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Empiezo esta entrada hablando de palabras para definir la nostalgia. Para los griegos, nostos significa regreso. Algos es dolor, sufrimiento. La nostalgia: el sufrimiento causado por el deseo incumplido de regresar. En su novela La ignorancia, Kundera explora este concepto para describir esa sensación de estar lejos de casa debido al exilio. Pero se puede sentir homesick aun aquí, porque los espacios, los lugares y las ciudades cambian como nosotros. Y otros, como yo, nos sentimos incapaces de regresar debido a que nacimos en el “tiempo equivocado”. A los de mi generación (y a los foráneos) nos atacan de forma recurrente con ese monstruo de la nostalgia: textos, reflexiones, estados en Facebook, fotografías. Siempre igual y llegando a la misma conclusión: en otros tiempos, Ciudad Juárez fue mejor. Cuáles tiempos, nunca lo sabré con precisión, pero todos parecen almacenar un tesoro sobre el pasado de esta ciudad, como si guardaran piedras valiosas solo para ellos y unos cuantos curiosos. Antes de la violencia y las desapariciones. Antes de este Juárez convaleciente, deprimido, superviviente, heroico. Así, no hay lectura local en la que no me invadan unas ganas por construir, con mis impresionantes dotes de Licenciado en literatura, una máquina del tiempo para conocer ese Juaritos pasado y hermoso. Lo haría con cierta desconfianza. Quizá ocurra lo mismo que en aquella película de Woody Allen donde en ese trayecto hacia el pasado, los mismos habitantes de aquella ciudad idealizada añoraban tiempos anteriores. Así es esto, un viaje interminable. Menos mal que, sin afanes cientificistas, tenemos la imaginación para recorrer, desde esa suerte de “memoria” que es la literatura, aquella no-ciudad.

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Quizá el género literario que se vincula directamente con el pasado real, tal vez debido a su impacto en el presente, sea la crónica urbana. No busca, entonces, la veracidad de los sucesos descritos, sino su impacto en el lector. Hay algo verosímil y convincente. También reproduce una tendencia por andar, explorar una espacialidad real, la ciudad, en este caso. El cronista urbano desea representar en su escritura la geografía y arquitectura de la urbe, así como sus historias particulares y generales: sus personajes y lugares insignia, sus leyendas y anécdotas curiosas. Pero ante todo el compromiso del cronista está con el pasado. Su propósito es fijar un testimonio, finalmente, aunque sea inmediato y, por lo tanto, efímero. Tal sería el caso de las columnas que se publican en los periódicos que, si se cuenta con algo de suerte y talento para narrar, luego se reunirán en libros. Esto último ocurre con Crónicas del siglo pasado. Ciudad Juárez, su vida y su gente (2013), de Raúl Flores Simental, una colección bastante amplia de textos (y años) cuyo hilo temático esencialmente es Ciudad Juárez.

Desde el subtítulo, se demuestra a Juaritos como una presencia viva y cambiante, contenedora de historias, espacios y personajes dignos de mención. El libro golpea con la nostalgia. Muchas crónicas inician con un “Hace años”, “Muchos años atrás” o “Los días anteriores”. El cronista escribe y recuerda. El pasado impregna cada uno de los textos, en un afán del autor por regresar a aquellos tiempos, aunque sea desde la imaginación. Otra técnica visible en las crónicas reunidas es la forma de destacar, entre un paisaje general, algo particular, literario incluso, que remite al poema en prosa de Baudelaire, propiamente urbano y moderno. El cronista observa un escenario donde los elementos conviven en una paz general hasta que uno de ellos realiza algo maravilloso o es en sí mismo extraordinario.

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Por ejemplo, en la crónica “Sin corazón” se describe primero un panorama donde destacan las “viejas escuelas” de Ciudad Juárez, construidas de adobe y con altos muros. Sabemos que ya no se hacen así. Desde el inicio, Flores Simental nos introduce en un ambiente de antaño, de escenarios irrepetibles. Una vez inmersos, se destaca algo particular de aquellos edificios: un lugar amplio donde se reunían los maestros y alumnos para eventos especiales. No tenían un nombre general. Según el cronista, la sabiduría popular los denominó “salones de actos” y en ellos se realizaban también eventos públicos. Llegaron incluso a fungir como teatros, cines y sitio para graduaciones, entre otros sucesos espectaculares. Estaban situados en el centro de las escuelas, como corazón de piedra. El más espectacular de todos era el de la escuela Revolución Mexicana, ubicada en la legendaria colonia Chaveña. Fundada por Gustavo Talamantes e inaugurada el 17 de mayo de 1939 por Lázaro Cárdenas, cuyo busto destaca en el centro del lugar, de dicha primaria se cuenta que en su inauguración estuvieron grandes figuras chihuahuenses que participaron en el movimiento armado (y de ahí el nombre). También la gente rumora que por sus pasillos se escuchan los rechinidos de zapatos que corren y las risas de los niños de un Juárez espectral que ya no existe. Hoy los patios de las escuelas han prescindido y eliminado de los salones de actos. Se han quedado, afirma el escritor, sin corazón. En el caso de la escuela Revolución, su corazón se llenó de fantasmas.

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Antonio Rubio