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Historias de bares, ¿quién no tiene una que contar? Sea o no suya, pero, más importante, ¿a quién no le gustan? Entretienen y sabemos que en algún momento vamos a reírnos de esas tonterías de borrachos tan acordes con estos lugares. Sin embargo, no todas las historias son cómicas, como en el caso del cuento de Rubén Moreno Valenzuela titulado “Ciertas luces”, el cual se incluye en Rio Bravo Blues (2003). El relato, en un ambiente serio, nos muestra a un agente Núñez, enamorado de una jovencita bailarina del bar que frecuentaba. El suceso lo cuenta un tercero en algún bar de Ciudad Juárez. Nos advierte, o a aquel a quien le cuenta la historia, que no es el mismo Núñez sino uno anterior (de 1973): “Un Núñez sagaz, intuitivo, astuto, que exhibe sin prepotencia su autoridad”, uno más joven. Qué maravilla, un relato de cantina que incluye a un periodista y a un policía judicial del estado “adscrito a la Comandancia de Juárez. Homicidios y Lesiones”. ¿Qué pasa con esta “chavalita media loca que era bailarina del Lux”? ¿Por qué trabaja en ese bar? ¿Por qué está con Núñez? Y más importante aún, ¿por qué vale la pena oír Núñez in love, llamada así la anécdota por quien la cuenta? ¿Y por qué lo investigan?

La historia del cuento descubre, poco a poco, una ciudad donde la “leyenda negra” aún se dejaba ver, allá por 1973. El bar Lux aparece, según las palabras del narrador Figuerola, como un lugar de esplendor y siempre atiborrado de clientes. Popularidad que puede explicarse gracias a su ubicación: justo en la esquina que forman la Avenida Juárez y la calle Tlaxcala, a unos pasos del puente internacional, lugar donde hoy se encuentra el Mariachi Bar Restaurant, a un lado del famoso Open Bar. Luzina, la joven bailarina, entrevé, casi a tropiezos y bajo la lluvia, un gran tramo del centro de antaño, pues corre desde la antigua cárcel municipal en la calle Libertad hasta una vecindad de la colonia Bellavista. El relato de Rubén Moreno, siendo el tramado urbano su inspiración, transporta a sus lectores –transeúntes o conductores–  a un espacio que ya solo existe en la memoria de los más viejos, como el mismo Figuerola lo nota; donde el blues acompañaba historias de amor entre bailarinas y agentes de la policía.

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Al recorrer a través de la lectura las calles y avenidas de aquel Juárez de antaño, la ciudad que nunca duerme, desearía que no se hubiera terminado su esplendor. Un deseo avivado por los múltiples comentarios de personas conocidas que aún recuerdan con alegría aquellos bares, antros, cabarets, casinos, restaurantes, salones de baile y hoteles donde la noche cobraba vida (¿”Vampiros todos que veneran a su Madre La Noche”?). No obstante, para mí esta sigue siendo una localidad llena de sitios por conocer, los cuales muestran su gran riqueza cultural. Por lo pronto, cuentos como este en los que la memoria apremia, sirven para situarme, siguiendo las palabras del mismo autor, “en la mitad del puente entre la realidad y la irrealidad. Una zona que permite a los textos múltiples lecturas. Un ámbito que comparten el Sueño y la Historia, el Mito y el Hombre.”

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Crédito de fotografía: José Luis González Palacios

Luis Alonso Gómez García