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Un instante habrá,
tal vez un grito,
un mínimo hilo que desate la voz.
Mientras tanto,
el canto rueda cuesta abajo de la vida.
Micaela Solís, Elegía en el desierto

La última década del siglo pasado se convirtió en un estigma para esta frontera; su símbolo continúa vivo en las calles de la región. Cientos de cruces negras sobre un fondo rosa nos recuerdan constantemente –basta googlear un simple “Ciudad Juárez” para dar con ellas– que permanecemos inmersos en una crisis social, donde la crueldad, la apatía, la indolencia y la conformidad continúan desgarrando un sin fin de voces y cuerpos. Hoy, al menos, tenemos esa insignia que no permite borrar sucesos tan dolorosos; sin embargo, no siempre fue así. Las primeras víctimas oficiales de feminicidio estuvieron envueltas en una nube de silencio, mentiras y acusaciones. Transcurrió más de un lustro (el primer asesinato se registró en 1993) para que alguien –a excepción de las madres– levantara la voz en contra de los múltiples y cada vez más constantes crímenes en contra de mujeres juarenses. En 1999 comenzaron a aparecer textos, literarios y periodísticos, que abordaban esta temática: Mujeres de la brisa de Joaquín Cosío y El silencio que la voz de todas quiebra, el cual surgió de “la impotencia y la frustración” de un grupo de escritoras ante la falta de humanidad y dignidad con que se trataba a las “muertas de Juárez” –el mismo término lo ejemplifica.

136 cruces negras

La palabra “muertas”, a pesar de ser un buen gancho mediático, reduce centenas de vidas a un montón de huesos en el desierto y, además, oculta el carácter violento con que llegaron a ese estado. No niego el hecho de que, en ocasiones, verlas de esta forma ayuda a (sobre) vivir en un lugar cuyos estándares de seguridad resultan mínimos, pues al ser un simple número o estadística no hay posibilidad de que me reconozca en ellas; sin embargo, la realidad siempre nos vence. “Las muertas de Juárez” son personas reales, jóvenes quienes, al igual que mi hermana, salían a trabajar o estudiar en las madrugadas; madres, como la mía, que tenían que recorrer grandes distancias para llevar el sustento a su casa; mujeres, en fin, como cualquiera de nosotras, con un nombre, una familia, un rostro y un alma. “¿Cómo salvar la dignidad de esas muchachas, laceradas hasta después de su muerte?” Esta fue la pregunta que motivó a Rohry Benítez, Adriana Candia, Patricia Cabrera, Guadalupe de la Mora, Josefina Martínez, Isabel Velázquez y Ramona Ortiz a investigar y recrear, durante sus reuniones semanales del S Taller de 1999, la vida de siete mujeres “que no merecían ni morir asesinadas; ni quedar en la memoria colectiva como una fotografía de la nota roja”. Historias, escogidas al azar entre los 137 casos registrados hasta ese momento, que intercalaron entre una serie de notas periodísticas, estadísticas y análisis sobre el entorno político, social y económico de la ciudad. De esta manera, a través de dos vertientes, una objetiva y la otra de carácter más literario, el lector deambula entre la impotencia, la tristeza y un creciente enojo hacia las autoridades y la misma sociedad.

