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Animala y otros destellos de Adriana Candia forma parte del ejercicio continuo de pizcar la palabra al que ya nos tiene habituados una escritora que se distingue por un estilo híbrido, transfronterizo, decolonial. La narrativa que nos ofrece se configura como una especie de vía láctea; sorprende en cuanto a su presencia continua y a la vez se va tornando inabarcable. Su trayectoria como periodista, crítica literaria, estudiosa de las comunicaciones, deriva en esta ocasión en un ejercicio de concentración de la palabra, de cercanía con el principio del ser, de la identidad, de la existencia humana, en el filón de la experiencia femenina. Si bien el texto posee una unidad discursiva, podemos bien destacar la autonomía de cada uno de los apartados que lo integran y que refieren a una mirada fragmentada, polisémica, rizomática de la realidad intra y extratextual de las voces narrativas que confluyen en el texto como una especie de ventanas virtuales en donde cliqueamos de acuerdo a la autonomía del receptor para hallarnos frente a los espejos cóncavos y convexos que nos ofrecen las diversas aristas de nuestra existencia e identidad. Me parece que la obra de Adriana Candia apunta hacia esos dos conceptos que la crítica literaria ha hecho suyos desde los estudios feministas; la sororidad y el empoderamiento de lo que ha sido ubicado en las estructuras de poder patriarcal en el cajón de la subalternidad: lo femenino. Entendiendo como tal la existencia luminosa de las mujeres y aquellos varones que se atreven a explorar el lado oscuro de la luna para hallar la parte de sus identidades que les ha sido negada por un sistema social que apunta hacia las formas del silencio más abyectas.

149 Animalia índice

“La tersa muñeca de porcelana, de tupidas pestañas, mirada azul y boca de capullito encarnado. Cada vez que sonríe, nace un fantasma”, enuncia una mínima anécdota, un profundo dilema humano de la experiencia del estereotipo que del ser mujer la cultura occidental nos ha impuesto. Las muñecas, metáforas de la feminidad, asumen la responsabilidad de educar en la convención a las mujeres, de refinar su rebeldía innata, de educar en el silencio, de aprender a ser objeto de uso, a la disposición de las manos que decidan asirla sin tomar en consideración su voluntad. El final sorpresivo y abierto de este microtexto, contracuento como los llama su autora, propone un proceso de desmitificación a través de la fina ironía: el nacimiento de un fantasma refiere a la presencia de lo inanimado, lo inerte, lo prescindible. La duda emerge en nosotros como lectores y nos lleva a inquirir respecto a si la sonrisa de la Gioconda con su profunda polisemia sería la única que nos salvase de un destino impuesto: la nada. La voz narrativa interpela al prototipo de feminidad representado en la Barbie, ese prototipo de feminidad que emerge en 1959 (inspirada en la muñeca alemana, Lilli Bild, dirigida a un público masculino que solicita, valida y reproduce el estereotipo de lo femenino en su filón ultrasexualizado y sobre todo subalterno), una década posterior a la publicación de El segundo sexo de Simone de Bouvaire. Candia apela a la intertextualidad para que los receptores completemos los márgenes y reescribamos la historia. Tomemos conciencia de que la inocencia de los juegos infantiles del mundo familiar y de pareja representados por Barbie y Khent dejan de lado la realidad, mantienen la figura del varón hegemónico: “Encantada con sus regalos de cumpleaños, la nenita reproduce la casa, la cocina, los cinco hijitos. Le falta mucho para descubrir que le hicieron trampa. Aprendió a hacerlo todo ella sola, sin ayuda del marido imaginario”.

149 Candia Animala otros destellos

Lee aquí el cuento

El segundo apartado de Animala, “Lupita”, no solo interpela los modelos occidentales, sino inquiere a los receptores para retomar la tradición de la literatura chicana; el guiño literario nos conduce a Gloria Anzaldúa, quien anota que “La gente Chicana tiene tres madres. All three are mediators: Guadalupe, the virgin mother who has not abandoned us, la Chingada (Malinche), the raped mother whom we have abandoned, and la Llorona, the mother who seeks her lost children and is a combination of the other two.” La portentosa Coatlicue emerge en este texto de Adriana como lo hizo el 13 de agosto de 1790 después de haber sido enterrada por los conquistadores en 1500. En brevísimas palabras, los textos de Candia recorren la historia de la Conquista hasta la colonización religiosa con Tonatzin. No pierde oportunidad la autora de interpelar las versiones mass media de estas figuras al aludir a “La Rosa de Guadalupe”. La fuerza de esta narrativa se condensa en la enunciación de la autonomía de esas madres de Anzaldúa. Candia reivindica la libertad, autonomía, gozo del cuerpo y la sexualidad de La Llorona, de Lupita y, por supuesto, el poder de la Coatlicue. Estos microrrelatos develan la capacidad de romper con los destinos impuestos: “Las otras hijas de la Coatlicue, las que no urdieron chismes ni planearon el matricidio, las que no perdieron literalmente la cabeza en manos de un hermano mal portado, hicieron atado, cruzaron ríos y montañas para poner distancia a la sangre. Nada las salva. Ahora escriben contra cuentos para defenderse del enemigo”.

