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 ¿Qué tanto conocemos y respetamos la cultura de nuestras hermanas tarahumaras? Forman parte de nuestra cotidianidad citadina –caminando despacio entre cientos de carros, esperando la luz roja de los semáforos – y, sin embargo, desconocemos sus tradiciones, sus ideas, creencias, lenguaje y, sobre todo, los problemas que enfrentan. Para solventar esta situación, en el 2012 Lorena Parra Parra (ralámuri) y Luz Belém Martínez Aguilera (chabochi) comenzaron un proyecto que inculca la protección, el rescate y la difusión de sus valores y tradiciones, y que busca minimizar esa mirada estigmatizada para lograr una inclusión y solidaridad a partir del contacto humano. ¿Cómo lograrlo? A través de la memoria y la escritura, pues “hay que recordar lo que platicaban los antepasados, así es como seremos más tarahumaras” (“El consejo de los nietos”, Batista). El resultado fue Cuentos del Álamo, una serie de 13 relatos que abordan la relación de los indígenas con lo urbano y los efectos que produce la modernidad. Por ello, no extraña que el título remita al origen y centro de su etnia, la naturaleza: “El árbol, en el resguardo de su sombra, se da como el punto de encuentro de vida, de la alegría, del compartir, del sufrir y del vivir del ralámuri.”

El proyecto, apoyado por el Programa para el Desarrollo Integral de las Culturas de los Pueblos y las Comunidades Indígenas, se concentra en la comunidad rarámuri de la capital del estado, donde Parra Parra funge como gobernadora. No obstante, el cuento “Mujer de pantalones” –que aborda, precisamente, la vida de esta mujer– se extiende hasta la frontera y, además, la situación de los indígenas en ambas metrópolis resulta bastante similar. La colonia tarahumara en Juárez se localiza, desde hace 20 años, al poniente. La habitan alrededor de 80 familias procedentes de la sierra de Chihuahua, quienes luchan por conservar sus propias formas de participación comunitaria y política, en las cuales sobresale la intervención femenina. Por otro lado, es necesario resaltar que esta comunidad pervive y se desarrolla en medio de la discriminación, la violencia, la pobreza y, de un tiempo para acá, la drogadicción, tal como se narra en “Ramón”: “Nuestra siriame nos dijo que eso de drogarse era una mala costumbre que por desgracia nuestra gente había adoptado de las costumbres del chabochi cuando llegamos a sus ciudades.”

Alamo

Estos problemas y particularidades resaltan en “Mujer de pantalones”, relato que visibiliza una serie de discriminaciones en cuanto a género, raza y posición económica. Cuando María –o Lorena–  llegó a la ciudad, con menos de 6 años, su madre se dedicaba a lavar y planchar ropa ajena. En cierta ocasión, la acompañó a entregar un lote bastante grande a una casa de la calle Ponce de León en La Chaveña; como pago, la señora le dio solo un plato de papas. Fue la primera vez que la niña tuvo conciencia de las injusticias que sufriría por ser mujer e indígena. Reclamó, pero solo consiguió que la tacharan de malcriada. Más adelante, la protagonista menciona que el primer asentamiento tarahumara se estableció cerca de la calle Urquidi; sin embargo, un día, al volver de un viaje, ya no encontró a su familia porque el gobierno los movió al lugar que ahora ocupan, donde continúan padeciendo pobreza y hacinamiento. Ahora bien, al hablar de distintos tipos de discriminación hacia una persona entra en juego el concepto de interseccionalidad, el cual se entiende como una herramienta o una perspectiva teórica que nos ayuda a entender la manera en que diferentes conjuntos de identidades influyen sobre el acceso que se pueda tener o no a derechos y oportunidades. En el caso de María entre esas identidades que le posibilitan o le limitan ciertos derechos resaltan la raza, el género y su posición intelectual, social y económica. En la ciudad se le discrimina por ser indígena, en su familia sufrió violencia de género, su misma gente la rechazó por no hablar su lengua materna, y el gobierno la excluyó, junto con todo su grupo, de la participación social. No obstante, a pesar de todo esto, ella alcanzó una posición superior al convertirse en representante de su comunidad y romper paradigmas. Es decir, como consecuencia de sus múltiples identidades, algunas mujeres se ven empujadas a los márgenes, mientras que otras se benefician de posiciones más privilegiadas. La interseccionalidad, más allá de identificar cada forma de opresión, pretende que cada persona sea respetada. Cuentos del Álamo es un paso para lograrlo.

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A manera de posdata, pero en estrecha relación con lo anterior, me detendré en lo que sucedió hace varios meses, cuando el gerente del Kentucky Club le prohibió la entrada a la gobernadora tarahumara Rosalinda Guadalajara, quien había sido invitada a comer por personal del Sedesol. Las críticas resonaron, sobre todo, en las redes sociales; Profeco puso bajo investigación al famoso bar; algunos lo defendieron (el dueño del Asenzo) y otros decidieron no volver a entrar. La discriminación fue clara; las protestas y y la reprimenda completamente justificadas. Sin embargo, como la misma Rosalinda señaló en una entrevista posterior, hay que tener claro que el revuelo creado se debió a que ella es la gobernadora y que iba acompañada por funcionarios del municipio, pues situaciones como esta le suceden a diario a decenas de sus compañeras y ahí nadie dice algo: “Imagínese si le hubiera pasado a un miembro de la comunidad. No creo que ahorita estaría la gente interesada de lo que fuera a pasar.” Es decir, la representante rarámuri evidenció, gracias a su posición, una realidad que viven cientos de mujeres en la ciudad, quienes pocas veces tienen la posibilidad de reclamar o de que alguien interceda a su favor.

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En Juaritos Literario evidentemente estamos en contra de todo sesgo discriminatorio. El caso de Rosalinda Guadalajara ocurrió justo dos semanas antes de nuestra primera ruta literaria en torno a la Mariscal y la Juárez. La decisión de ingresar al Kentucky, tal como se tenía planeado desde antes, fue bastante criticada. No obstante, como proyecto creemos que más allá de entrar o no a un lugar que se reserva el derecho de admisión, nuestra forma de inclusión parte de nuestro propio quehacer profesional, y se dirige hacia el rescate, la difusión y el análisis de los textos que recuperan la memoria, las tradiciones, la identidad, el lenguaje y las disyuntivas de los pueblos indígenas, con quienes compartimos a diario nuestra ciudad.

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Amalia Rodríguez