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He vuelto ha leer Cuentos únicos y secundarios (2017). Me parecen admirables el empleo de recursos literarios y el ejercicio poli-paródico de cada uno de sus relatos. De entrada, diré que el libro es un laberinto de máscaras y espejos donde el autor real (César Graciano) inventa un autor homónimo. Y este “César Graciano” (el uso de comillas es necesario) nos presenta un prólogo titulado “Para empezar” y un epílogo (“Notas de escritor”) que enmarcan una antología con nueve autores y sus “Notas biográficas”, todo dentro de un mundo de fractalidades ficticias. En ese laberinto literario también habrá una galería de dedicatorias y de epígrafes (de los que no hablaré aquí, pero sin duda son claves referenciales de los juegos paródicos de Graciano). De hecho, este último recurso, al dirigirse hacia el género de la antología, promete otros niveles de lectura, desde el título que parodia la de Javier Marías, hasta la reunión de voces juarenses que no lo son (¿habrá alguna cripto-referencia al libro Narrativa juarense contemporánea?) Cuentos únicos y secundarios es pues, un laberinto de heterónimos (a la manera Fernando Pessoa) que son trozemas ficcionales del autor real… puestas en escena de un repertorio de personajes-autores que por alguna razón “tocaron tierra” juarense.

Comencemos pues. “César Graciano” escribe lo siguiente en su prólogo: “Antologar es tarea de Sísifo: no se ha terminado de reunir los textos cuando ya salieron diez más, luego se descartan cinco y llegan siete, al final son solo corazonadas las que llevan a terminar el trabajo.” Esta voz nos habla del título y de la estructura de su cuentario: “La antología está dividida en dos partes: Cuentos únicos y Cuentos secundarios. Cuentos únicos es la producción cuentística de sus autores, que por diversas razones (la mayoría por fallecimiento) sería imposible que volvieran a escribir. Los cuentos secundarios son, como el nombre lo indica, los segundos cuentos de su respectivo autor, pero con una condición: se aclaró que ya no escribirán más.” Los nueve autores-personajes (si contamos a “César Graciano” serían diez entes ficcionales) vivieron sus propios mega-dramas (resumidos esquemática e irónicamente en fichas de entrada). Por ejemplo: Braudel Castro fue asesinado de un disparo en la cabeza. La poeta Mónica Jáuregui murió “con señas de violencia sexual” (nadie reclamó su cadáver). Osvaldo del Campo fue un transexual que murió de sida en el D. F. Etcétera. En otras palabras, cada anotación biográfica es un verdadero microrrelato disfrazado de asunto bio-bibliográfico.

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Sigo. Si aceptamos el juego literario de Graciano, entonces, tendremos 21 relatos (el prólogo, las 10 fichas biográficas –verdaderos micros–, los 9 relatos y el epílogo). Escojo para comentar, cinco relatos: “Algo parecido al amor” me interesa por su colección de frases aforísticas intercaladas (“con él supe lo hermoso que llega a ser el silencio”; “la vida de todos es igual, de una manera u otra”, etc.). “Humo” destaca por el contraste del tiempo real y el de la narración. El breve lapso que dura recomponer un cigarrillo quebrado (seis rápidos y precisos pasos) se prolonga por varias páginas en reflexiones y flashbacks narrativos.

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El cuento “Ver nevar” de la loca Carola Lavín (“vive recluida en el manicomio municipal”) es, creo, el mejor de los cuentos. Funciona como una colección de microrrelatos dentro del gran relato; todos los micros están unidos bajo el tema de “recordar al ver la nieve caer”. El narrador va recordando su collar de perlas trágicas que le han sucedido durante nevadas pretéritas: ya un personaje se suicida, otro muere horriblemente, etc. Todo es contado por una voz elementalmente neutral, sin empatías hacia los muertos. Una de las microhistorias es acerca de un joven que mira a una chica vestida de rojo; ella le roba un cigarrillo, él la persigue; tienen una noche de juegos de seducción y algún par de besos bajo la nieve, pero al despedirse, ella elige su muerte, y se da al impacto del tren subterráneo. Y así, el narrador va recordando otros eventos que ocurren durante el invierno: la mujer que mata a su marido por estar “harta de vivir encerrada”, el niñín suicida que se cuelga de un árbol, la violación tumultuaria y muerte (con escenas gore de jack-el-destripador) de la esposa del narrador, etc. Todo contado sin aspavientos. En un tono minimalista, neutral, deshumanizante.

