Bartolomé de las Casas, hoy una referencia cartográfica abandonada y triste, inicia su trazo de norte a sur, desde la 16 de septiembre a la 2 de abril. La calle está impresionantemente unida –por el abandono y la destrucción en que se encuentra– a los pensamientos del personaje a quien representa y a su obra más celebre: Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Bartolomé de las Casas, nombre reconocido entre las tantas plumas que escribieron la historia del Nuevo Mundo, llegó en 1502 a La Española: un “Nuevo Mundo” que auguraba una novel realidad y, junto con esta, un botín inmenso. Venir a la Nueva Jerusalén prometía no regresar con las manos vacías. Pero para Las Casas no, a pesar de gozar los mismos privilegios que por encomienda daba la santísima iglesia de Dios y el rey de Castilla, mismo sistema de explotación que otorgaba posesión de nativos a los representantes de la buena nueva. Las Casas por decisión propia, quizá motivado por fray Antonio de Montesinos, y lleno de una conciencia absoluta hacia la vida del hombre, renuncia a este privilegio y se dedica a la defensa de los indígenas. Lo cual lo lleva a presentar en 1542 su Brevísima y controvertida relación, logrando en ese mismo año, por decreto del rey Carlos V, el comienzo de la abolición de la encomienda.

12 Fray Bartolome

Las Casas no solo escribió la obra antes citada, también acumuló gran parte de escritos históricos del Nuevo Mundo, en los cuales destacó la forma en que sus narraciones aportaban ideologías defensoras hacia los indígenas y sus tierras. En su Brevísima relación de la destrucción de las Indias, las Casas, refiriéndose a los naturales, narra: “Son también gente paupérrima y que menos poseen ni quieren poseer de bienes temporales; y por esto no soberbias, no ambiciosas, no codiciosas. Su comida es tal, que la de los santos padres en el desierto no parece haber sido más estrecha ni menos deleitosa ni pobre. Sus vestidos, comúnmente, son en cueros, cubiertas sus vergüenzas”.  En este fragmento se puede ver el gran peso ––un poco exagerado–– que Las Casas pone en torno a la austeridad en que se encuentran y la ventaja que se tiene sobre ellos. Al igual expone que aquellos aborígenes que debían ser evangelizados no eran tan salvajes como se les acusaba. Al decir que tenían cubiertas sus vergüenzas, Las Casas intenta demostrar que así también lo hacían Adán y Eva, exiliados del paraíso y conocedores del Pecado Original. Tales creencias estaban muy incrustadas en la ideología judeocristiana de los españoles en aquella época. Se narra en el Génesis 3:10 que cuando Dios busca a Adán, este se esconde y, al ser encontrado, dice: “Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo porque estaba desnudo”. Por lo tanto, esas tendencias al pudor y a cubrirse sus partes íntimas acortaban la gran brecha que dividía a estas dos civilizaciones.

Hoy, toda la historia yuxtapuesta en ese nombre que, a su vez, sirve de modo pragmático a una calle estrecha y medio deshabitada, trae a esta frontera ––atropellada por la indiferencia cultural de sus propios habitantes––, una pregunta: ¿Quién abogará por ellos ante los que abusan de las encomiendas? Mismas que la Iglesia ya no provee, sino el Estado. Puede que pocos conozcan quién fue Bartolomé de las Casas, pero saben ––y de eso estoy seguro–– el significado de la brevísima destrucción de las indias, pues esta sigue su marcha perenne. Tzvetan Todorov, al escribir La conquista de América, pone como epílogo “La profecía de Las Casas”. Él propone enfocar la condena que Las Casas escribe en su testamento, como si esta fuese un presagio por las guerras y tragedias acaecidas en Europa. “E creo ––escribe Las Casas en su testamento–– que por estas impías y celerosas e ignominiosas obras tan injusta, tiránica y barbáricamente hechas en ellas y contra ellas, Dios a de derramar sobre España su furor e ira, porque toda ella ha comunicado y participado poco que mucho en las sangrientas riquezas robadas y tan usurpadas y mal habidas, y con tantos estragos e acabamientos de aquellas gentes”. Aunque un poco fuera de contexto, cabe mencionar ––porque las riquezas se siguen robando–– que se ha cumplido y aún sigue firme en su camino “la profecía”. A la fecha, el fraile es para esta frontera un nombre más, como tantos otros, que solo sirven de referencia para ubicar a sus habitantes: “Oiga, ¿por dónde queda la Bartolomé de las Casas?” “Allí, joven, casi llegando al monumento”.

12 Casas abandonado

José Manuel Enríquez Muñoz