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Hace un par de años, la Sociedad de Escritores de Ciudad Juárez, A.C. presentó un libro más a todos los lectores de esta ciudad fronteriza. Letras al Margen. Antología VII  (2016) conglomera creaciones de diferentes voces con el objeto de deleitar, entretener y hacer viajar a través del tiempo. En esta sazón, Emilio Gutiérrez de Alba colabora con un texto que provee de los condimentos necesarios para despegar al mundo de la imaginación de tiempos ya ocurridos, emprender un viaje a un pasado no tan remoto y deambular a través de uno de los lugares más asistidos por la comunidad juarense. “Voceador”, título de la narración del periodista actualmente jubilado, de forma breve y concisa, recuenta la experiencia del pequeño Salomón como jefe múltiple policiaco por un día, premio que obtuvo debido a su dedicación como papelerito. La historia inicia con la mención de la crónica publicada por El Fronterizo sobre el homenaje que se le realizó a los Voceadores de la Prensa en abril de 1957, evento que liberó el terminado de las instalaciones del Estadio de Béisbol Infantil, localizado en el Parque Borunda. No obstante, el relato también se detiene en aspectos que la publicación dejaba fuera: la felicidad del niño Ismael Esparza Montañez al ejercer su papel de jefe policiaco por un día al estilo salomónico y liberar a un antiguo ferrocarrilero que había matado a su esposa y amante (situación que ocasionó una gran venta de periódicos).

Si algo distingue la literatura de Gutiérrez de Alba es su pasión por Ciudad Juárez y sus habitantes que lo recibieron con gran amabilidad cuando emigró desde Torreón. En “Voceador” el autor hila la experiencia del pequeño Salomón en un espacio determinado de Juárez: la Comandancia Policial, también llamada Cárcel de piedra, a la cual llegó Ismael, de 12 años de edad, no como un presunto delincuente acusado por robo, homicidio, tráfico de drogas o violación, sino como el nuevo jefe policial. Es decir, la Cárcel de piedra, ubicada en la esquina de la avenida 16 de septiembre y la calle Oro, fue el espacio que el Gutiérrez de Alba construyó para que el protagonista se desenvolviera y se transformara en lo que toda su vida soñó, cargo que implicaba atender a la gente que llegara a quejarse o a pedir ayuda para sus familiares, así como de ordenar y liberar a presos según su criterio.

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El pasaje a la Cárcel de piedra me incita a pensar en el protagonismo que tuvo dicho lugar, no solo en este cuento sino en muchas otras historias reales, de “carne y hueso”, en experiencias que fueron vividas por cientos de personas y que hacen que el corazón bombee rápidamente al escucharlas. Si duda, este sitio resguarda un sinfín de anécdotas que logran la empatía en el receptor, pues invitan a la reflexión al contar las transgresiones de un contraventor, la estancia de muchos juarenses ahí, el dolor de padres, esposas e hijos que sufren el encarcelamiento de sus familiares, la pérdida de un ser querido, las injusticias cometidas por los empleados, o la manera en que un infante hizo realidad su sueño de ser policía. El relato de Gutiérrez de Alba forma parte de esos textos que contribuyen a recrear, crudamente, lo que fue Ciudad Juárez.

Ximena Guadián Salas