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Hay escritores que se niegan a ajustarse a la agenda de Juaritos Literario por más que nos empeñemos en hablar de ellos. Así que cuando aparece una ligera pista de la figura de un autor o de su obra en relación con Ciudad Juárez, la explotamos a discreción. La casa de Jesús Gardea en la calle Camelias le vino de maravilla al proyecto Odonimus; para Juárez di-verso, una iniciativa en conjunto con Órbita 106.7 FM, grabamos un poema de Aurora Reyes, aprovechando la ambigüedad de una “ciudad esbelta transparente de azules” (Estancias en el desierto, 1952). Toca el turno a otra pluma chihuahuense distante del trajín de la frontera: José Fuentes Mares. ¿Bajo qué pretexto? Hay para escoger, aunque solo me detendré en dos, por ser los más relevantes. Primero, un par de vagas alusiones a nuestra ciudad contenidas en Las mil y una noches mexicanas; y segundo, el Premio Nacional de Literatura, al que le da título (150 mil pesos y una medalla a quien se lo lleve). De este galardón, que actualmente va en su emisión número 33, reflexiono sobre algunos elementos que tristemente se han perdido. Otros motivos de menor valía por ser anecdóticos y que, por tanto, pasaré por alto son: la colección especial José Fuentes Mares, perteneciente al fondo reservado de la Biblioteca Carlos Montemayor, imposible de consultar al no tener un catálogo individual; mi primer acercamiento a su obra a través del teatro, ya sea por la genial puesta en escena de Su alteza serenísima, a cargo de Telón de Arena, o por una tesis de maestría que tuve el agrado de dirigir sobre teatro infantil, en donde Malú estudió a detalle La amada Patidifusa; y, finalmente, una desangelada invitación a la Fiesta de los libros para conmemorar el centenario del natalicio del escritor, de quien admiro el arreglo del bigote.

146 Fuentes Mares retrato

Fuentes Mares nació en la capital de Chihuahua el 15 de septiembre de 1919 y falleció en la misma ciudad el 9 de abril de 1986. Fue abogado y doctor en filosofía por la UNAM (1944). Desde 1950 dedicó sus horas a la escritura, sobre todo a la historiográfica, que le ha dado renombre a nivel nacional. So obra es vasta y ha sido analizada a fondo en sus diferentes sendas: historia (Luis Aboites Aguilar) y filosofía (Jorge Ordóñez Burgos). Sin embargo, sus textos de ficción llevan poco tiempo en la mira de círculos académicos (algunos artículos de quien lleva ad æternum la organización del premio y unas cuantas tesis de posgrado). En la licenciatura de la UACJ, nadie lo lee debido a que el programa no cuenta con una materia monográfica sobre literatura regional. Llegará el día en que los relatos reunidos en Las mil y una noches mexicanas sean famosos en las aulas y convoquen a cuantiosos lectores. Precisamente en esta colección, publicada en dos volúmenes (entre el 83 y el año siguiente), aparece Ciudad Juárez, no como espacio protagónico, pero sí como zona íntegra al devenir de Chihuahua, tal como ocurre en “La emboscada”, donde se cuenta el asesinato de Pancho Villa, ocurrido en Parral, “a medio camino entre Chihuahua y Torreón, apenas comunicada por el tren mixto de carga y pasajeros a ciudad Jiménez, entronque sobre la línea férrea de México a Ciudad Juárez. Las llanuras semidesérticas entre Torreón y la frontera norte, oh gran Señor eminentísimo, fueron como sabes teatro de relevantes episodios revolucionarios”.

