Agua tatuada recibió el Premio Chihuahua de literatura de 1986. El mismo gobierno del estado se encargó de imprimir el poemario de Guillermo Hernández Orozco, dividido en tres partes (“Raíces”, “Vamos” y “Espejismos”) ilustradas por fotografías y viñetas a blanco y negro. Me parece una buena idea iniciar esta iniciativa, Geopoética chihuahuense (revisen nuestro manifiesto), con esta joya bibliográfica, hallada en la Librería Logos, ya que los diferentes espacios del estado grande, tan disímiles como el desierto o el interior de un camión de transporte público, permiten una lectura lineal a través de las dos primeras secciones. La “Introducción” del libro invita a escuchar las voces de los fragmentos de nuestra propia realidad. Agua tatuada “despliega paisajes montañosos, pinos, peñas, soles, soledades, silencios, en agudo contraste con los desdibujados espacios urbanos” (Rico Bovio). La versatilidad del verso de Hernández Orozco se descubre no sólo en las descripciones espaciales (quizá abundantes), sino en la espontaneidad del yo lírico que nos acompaña ahí mismo en la lectura; mientras uno desciende la mirada en cada verso, él va “contando lo que cuento”.

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Curiosamente, el poema que más me ha llamado se encuentra casi fuera del libro, y no figura en el índice debido a que aparece en la contraportada. Sus cuatro estrofas funcionan como epílogo… como una despedida por donde se asoma el perfil biográfico del poeta, quien nos confiesa no ser chihuahuense, sino de Jalisco (donde justo ahora escribo). Destaco, además, otros aspectos significativos del poema referentes a la simbiosis entre el entorno y quienes lo habitan, incluido todo ser… vuele, ande, repte o verse. La interlocución con la tierra ocurre “quieras o no”, al grado de que el paisaje “acaba formando parte de ti mismo”. Porque el rostro de Chihuahua no solo se delinea con sus cálidos y escarpados ecosistemas; de los rescoldos del aire emanan aves que anidan en nuestros días, “y así acabas siendo eso”, proclama el verso, “desierto, bosque, sol y alas / cara blanca que pasta en la estepa / en las nevadas”.

Sí. “Aquí estamos”. Mi sistema respiratorio batalló con esta “tierra canija / que se mete por los poros”. Antes de avecindarme en Juárez, hacia finales del 2011, venía de un sitio húmedo en donde el sol se nubla durante casi medio año. En la balanza del calor/frío, declino por las bajas temperaturas, ya que se pueden combatir tanto en la intemperie como en interiores, pero una simple caminata de 10 minutos a 40º sobre el asfalto tiende a lo inclemente. ¿Qué más me podría quitar para sentir frescura? La combustión urbana vence y no aclimata. Por último, aclaro que en la grabación me di licencia de modificar la referencia geográfica. En la ambigüedad de “cualquier parte” cabemos todos los inmigrantes. Así que Memo, perdóname. En Ciudad Juárez nació Ixtla, mi hija más pequeña… el ajuste me resultó vital.

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Urani Montiel