Hidrocálida, poeta y promotora cultural, Carmen Amato Tejeda había anunciado su retiro de las aulas la primavera del año pasado; sin embargo, hace un mes el Museo de Arte de Ciudad Juárez lanzó una convocatoria de un taller sobre escritura creativa que está a cargo de ella. Además, se ha dedicado a la fotografía como un ejercicio sináptico que esquematiza y extrae el tuétano de la redacción, la agenda Asfalturas, del garabato a la Asfaltura de la Asfaltura al poema publicada en el 2016 resulta un ejemplo de ello. En su tesis para obtener el grado de maestría, titulada El silencio que se hiela en la blancura de las hojas (1996), Amato presenta 62 poemas dispuestos en siete partes. “Nunca será noviembre” aparece en un apartado homónimo junto a otros nueve poemas cuyo tema recurrente es la luz. La composición consta de cuatro estrofas con verso libre y rima asonante; la voz lírica emerge desde la primera persona del singular para moldear un tono ubicado entre lo serio y lo reflexivo que juega con lo sinestésico al involucrar los cinco sentidos del lector.

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Si bien no existe un referente geográfico específico que permita ubicar el poema en un lugar determinado, la voz poética diluye al lector dentro de la nitidez de las imágenes espaciales, mismas que van construyendo la ciudad a la par de quienes la habitan. El tiempo constituye una estructura lineal que avanza horizontalmente junto al recorrido que el sujeto realiza a través de las calles. La trascendencia del ser resulta vulnerada cuando la voz poética exhibe la miopía en la introspección necesaria para el autoconocimiento: “Algo va cambiando / en ti y no lo sabes, / hasta el día que tu nombre / ya tiene menos letras”. Los meses llevan consigo una carga simbólica que amalgama la idea de lo efímero respecto a la vida humana: septiembre, octubre y noviembre encaminan hacia la apoteosis de un ciclo que sucede justo cuando la tierra da una vuelta completa alrededor del sol. Así como la trayectoria astronómica del mundo constituye solamente un paradigma temporal validado por quien lo usa, quien recorre la propia vida va acercándose al impostergable desenlace de su misma historia, la cual va llenándose de significados y profundidad en la medida que se aproxima a la consumación del lapso vital: “Tu nombre / se vuelve breve / como Octubre / y no te pertenecen / ya sus lunas, / y nunca serás Noviembre”.

Un elemento que condiciona irremediablemente mi disposición a caminar la ciudad es la cuestión climática, más concretamente, el intenso calor asfáltico. En la composición de Amato, el ambiente evoca precisamente la parte del año predilecta para deambular, debido a la parcial ausencia del sol: “Septiembre, / llegas y tu paso fresco / crece hasta morir / en la blancura / del olvido, / sin una sombra / del ardor que tuvo”. Las tonalidades transforman el paisaje, brindan una traza que remite a la nostalgia por esa existencia que aparece como una insípida entelequia sin caer en un panorama sepia: “Me duele mirar en las esquinas / tu amarillo color / tu gesto somnoliento”. La flora urbana también sufre una metamorfosis gradual que convierte las hojas verdes en ramas secas, imagen que funciona como el símil de la muerte-otoño que nunca llega a ser invierno. La voz poética se dirige a un tú que aparece inconsciente de su propia condición, así como también del horizonte que le rodea, como si quisiera recordarle que así como acaba el año, termina la vida y perdura la memoria: “Te vas quedando sin saberlo, / entre los dedos de los árboles, / entre las calles convertido en polvo”. En esta composición Amato conjuga el paso del tiempo con el del caminante urbano ambientado en una tarde ambarina, la cual bien podría situarse en cualquier ciudad que, como la nuestra, exija cooperación del medio climático para ser cómodamente transitable.

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Laura Sarahí Robledo