Así como Scheherezada frente al sultán, un cuenta cuentos se dirige a un gran señor innominado con una triple intención: conservar la vida, distraerlo “con algunos cuentos de mi lejano país”, y volver a “mis llanos y serranías… En ese medio me desenvuelvo, vegeto, vivo al mismo al mismo tiempo. Hablo tanto a solas, conmigo mismo, que termino por cultivar orquídeas en el desierto”. Las mil y una noches mexicanas despojan de la H mayúscula a la historia oficial para entregarnos 40 amenas historias con h minúscula. El ejercicio de reinvención trae consigo altas dosis de escepticismo, humor y una ironía que se torna trágica al percatarnos de que la sorpresa del relato no es parte del artificio literario, sino del pasado nacional. Así ocurre en “Las cabelleras”, que lleva por subtítulo lo cruento del pasaje: “Donde se cuenta cómo los aguerridos chihuahuenses, después de acabar con la próspera industria de matar indios bravos para cobrar por sus cabelleras, se dedicaron a oficios menos redituables. También se deja bien sentado que los indios nunca admitieron de buena gana que les tomaran el pelo”. El protagonista de este episodio, ubicado a mediados del siglo XIX, es Joaquín Terrazas, “gran caudillo cuyas hazañas resultan inseparables del exterminio de la apachería”. La zozobra se adueñó del Paso del Norte cuando empezó a sonar el nombre de Victorio, “hombre blanco, según la conseja popular, robado cuando niño por los apaches y educado al modo de su raza”. Solo a traición pudo ser vencido en Tres Castillo, dando fin a las llamadas guerras indias. Este cuento, confiesa el narrador, es “la historia de mis abuelos, cazadores de cabelleras. Por ella verás cómo, para vivir ellos entonces, ahora nosotros, tuvieron que desaparecer los antiguos dueños del llano”.

 El Premio Nacional de Literatura José Fuentes Mares se instauró el mismo año de la muerte del escritor: 1986. Ese dato me sorprendió debido a la premura burocrática. Buscando las fechas exactas, me fui de espaldas cuando encontré que el 9 de abril murió el escritor, mientras que el 24 del mismo mes, Federico Ferro Gay le entregó al galardón –no sin titubeos y en representación del presidente del jurado, Carlos Montemayor, que fumaba pipa al otro extremo de la mesa–, a Jesús Gardea (quien, según la conseja popular, lo rechazó días después tras una afrenta). Si bien es cierto que la muerte propicia los honores, una quincena sigue siendo una locura para organizar un concurso a nivel nacional. ¿Cómo explicarlo? Ysla Campbell nos recuerda, en Iba a decir que oscurece, que Fuentes Mares llevaba años conversando con maestros y funcionarios de la UACJ con el objeto de impulsar el proyecto. Así que, seguramente, para conmemorar el sentido deceso del historiador, se aprovechó la organización del Primer Encuentro de Escritores de la Frontera Norte para que sirviera de marco a la instauración del premio. Es una pena que ese evento, al que acudía la vanguardia del norte y algunos colados (ver video en el 24:40), haya dejado de existir y solo conservemos la presea.

Para la segunda emisión del premio, en mayo de 1987, el Rector seguía siendo el Ing. Alfredo Cervantes García. Gardea, ahora como presidente del jurado, avaló el empate entre Sergio Galindo y Jaime Labastida. El Segundo Encuentro de Escritores de la Frontera Norte, coordinado por Juan Holguín, reunió la modesta cantidad de 61 creadores. Al final de la ceremonia se invitó a la distinguida audiencia a develar una placa, en la av. de Las Américas, que le daría un nuevo nombre a la calle de El Malecón: José Fuentes Mares. Así fue. ¿Alguien lo recuerda? ¿Se habrán fijado las placas en las esquinas del Rivereño? Jesús Chávez Marín, en “Chulas fronteras del norte”, reconstruye con picardía el suceso. Pronto le dedicaré un post a esta crónica porque bien lo vale. Para 1988, el reconocimiento incluyó la modalidad en letras chicanas, en virtud de la condición fronteriza. Al día de hoy el Fuentes Mares solo es para mexicanos. Muchas pérdidas: un encuentro, una calle, una tradición literaria que se observa desde los edificios de la UACJ. Por último, repito las palabras de Jesús Gardea en 1986: “Voy a ser breve porque estas cosas me asustan… Yo agradezco a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez la distinción que hoy me han hecho. El premio José Fuentes Mares de literatura es una cosa buena, pero a mí me hizo falta don José, nos hizo falta a todos y… gracias. Es todo”.

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Carlos Urani Montiel