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Diego Pérez de Luján escribió una relación sobre la expedición al mando de Antonio de Espejo a Nuevo México, en la que sirvió junto con otros militares y un sacerdote. Dicha narración permaneció guardada por un par de decenios; hasta 1602 fue encontrada por Martín de Pedroza, escribano real. Sin embargo, la obra no se publicó, y fue hasta 1929, cuando se tradujo al inglés, que pudo darse a conocer. Luján nos deja un diario de viaje en el que nos relata el día a día de la empresa de Antonio de Espejo en la búsqueda de la expedición de Francisco Sánchez Chamuscado, quien había salido el año anterior (1581). Espejo financió su propia expedición y, con licencia de Juan de Ibarra, gobernador de la Nueva Vizcaya, partió del valle de San Gregorio en noviembre de 1582. Su camino siguió por los ríos Conchos y Grande con dirección norte; el encuentro con los pobladores originarios fue constante, así como con vestigios dejados por expediciones anteriores, al igual que con riquezas naturales de la región que satisficieron las fatigadas ansias. Sorprende que el territorio no aparezca hostil; su paso por nuestra hoy frontera no fue tan penoso para Espejo y compañía como lo fue para Chamuscado.

El camino que recorrió la expedición de Antonio de Espejo estuvo constantemente acompañado de nativos, quienes les servían de guías, traductores y avisaban a sus vecinos del avance de los viajeros. Contrario a lo que Pérez de Luján describe, el tenso recibimiento de los indígenas durante su travesía es notable y parece que su hospitalidad llevaba la esperanza de verlos marcharse pronto o al menos evitar la ira de los forasteros. Así, su avance desde el rio Conchos hasta el Grande los llevaría a encontrarse con el futuro Paso del Norte en donde hallaron a los moradores que serían, años más tarde, sometidos por Juan de Oñate. El cronista describe a unos indígenas denominados tanpachoas de la provincia de los Patarabueyes. Gran parte de su encuentro con los naturales fue pacífico; sin embargo, tuvieron algunos enfrentamientos con ellos, como en su llegada al pueblo de Puala en donde habían sido asesinados los frailes de la expedición de Francisco Sánchez de Chamuscado. A pesar de esos eventos, la expedición no sufrió grandes pérdidas y continúo su avance en el que Antonio de Espejo, movido por la ambición de todo explorador en tierras vírgenes, dejo atrás a algunos de sus acompañantes y salió en búsqueda de riquezas; no obstante, sus esperanzas murieron pronto y, reuniéndose con el resto de sus aliados, regresó a San Bartolomé en 1583.

147 Antonio Espejo Lea

Las expediciones al norte tuvieron éxito de forma paulatina y la población de esta área prosperó poco a poco. La frontera ha sido un lugar de encuentro entre culturas y, a pesar del paso del tiempo, continuamos aquí, ya sea para asentarnos o para transitar brevemente por una ciudad que mantiene sus puertas abiertas al viajero. A más de cuatrocientos años de las primeras expediciones, la geografía de la región luce distinta, pero aún conserva algunas de las características descritas por Diego Pérez de Luján y tantos otros expedicionarios y cronistas. Por desgracia, las riquezas naturales de la región cada vez son más escasas, incluso algunas aparecen ya solo como un recuerdo de la belleza antigua de esta tierra, en la que el Río Grande proveía de vida al Paso del Norte. La urbanización desmedida, la explotación de la caza y el descuido del campo han empobrecido la imagen de la región, donde varias especies de plantas y animales están desapareciendo. El recuerdo de esta zona se va desfigurando y quedando atrás, mientras la mancha urbana y el desinterés crecen; de ahí la importancia de textos como el de Luján, pues nos ayudan a imaginar el esplendor natural que tuvo esta tierra.

Sasha Montelongo Castro