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“El funeral”, cuento de Braudel Castro, nos remite a una remota anécdota de primera juventud. Es el chavo que recuerda el día que debió ir a una creepy-funeraria y luego a un jardín-cementerio para despedirse de la siempre buena onda tía Julia. Gracias al poder de observación del narrador, presenciamos los escenarios lúgubre-kitsch de la funeraria, el ambiente construido por féretros, los muertos fletados en la farsa solemne de toda capilla ardiente y los apayasados familiares dolientes. Eso que todos hemos vivido alguna vez. El escenario (la “farsa”, dice el narrador) se divide en dos salas mortuorias: en una, un viejo patriarca sobreactua la tristeza por el desceso de una de sus hijas. En otra sala, una madre joven (previamente madreada por su esposo) ante su hijo recién nacido y muerto, cuyo padre se acaba de colgar, cual macho golpea-esposas arrepentido. Dos momentos me llaman la atención de este cuento: el anuncio de la muerte de la tía Julia y la descripción de su entierro.

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El primer momento ocurre cuando el padre del narrador recibe la noticia de la muerte de la tía Julia; el narrador (Braudel Castro) intercala eventos ajenos al hecho del anunciado fallecimiento. Con esto se evita todo sentimentalismo y nos desfamiliariza la experiencia de la perdida. “Mi madre entró a la cocina con cara de angustia, una rata asomó la cabeza desde un resquicio de la pared, en algún desierto del viejo oeste pasó una rodadora y dos vaqueros se enfrentaron a muerte; mi padre dejó el teléfono, la rata pasó por toda la cocina; las manos puestas aún en el teléfono le temblaban… uno de los vaqueros cayó muerto a mitad de un pueblo fantasma, afuera pasó un camión de bomberos. Rompió en llanto. El perro del vecino comenzó a ladrar”. Tal vez el narrador ve la escena del viejo oeste en la tele o simplemente es una fracción de espacio-tiempo intercalada en el devenir presente de la narración donde los personajes (má y pá) reciben la noticia de la muerte de Julia. El segundo momento ocurre en el entierro a través de una reflexión antisentimentaloide: “el día en que la tía Julia dejaría este lugar para formar parte de los sedimentos del planeta, alimentar bichos y hacer su parte dentro de la cadena alimenticia”. La muerte no es una tragedia, sino el cumplimiento de un ciclo biológico en la inmensa escala de los eventos geológicos. La cavilación resulta interesante pues la separación de alguien querido no se signa como un evento traumático: no hay necesidad de consuelo, es, en el mejor de los casos, un cierre de una etapa, una despedida sin más trámites que un paseo por el fascinante mundo de los decorados funerarios desde la perspectiva juvenil.

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Crédito de fotografía: José Luis González Palacios

Por último, el relato-epílogo “Notas de escritor” (de “César Graciano”) consta de una serie de breves apuntes separados por asteriscos… citas y comentarios de los textos que integran la antología. Llaman mi atención la destreza fragmentaria, el hilado de micro anécdotas y la obsesiva actitud metaficcional del narrador. Metaficción a la manera Salvador Elizondo: “Yo me imagino imaginando a alguien que me imagina. Me convierte de facto en el personaje de mi personaje. Soy solo la ficción de mi ficción. Eso es escribir: ser ficción”. Esa cita sirve de justificación temática del autor, quien nos presenta en su juego de máscaras una identidad hecha de otras tantas. Estamos ante un ejercicio de autoficción: cada personaje tiene algo de mí (unos más, otros menos), pero colectivamente son esa ficción que soy yo: “soy solo la ficción de mi ficción”, diría “César Graciano”, ese ente de ficción (a la manera novelesca de Unamuno) que concluye en un acto de manumisión irónica: “Tengo un montón de notas sueltas y nada terminado. Qué culera es la vida, ¿no?”

JM GARCÍA (NM)