El silencio que la voz de todas quiebra posee, a mi parecer, dos méritos especiales: ser de los primeros discursos que rompieron un mutismo apremiante y su forma de re-unir –nunca debieron separarse– el drama humano de siete familias con una realidad de la que todos somos responsables. La consigna es clara: dar la palabra a las víctimas; su objetivo, también: denunciar no solo la masacre, sino toda la censura, corrupción y negligencia en que se vio envuelta. Las palabras de la madre de Elizabeth Castro lo demuestran: “Lo peor de todo es no saber qué pasa, ir de oficina en oficina, tener que suplicar para que nos atiendan.” La intercalación de notas de periódico, slogans de campañas políticas, citas de gobernantes, alcaldes y procuradores, documentos expedidos por la Comisión Nacional de Derechos Humanos y otros estudios demuestran lo irracional del contexto en que se desenvolvieron los primeros feminicidios. Ejemplos: un montón de informes de la Fiscalía confusos y hasta sarcásticos, sentencias como “Son muy pocas, es lo normal”, “Ellas son las provocadoras” o “Sería muy difícil que alguien que saliera a la calle cuando está lloviendo no se mojara”, y un par de expertos criminólogos asegurando que la policía judicial de Chihuahua y sus instalaciones estaban “a la altura del trabajo policiaco y de investigación forense de Estados Unidos.”  Luego, lo absurdo de todo esto se convierte, casi al instante, en un dolor latente, pues las autoras reconstruyen, a través de la memoria de familiares, diarios y poemas, la vida de Sagrario González Flores, Argelia Salazar Crispín, Silvia Rivera Hernández, Adriana Torres Márquez, Elizabeth Castro García, Eréndira Ponce Hernández y Olga Carrillo Pérez. El título del texto, entonces, se materializa, ya que resulta inevitable que la voz de quienes leemos sus palabras y silencios se nos quiebre o un nudo se amotine en nuestras gargantas.

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Imagen tomada de Ecos del desierto

“¿El final?” No lo tiene. Veinte años después, las noticias siguen llenas de mujeres violadas, desaparecidas o asesinadas. Cuando se terminó de escribir El silencio, el caso de Abdel Latif Sharif Sharif junto con el de “Los ruteros” estaba en su auge como espectáculo mediático, lo cual demuestra la contradicción entre una realidad patente y la forma de pensar y actuar (o no) de muchos de sus habitantes: “Sharif continúa recluido en la ciudad de Chihuahua sentenciado por un asesinato. En Ciudad Juárez fueron 137 mujeres asesinadas entre 1993 y 1998 y por lo menos otras 15 en lo que va de 1999. Sin embargo, no son pocos los juarenses que piensan que su comunidad es hoy un lugar más seguro.” ¿Ha cambiado algo desde entonces? Sí. Los silencios se aminoran. Justo por las fechas en que se redactó y publicó este libro, madres directamente afectadas –entre ellas la de Sagrario y Silvia– comenzaron a alzar la voz ante la falta de respuestas convincentes por parte de las autoridades. Así, el grito de Voces sin Eco, primera organización no gubernamental de apoyo a familiares, se convirtió en un símbolo mundial: las cruces negras con fondo rosa.

136 Voces

Imágenes tomadas de Ecos del desierto

Actualmente existen diversos trabajos que evidencian y humanizan esta situación. Un proyecto importante, sobre todo por la relación y continuidad que encuentro respecto a lo aquí abordado, es Ecos del desierto, dirigido por Alejandra Aragón, que tiene el objetivo de “visibilizar el aporte de las madres de víctimas de feminicidio en la denuncia de la violencia de género y a favor de los derechos de las mujeres” a través de ocho reportajes que abarcan los años de 1995 a 2013. Su contribución fotográfica y documental resulta de suma valía para comprender el contexto que ya se vislumbraba en las líneas de El silencio. Por su parte, Ellas tiene nombre. Cartografía digital de feminicidios “muestra la ubicación geográfica donde fueron asesinadas, abandonadas y/o encontradas” algunas víctimas de 1993 a la fecha. El aumento de los puntos rojos entre el mapa publicado por S Taller y el que registra el último feminicidio (febrero de 2018) en la página de Ivonne Ramírez provoca un escalofrío sobre mi espalda… Por desgracia, como en los versos de Micaela Solís, utilizados en el epígrafe, continuamos en un canto que “rueda cuesta abajo de la vida”. No obstante, cada vez son más esos mínimos hilos que desatan la voz, provocados por una memoria colectiva que lucha contra los artilugios del olvido y el silencio.

136 Mapa feminicidios 1999

Cartografía de feminicidios – 1999

136 Mapa feminicidios 2018

Cartografía de feminicidios – 2018

 Amalia Rodríguez Isais