149 Coatlicue madre

“Hormolandia” me lleva al ensayo de Graciela Hierro, en Me confieso mujer, quien dice: “Compartir la belleza, la pasión, la tristeza, el erotismo, el juego y el dolor. Ahí se halla también la comprensión profunda de lo que sucede”. Esto mismo ocurre aquí; se reivindica el derecho al placer erótico de las mujeres, a la diversidad sexual, al goce de la alteridad sin renuncia a la mismidad: “Usa vibrador, toma hormonas artificiales que sí le funcionan y nos dice muy jocosa que ella mira” choras y papacitos por todas partes […] Al final de cuentas, todo es cuestión de placebos” (43). ¿Cómo no sentirse interpelada en el apartado “Espejo”? El fragmento Animala, comienza así: “me consideraron salvaje por haber nacido con el pelo chino […] ¡Cabeza de leona! ¡Pelos tan feos!, cuántos resortes! […] y cortaron mis cabellos al ras, para educarlos” (46). Sigmund Freud habla del miedo a la castración masculina: “La visión de la cabeza de la Medusa paraliza de terror a quien la contempla, lo petrifica”. Aquí se trasmuta en un pensamiento y praxis machista por la castración de las distintas partes sexualizadas del cuerpo femenino. Se disciplina y castiga, en términos de Foucault, la corporeidad y el deseo. Pero la experiencia de vida de la maternidad y el gozo del cuerpo empodera a la voz femenina, quien cierra el fragmento “Bugambilias” refiriéndose a sus senos: “Van de frente y con orgullo, y a quien le incomoden, que se Joda” (51).

149 Adriana Candia

“Altar” estruja por la intimidad que conlleva. La relación de pareja de los padres, vista desde la alteridad nos conduce a Un hogar sólido de Elena Garro. La hija rememora la distancia continua, el silencio y las buenas costumbres, una vida de apariencias, mientras les coloca el altar de muertos a sus padres. “Las brujas también tenemos hambre” es la frase que cierra el tercer apartado; “Brujas” alude a la imparable fuerza de las transgresoras al sistema heteropatriacal que, sin embargo y a pesar de todo, disfrutan la diversidad, incluso de preparar el desayuno familiar. Si alguna ocasión hemos pasado hambre, el apartado homónimo asemeja transitar un desierto en pleno verano. Las dietas, la bulimia, la anorexia, la indigencia se instauran en la sección denominada “Hambre”; no es una metáfora sino experiencia cotidiana “de un país llamado HAMBRE”. Sección indisoluble de “Sueño americano” en donde la crudeza de la xenofobia, racismo, clasismo, falta de empleo, precarización de la vida cotidiana marca el tic-tac del reloj: “El sueño americano en la frontera sur es muy breve. Apenas es el sueño de que se nos inunde la traila en tiempos de lluvia” (78)149 Cardona Exodus

“Cuentos para dormir bien” favorece desde el humor, la ironía, el trastoque de las historias ficcionales y reales, la posibilidad de que las mujeres se desmarquen de la vida colonizada. Dice Ochy Curiel: “Descolonización como concepto amplio se refiere a procesos de independencia de pueblos y territorios que habían sido sometidos a la dominación colonial en lo político, económico, social y cultural”. Así sucede con el pueblo de las mujeres; se independizan de los sometimientos de todo tipo: “Odio las caperuzas y los sacrificios inútiles. Si me toca ser abuela en el cuento, quiero vestirme de rojo y salir a bailar a la luna” (86). Jesusa Rodríguez alude a lo mismo en su canción, cuando cumpla los ochenta. “Caramelo” nos acerca al periplo de las simulaciones, de la luna de miel, de las relaciones ni siquiera co-dependientes, sino de sumisión de la otredad. La celotipia se enmascara, se diluye, para irse a la yugular de cualquier relación: “Los celos alimentan muchísimo cualquier relación… de odio”. La sentencia feminicida emerge en estos contra cuentos: “Todas las negaciones de aquella tarde fueron inútiles. Afirmo la traición con el último actor: Al salir, azotó la puerta del hotel con una violencia” feminicida.

149 Mujer ciudad

Cierra el volumen con la sección: “Piñata”. Si bien tiene su origen en el deseo de acabar con el MAL, encarnado éste en la mujer, constituye la norma social para el golpe directo o indirecto al más de 50% de la población. Incluso los varones progres se abrogan el derecho al maltrato de las mujeres, y no se diga aquellos que se mueven en el ámbito de las artes. Baste correlacionar estos contra cuentos finales con el #Metoo americano: “así tejen sus redes: con sutileza sus telarañas, sus pantallas de nuevos seres, sus trajes de carnaval con los que se visten de sororarios mientras dan la espalda”. Animala ofrece una serie de destellos diminutos que atraviesan el aquí y ahora de quien transita por sus habitaciones; la oscuridad aprisiona al ser en ellos, pero en ese mundo soterrado, abyecto, la palabra empodera a las mujeres, siendo ellas quienes encuentran el fuego que las salva, no como un favorecimiento divino, sino como un acto de concienciación colectivo. Enhorabuena a la literatura de la frontera por estos destellos desde la animalia que nos habita hacia la libertad.

Susana Báez Ayala