Etiquetas

,

Uno de los incentivos de Juaritos Literario consiste en la remembranza de sitios que han visto crecer a nuestra ciudad; lugares cargados de una gran historia que conservan alguna huella, desde el mismo nombre, que da cuenta de los andares de Juárez y, en muchos casos, de toda la nación. La nostalgia entra aquí en juego, pues representa la respuesta común a cualquier tipo de cambio. Aunque comúnmente se relacione este sentimiento con un aspecto negativo, no siempre es así. La misma terminología del concepto indica que se refiere a un “dolor o anhelo” (algos) por “regresar a casa” (nostos) o, en general, al pasado. El hecho de experimentar nostalgia, entonces, no siempre resulta doloroso, también puede ser agradable y conmovedor, ya que a partir de recordar y reflexionar sobre lo que teníamos antes, se abre la posibilidad de encontrar la confianza y la manera para enfrentarnos a lo que hay ahora o lo que se avecina, así como aumentar la autoestima y el arraigo social. Por ello, nos es apremiante rememorar aquellas vivencias significantes que compartimos con otros como sociedad. En nuestro caso, dichas experiencias se basan en espacios determinados y textos que los retratan y llenan de vitalidad.

161 Antigua presidencia XX.jpg

En 1847 –un año antes de la firma del tratado Guadalupe-Hidalgo– se publicó en Inglaterra Aventuras en México de George F. Ruxton. Cien años después apareció la primera traducción, quizá porque la idea del connacional no quedaba muy bien parada, y así se justificaba lo que sucedería unos meses después de su escritura: “Si los mexicanos poseen una sola virtud, y espero que así lo sea, deben tenerla guardada en algún secreto rincón de su “sarape” […] Espero que, por su propio bien sacará rápidamente de su escondrijo solitario la luz de esta virtud disimulada, si no, dentro de muy poco tiempo será absorbido por la potente flama que el anglosajón parecer estar dispuesto a esparcir sobre el oscuro México”. Aunque duela, la visión extranjera sobre nuestro país y quienes lo habitamos resulta necesaria para comprender la posición en la que ahora nos encontramos. Por ejemplo, textos como el de Ruxton exhiben un país lleno de carencias, insensatez e inestabilidad política; de esta forma, la pérdida de casi la mitad del territorio nacional aquel febrero de 1848 parecería el resultado más obvio y positivo para todos –tal como lo caviló el general Santa Anna.

Otro punto interesante en el que se detiene el viajero inglés es el territorio norteño, pues su descripción forma parte de la estampa que hasta el momento impregna el imaginario universal; aquel que siempre nos ha calificado como bárbaros. Ruxton afirma que “la ciudad de Durango puede ser considerada como la última Tule de la zona civilizada de México. Más allá, hacia el norte y el noroeste, continúan las enormes y despobladas planicies de Chihuahua […] En los oasis que se encuentran allí se reúnen las tribus salvajes que continuamente descienden a las haciendas cercanas, hurtando caballos y mulas y asesinando bárbaramente a los campesinos desarmados”. Ahora bien, pese a la imagen negativa, resalta la idea de los oasis. Cuando Ruxton llega a la villa de El Paso del Norte, luego de repasar la historia de su fundación –aunque con algunos datos erróneos–, describe a la zona como un valle de gran riqueza, “rodeado de huertos y viñas bien cultivados y jardines que descansan sobre el río”. Es decir, a pesar de la idea que recrea sobre el norte, rescata y se admira del paisaje de lo que ahora constituye el centro histórico de Ciudad Juárez. Un espacio que ha cambiado drásticamente, pues al día de hoy –al menos para las nuevas generaciones– pensar en huertos, viñas, un caudaloso río o la sierra de Juárez, resulta casi imposible ante la sequedad y aridez que pervive a nuestro alrededor.

161 Antigua presidencia XIX.jpg

La descripción de Ruxton se efectúa desde la plaza ubicada frente a las instalaciones del antiguo presidio (el cual albergó al poder político desde 1685 hasta 1983) y queda enmarcada por una anécdota donde el airado escritor sale bien librado solo al mostrar sus documentos de identidad. Casi dos décadas después de la visita de este peculiar personaje a la frontera, el lugar que lo recibió fue también el punto de llegada del Benemérito de las Américas y el gabinete del Estado mexicano. Desde entonces, y en honor a quienes acompañaron al presidente en su lucha contra el imperio francés, el cabildo ordenó nombrar a este sitio Plaza del Batallón de los Supremos Poderes (antes conocida como Plaza del Fundador). Por razones desconocidas, pasó siglo y medio para que el nombre se oficializara. El alcalde Enrique Serrano Escobar develó en septiembre de 2014 una placa, a espaldas de la Misión de Guadalupe, para conmemorar la orden de Benito Juárez de izar la bandera cada lunes como muestra de patriotismo. Sin duda, aquel paisaje que mostró el autor extranjero funcionó también como oasis para otros personajes y episodios imprescindibles de la historia nacional. Por ello, conocer el cambio de la imagen del lugar que ahora habitamos, aunque recreada desde una visión extranjera y pretérita, forma parte de esa larga configuración por la que ha pasado Ciudad Juárez y que nos define actualmente.

plaza fundadores- 1.jpg

Amalia Rodríguez