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La historia del antiguo Paso del Norte ha estado envuelta en un halo legendario, misterioso y, en ocasiones, muy cercano a lo fantástico. No podía ser de otra forma, pues la lejanía del centro, su carácter fronterizo y transeúnte desde su fundación, la proliferación de cantinas y prostíbulos, los movimientos revolucionarios, la maquiladora y la expansión de la mancha urbana, todo ello con sus consecuentes desbordes de violencia, son parte de las pulsaciones que participaron en la formación de la ciudad. Una memoria que sin duda debe ser contada. Así como lo hicieron, en 1994, un trío de periodistas, Raúl Flores Simental, Efrén Gutiérrez Roa y Óscar Vázquez Reyes al publicar Crónica en el desierto: Ciudad Juárez de 1659 a 1970. Este texto, cuyo objetivo consiste en “ofrecer a todo tipo de lector una panorámica general de la historia de esta ciudad”, se conforma por varias cápsulas informativas en las que los autores muestran determinados momentos o circunstancias que definieron el rumbo y la esencia de lo que hoy es Juárez. Uno de ellos fue la muerte del presidente José Borunda.

El Parque Borunda (del que ya he hablado en otra entrada) se inauguró en febrero de 1941 en honor al alcalde asesinado tres años antes. Un suceso que cimbró a toda la ciudad, por lo que Flores Simental y su equipo le dedican un par de páginas entre sus crónicas. La explosión en la antigua Presidencia, ocurrida el 1º de abril de 1938, aparece en el capítulo titulado “Años violentos”, donde se contextualizan los grandes cambios y tensiones que sufrió México durante los años 30, así como las consecuencias que trajeron a esta frontera la depresión estadounidense junto con su Ley Seca. Eran tiempos de gran pasión política y disputas por el poder; la expropiación petrolera acababa de suceder (marzo de 1938), y en Juárez este ambiente se reflejó en graves problemas económicos, sociales y políticos que cerraron la década con el homicidio de dos figuras públicas. El 12 de marzo de 1938, el senador Ángel Posada fue asesinado en un hotel por el exgobernador Rodrigo M. Quevedo. Días después, el Presidente Municipal José Borunda murió debido al estallido de una bomba que le fue enviada por correo desde Chihuahua, aparentemente, por la misma familia Quevedo.

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Ahora bien, la disposición textual del libro me resulta algo complicada, aunque cumple su función de ofrecer cápsulas informativas. Hay un par de columnas principales donde se narra la información general, y en ellas se insertan cuadros (a manera de notas periodísticas pero que rompen drásticamente la lectura principal) que abarcan sucesos específicos. Por ejemplo, en “La bomba en el paquete” nos enteramos, a través de los recuerdos del entonces secretario presidencial Humberto Robles, de todo lo sucedido durante los momentos previos y posteriores a la explosión: la llegada del conserje Domingo Barraza con el bulto, la posición en la que quedó el alcalde, sus últimas palabras, etc. Más abajo, en otro apartado, se describen las actividades luctuosas, pues al imponente funeral asistió “prácticamente toda la población de Juárez”.

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Sin duda, la pluma del cronista resulta fundamental para forjar la identidad de una comunidad. Todos conocemos el Parque Borunda, pero pocos somos conscientes de la línea de sucesos que subyace detrás de él y de su nombre, y que por momentos pareciera sacada de una película del viejo oeste donde hay que lidiar con “Barras y balas” o enfrentarse a “La ciudad más perversa” –otros títulos de Crónica en el desierto –. Solo a través de textos como el de estos autores podemos llenar, poco a poco, ciertos vacíos de nuestra memoria colectiva (aunque a veces resulten bastante violentos), y ver “que a pesar de lo árido del paisaje –o justamente por eso– Ciudad Juárez tiene una historia cercana a la fantasía”.

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Amalia Rodríguez