La figura de Carlos Villarreal Ochoa encarna ciertas ambigüedades propias del viejo arte –quizá no tan antiguo– de hacer política bajo la bandera del partido tricolor: traficante malhechor, presidente municipal, justiciero vengador, emblema y mártir… dichosa la calle y puente que llevan su nombre. Oriundo de Durango, ocupó el máximo cargo político en Ciudad Juárez a mediados del siglo pasado, de enero de 1947 a finales del 49. Su formación profesional también se la debe a Chihuahua; en Parral adquirió el gusto por el ganado y se desarrolló en materia de comercio. Sabemos que tenía apego al negocio de toda índole y, al llegar a la frontera, pronto supo acomodarse en la aduana. Sus gestiones administrativas en esta oficina y una que otra malversación le costaron una estancia forzada en La Tuna, prisión federal de Nuevo México. ¡Contrabando etílico en época prohibicionista! Pero ya para entonces se había unido al partido que en aquellos tiempos aquí en el norte más que priísmo se llamaba quevedismo, por la influencia ejercida por los hermanos Quevedo. Bajo ese manto protector no había cárceles ni oponente alguno (literal) para llevarse el Municipio. El gobierno de Carlos Villarreal se hizo fama por su mano dura, e incluso se cuenta que practicaba la ley fuga allá por Samalayuca. El orden público como baluarte hizo que los medios para alcanzarlo fuera lo de menos. El escritor Filiberto Terrazas Sánchez, en La voz de los siglos, refiere que la paz era tal que los juarenses dormían con ventanas y puertas abiertas.

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Así como este cronista, existen muchas más plumas que han reconstruido el devenir de la ciudad. La historiografía del antiguo Paso del Norte se lee desde varias voces, según el periodo, los objetivos o la formación de cada historiador. No es la intención dar cuenta de ellas, aunque aprovecho para mencionar a las que suenan más fuerte, ya sea porque gozan de una buena distribución o por el rigor de su trabajo. La monografía de José Manuel García-García sobre la región detalla los textos de su historia y su cultura (2005); no hay quien sepa más sobre Propiedad de la tierra (2002) y urbanismo que Guadalupe Santiago Quijada. Mientras que Martín González de la Vara (2002) y Raúl Flores Simental (2010) sobresalen por el esfuerzo de síntesis en sus breves historias; David Pérez López se ocupa de Los años vividos (2005) en el transcurrir cotidiano. Anterior a todos ellos, destaca la figura de Armando B. Chávez, historiador de la vieja guardia, implicado a fondo con sus sujetos de estudio, cauteloso con su puesto de trabajo. En 1959 imprimió en la Ciudad de México (sin sello editorial y con fondos propios) Sesenta años de gobierno municipal. El libro pasa revista a la gestión y datos biográficos de los jefes políticos del Distrito Bravos y presidentes del municipio de Juárez, 1897-1960.

Para esas fechas, en el tercer centenario de la fundación de la Ciudad, Carlos Villarreal aún se encontraba con vida, y Chávez nos cuenta que “sigue radicado en esta frontera… casado con Josefina Quevedo [¡qué sorpresa de apellido!], viven… en su actual residencia de la avenida 16 de Septiembre Oriente número 1819”, a una cuadra de la de Juan Gabriel. Se dedicaba “a sus negocios ganaderos. Es propietario del rancho Los Ojitos, en el Distrito Galeana, Municipio de Janos, y de otros en el Estado de Chihuahua”. Es decir, iba para gobernador del Estado. Sin embargo, su carrera política fue interrumpida de forma fulminante. La mano de hierro con la que se impuso a sus adversarios le valió la estrecha cercanía de sus enemigos. En febrero del 63 (junto con otro expresidente, Víctor Ortiz) Villarreal fue acribillado por un matón a sueldo en el bar Mint, en la Avenida Juárez. El asesino, Francisco Olivera Castel, fue encarcelado, pero pronto salió libre, y se incorporó a la burocracia en Villa Ahumada, clásica argucia tricolor.

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¿Pero qué hizo el presidente a nivel urbano y de desarrollo social? El balance luce positivo y también por eso deberíamos recordarlo. Durante su mandato inauguró el Cine Plaza en el Centro; se construyó el Auditorio Municipal, “orgullo de la ciudad” y la Estación no. 2 de Bomberos, ambos en torno al Parque Borunda; se pavimentaron 350 mil metros cuadrados de arterias, con lo que algunas de ellas cambiaron su nombre, como la actual Avenida Hermanos Escobar; se tendió el alumbrado público en las calles principales (como la que ahora lleva su nombre en la colonia Las Margaritas); se abrieron varias escuelas, como la Gregorio M. Solís en donde mi hija inició su primaria. A su administración le debemos el Puente Libre, antesala del PRONAF, “que une a la isla de Córdoba con la calzada de las Américas”, y que ahora se llama Carlos Villarreal. Este puente también le hace honor al político, ya que, a riesgo del colapso, no se puede circular por los carriles laterales; o sea, si uno se acerca a sus orillas sobresalen las anomalías. Por último, el presidente municipal “estableció por primera vez el servicio de radiopatrullas con flamantes automóviles bien equipados”, que lamentablemente no rondaban cerca de El Mint aquella noche de febrero.

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Carlos Urani Montiel