Etiquetas

,

La década de 1880 fue por demás convulsa para nuestros suelos, tanto así que la villa se convirtió en ciudad. El elemento detonante, que en estos tiempos también funciona como un símbolo, pesaba toneladas y reducía jornadas. Un enorme armatoste hizo su entrada al Paso del Norte con algarabía y estruendo sobre el crujir de las vías. La antigua aduana, establecida en 1835 a un costado de la catedral y en donde ahora solo se conserva un busto de Benito Juárez, vio superada su capacidad administrativa con la llegada del ferrocarril. En septiembre de 1882 un convoy partió de aquí a la Ciudad de México, al tiempo que la compañía Santa Fe Railroad anunciaba su nueva ruta: de Chicago a Río Grande. Juaritos en medio y don Porfirio con tantas ansias. Bajo el mandato de Díaz se mandó construir un edificio que materializara la posición nuclear de la frontera y ejerciera la labor de registro y cómputo fiscal de mercancías y materia prima. De nuevo en septiembre (mes propicio para encomiar instituciones), pero de 1889, el coronel Miguel Ahumada, alter ego de don Porfirio, inauguró la nueva Aduana. Hubo planes para conectar los poblados fronterizas del lado mexicano, emulando la ruta de la Southern Pacific que corría de las costas de California a El Paso; sin embargo, Ciudad Juárez conservó su cualidad de mero puerto, mientras veía enriquecerse a sus primos paseños. La zona libre fue la reacción para que los capitales se invirtieran en el antiguo Paso del Norte.

140 Aduana Scott

En un panorama de prosperidad y competencia, la entrevista entre Porfirio Díaz y su homólogo gabacho, William Taft, en octubre de 1909, resultaba trascendente. El asunto no podía tener mejor escenario que la aduana, que fue remodelada muy al gusto afrancesado del oaxaqueño. El banquete se celebró con éxito, aunque los acuerdos lucen  inciertos. Dos años después, en la banqueta del mismo inmueble (que serviría como presidencia provisional y luego como cuartel), Francisco I. Madero firmó los Tratados de Paz que cesaba la dictadura porfirista y hacía extensiva la lucha a lo largo del país. ¡Vaya paradoja arquitectónica! A la Ex Aduana le llamamos así porque dejó de operar en 1965. Como todo ladrillo encimado sobre otro en esta urbe, la construcción fue abandonada hasta que en 1983 se firmó un convenio para restaurarla y convertirla en centro cultural. Solo siete años pasaron para que el Museo Histórico de Ciudad Juárez abriera sus puertas. El actual MUREF fue reinaugurado en noviembre del 2010, con motivo del centenario de la Revolución. Hoy en día, la Ex Aduana es emblema del movimiento armado que vio caer a quien la mando construir.140 Chaveñera parada1

Frente a los días festivos, los aniversarios y los prohombres de estampa y monografía, hay quien rescata la experiencia de la calle en torno a esos mismos monumentos que sirven de fondo al acontecer urbano. Tal es el caso del poema, de mediados del siglo pasado, que presento a continuación: “Bondad infinita”, de Lupercio Garza Ramos. El rescate de estos textos juarenses de inicios de la modernidad se lo debemos a la labor filológica del mejor crítico de la literatura local, José Manuel García García, quien apenas hace unos meses presentó una antología de la “primera época de producción literaria que abarca de finales del siglo XIX a principios del siglo XX”. Bajo una línea cronológica, el libro reúne a 18 escritores con obra publicada, distribuidos en dos grupos: oriundos y residentes (los que hicieron de Juárez su hogar), y visitantes de la frontera junto con los avencindados en El Paso. Lupercio Garza Ramos (1897-19??) pertenece al primer conjunto y, al igual que los literatos de aquella época, ejercía otra profesión distinta a la de las letras; “fue abogado y dio su tiempo libre a la creación de prosa y de poesía donde se exalta lo juarense”.

140 GarciaG Literatura juarense

Dentro de los versos ocurre una alteración en el aparato perceptivo que vive todo transeúnte (en este caso la anciana) en el tráfico de la metrópoli. Ante el estremecimiento, la voz poética otorga una repercusión manifiesta: si el cruce concreto en una esquina aprisiona, entonces un primer plano, en el centro de Juárez, ensancha el espacio y retarda el movimiento al incluir a otra presencia, no solo la del invidente que auxilia sino la de cualquier lector o caminante que, en batalla y lid, haya sufrido para atravesar una avenida. El diseño urbano, al condenar a sus habitantes a la prisa, al anonimato y aislamiento, no deja otra salida que la imaginación poética. De ahí que no pueda entenderse a Juárez sin sus historias, como si esta ciudad fuera más palabra y símbolo que edificios, bares, semáforos y maquilas. Ante el gris visual y anímico con que se identifica a la urbe fronteriza, sus escritores responden con una fascinación que paradójicamente se traduce en amargura y fuga hacia tiempos mejores, siempre los de antaño. Sin embargo, el Juárez que retrata Garza Ramos no es un afuera, repleto de ruido y muchedumbre, sino el adentro que regula el tránsito vehicular con los latidos del peatón y una rima consonante. La reinvención de la ciudad en la escritura permite que la última estrofa ensaye un ejercicio de ciudadanía y convivencia, que bien valdría poner en práctica.140 16 sept muref

Carlos Urani Montiel