Gracias a su labor como muralista –la primera en el país– y poeta, Aurora Reyes (1908-1985) se ha colocado en el pedestal de las grandes mujeres chihuahuense. Nació en Parral, pero su estancia ahí duró poco, pues su familia tuvo que mudarse al centro cuando su abuelo, don Bernardo, murió acribillado frente al Palacio Nacional en el inicio de la Decena Trágica. La vida de “La cachorra” (hija de León Reyes) está marcada por sucesos y personajes fundamentales en la historia nacional de principios del siglo XX: la Revolución, Alfonso Reyes, la militancia del partido comunista, el muralismo, Diego Rivera, Frida Kahlo, la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR), la lucha de los maestros rurales, la defensa del voto femenino. Al inmiscuirse en este panorama intelectual y político, sus obras reflejan cierto sabor nacionalista y una crítica social latente en imágenes y metáforas que ponen al descubierto las entrañas de su realidad, la cual, sin duda, comienza con su lugar de origen. “Estancias en el desierto”, unos de sus primeros textos concebidos hacia 1952, rememora el espacio chihuahuense desde la óptica del recuerdo y la imaginación. Por ello, las sensaciones, el color, la naturaleza y la ensoñación conforman la fuerza expresiva que caracterizan los versos que hablan de su “primera patria de infinito, / en el Norte de México”.

Los desiertos de Chihuahua aparecen en voz de Aurora Reyes como el punto de encuentro de los cuatro elementos que posibilitan el comienzo de la vida: “epidermis de arena”, “adolescente sol”, “vórtice en el aire”, “¡Agua! palabra linfa”. El yo poético vuelve a su origen, “Renace adulta la infantil mirada”; cede el paso a la naturaleza, “Escucho cómo el sueño desliza su silencio. / Ya siento las corrientes de sed hasta mis huesos”; y solo hasta el final (poema IX), resurge integrado plenamente al paisaje, “De pie sobre su planta prisionero, / –creatura de la sed– ronda su imagen: / contorno humano ¡vertical desierto!”. Los nueve poemas de “Estancias”, publicados por primera vez en Humanos paisajes (1953), contienen la idea del infinito, un principio y un final que se regeneran constantemente, atravesados por largas pausas capaces de estremecer la vida yacente. El calor, la ausencia de agua, tormentas de polvo, vientos de lumbre, dunas desgarradas, son esos elementos que, según los recuerdos de la autora, forjan la fuerza y resistencia de las personas; el medio día desnudo puede crear “pies de vidrio”, pero también “el sabor de la angustia y la ceniza / y la sed… y la sed… y el espejismo.”

Habitar un lugar como Juárez, rodeado por el desierto, la frontera, la violencia y la mala fama, no resulta sencillo. Aunque llevo más de veinticinco años sorteando sus vaivenes, todavía existen días en que la ciudad, principalmente su clima, me vence. Si, como en el poema de Reyes, “la mañana, vencida, se derrama” generando una lenta pausa en la vitalidad de cualquiera, las tardes de la canícula resultan interminables, solo soportables con un potente aire acondicionado. Los medios días, cuando el sol alcanza su punto más álgido, nos hacen ver con fuerza “su reinado inmóvil”; todo parece quieto o flotando en una nube de fuego. Sin embargo, estos momentos de sopor y quietud, a veces, son los ideales para volver al inicio. Cada cierto tiempo se necesita sentir el vacío, el silencio, la soledad o la pequeñez que implica estar en medio del desierto, pues ante esa inmensidad, los problemas o, en ocasiones, el mismo ego, retoman su tamaño real, para bien o para mal. Una ida a Samalayuca nunca está de más… o viajar de vez en cuando a Ciudad Universitaria. Ahí conocí las verdaderas tormentas de arena, los vientos que quemaban o calaban hasta los huesos y el agua negada. El recorrido que hacía a diario, una hora de ida y otra de vuelta, en verdad significaba una pausa en mi día. Los pensamientos generados por el paisaje desértico deambulaban entre lo agradable y lo ingrato. Incluso una amiga me advirtió: “Mejor duérmete, es peligroso todo lo que puedes reflexionar o imaginar en ese tiempo.” Por desgracia, me resulta imposible desligar la problemática del feminicidio con la imagen del desierto, el polvo, el calor y “los senos incendiados / en oleaje convulso y enemigo”.

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Amalia Rodríguez