el cine: un trabajo discreto, pero fundamental. En una entrevista, el poeta define su quehacer “como una constante, como una labor que no ha tenido nunca un día de descanso: de día o de noche, uno vive con el oficio al que uno se dedica”. Fue de los primeros editores de un reciente proyecto editorial que hoy se reconoce mundialmente: el Fondo de Cultura Económica. También es famosa la anécdota de su trabajo sobre Pedro Páramo, en la cual ciertos chismes atribuyen la limpieza del estilo rulfiano al editor riguroso. Ante el asunto, el último siempre desmintió tales comentarios, aunque en algún momento dijo: “Lo que sí le quité fueron las comas, que Rulfo ponía como si le estuviera echando maíz a las gallinas, además de algunos guiones de diálogos que no estaban en su lugar”. Sus reseñas críticas formaron parte de la renovación de la literatura mexicana de mediados de siglo. José Emilio Pacheco escribe que, después de arremeter contra el abuso del enclítico, “nadie volvió a poner nunca atóle, condújole, paróse”. En cuanto a su producción poética, escueta cuanto precisa, publicó solo tres poemarios: Páramo de sueños (1944), Imágenes desterradas (1948) y Palabras en reposo (1956, aumentado diez años después). Poemas desconocidos en un principio, quizá debido a su complejidad, progresivamente la admiración hacia el poeta de Nayarit adquirió fuerza en las generaciones posteriores, culminando su carrera con múltiples galardones y homenajes en todo el país.

06 Ali Chumacero

Palabras en reposo pareció anunciar, desde el título, el silencio donde se sumergió el poeta: un lenguaje sin movimiento, solitario, en fin, efigie del silencio mismo. Se trata de un poemario ambicioso —en el buen sentido— donde la voz lírica propone conjugar el tiempo del ser y las ciudades modernas, su hastío y ruido, sus veneraciones a las estatuas de ídolos olvidados, sus tendencias suicidas y sus monólogos a la pérdida, con el tiempo de los responsos y la mística, del amor igual a tempestad, de la soledad semejante a un epitafio o a un nombre. Es también una colección de referencias cultas y herméticas, gracias ante todo a un verso respetuoso a los ritmos y métricas tradicionales. Quizá otra de las propuestas de Chumacero fue establecer una dialéctica con los temas explorados por Xavier Villaurrutia en Nostalgia de la muerte (1938), preferentemente hacia la idea del orden de las estatuas, los sueños y el vacío en vinculación simbólica con la muerte del lenguaje, y después con la obra de su amigo Octavio Paz.

Desde el poema introductorio, “El orbe de la danza”, la voz poética establece un tono que prevalecerá en los textos por venir. En un primer acercamiento, resulta interesante que los versos estén compuestos por nueve sílabas, metro sumamente extraño en la tradición lírica, aunque explorado por los modernistas, especialmente Rubén Darío. La imagen recreada es la de un instante: una mujer baila y es contemplada. La belleza y el esfuerzo corporal de la bailarina son representados por los objetos que componen el orbe: mármol que solloza su orden recobrado, río de ceniza que gime. En contraste, hay un “nadie” que no respira, que no piensa, pero que contempla: “sólo / el ondear de las miradas / luce como una cabellera”. Durante la segunda estrofa, se imagina el clímax de la danza, descrito como “cuerpo de acontecer”. Sin embargo, el resultado final expone la enfermedad en aquellos que observaron el instante sublime. El hastío urbano, producto de la incomprensión o de la más profunda muestra de indiferencia. La escena inmediata es una muestra del fracaso de la bailarina y en sí del momento poético: “Muestras de oprobio, en el espacio / dormitan las familias, tristes / como el tahúr aprisionado”. Quizá el final comprenda una sensación algo paradójica: “Bajo la luz, la bailarina / sueña con desaparecer”. Por un lado, el deseo de la bailarina parece una demostración de otro tipo de indiferencia, ahora al desinterés del público ignorante. Por otro, su desaparición representa el fracaso del momento sublime, expuesto en la incomprensión del otro orbe, uno común. Así pues, el sueño con desaparecer tiene dos caras: una irónica y otra avergonzada.

06 Parque Ali Chumacero

En la obra de Alí Chumacero están depositados diversos hallazgos poéticos que, como tesoros por desenterrar, buscan la complicidad de lectores dispuestos a tomar una pala y llenarse de tierra. Fue precisamente en el bar La Brisa donde Chumacero alguna vez leyó sus versos en Ciudad Juárez, invitado por los miembros de la llamada generación de Nod, un grupo de poetas que empezó a publicar durante mediados de los años 80 y quienes encontraron en su poesía una guía –o profecía– para versar los elementos cotidianos de su urbe. Nunca llegaron a la maestría poética de Palabras en reposo, pero obras como la de Jorge Humberto Chávez o Agustín García contienen referencias inmediatas a los hallazgos expuestos en la obra del creador de “Poema de amorosa raíz”. La calle que lleva su nombre en Ciudad Juárez tiene una disposición geográfica que remite un poco a uno de los subtítulos del libro citado: “Destierro apacible”. Detrás de la avenida Ejército Nacional, la encontramos colindando con la Rafael Arrieta (poeta argentino) y la Ignacio Dávila (historiador), lejos, muy lejos del lugar en donde las calles guardan los nombres de otros poetas mexicanos.

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Antonio Rubio Reyes