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Gracias a su posición geográfica y a las consecuencias de la segunda guerra mundial, Ciudad Juárez se convirtió en la meca de la vida nocturna de los años posteriores al medio siglo. La llamada época de oro recuperó la famosa leyenda negra característica de la frontera. Varios espacios dan cuenta de ello. La Fiesta, uno de los más importantes y del cual todavía tenemos sus vestigios –ya en plena recuperación–, guarda en sus muros el esplendor –real o imaginado– de lo que un día fue la frontera, así como un sinfín de memorias que posicionan al edificio como el espacio más elegante y fantástico que tuvo la ciudad en el último siglo. En La Fiesta: recuerdos de una alegre y luminosa Ciudad Juárez del siglo XX, por ejemplo, el escritor y periodista Emilio Gutiérrez de Alba, a lo largo del prólogo, 77 secciones y un epílogo recrea a detalle y con un tono bastante nostálgico todos los pasajes y personajes que gestaron, elevaron y, finalmente, terminaron con la vida de este emblemático lugar.

El 9 de octubre de 1954, cuenta Gutiérrez de Alba, “en medio del resplandor de anuncios con luces de neón… La Fiesta brillaba como un faro”. Era el día de su inauguración. Tras más de 4 años de iniciar su construcción, los hermanos Efrén y Mariano Valle –propietarios del inmueble, así como también del Guadalajara de Noche– abrieron las puertas de su lujoso teatro y cabaret, el cual se caracterizaba por ofrecer espectáculos con estrellas de gran renombre internacional, solo comparables a los shows de las Vegas. La réplica del calendario azteca y el apremiante sonido de las campanas que presidia cada función, atestiguaron el paso del Kingston Trio, Los Churumbeles de España, el famoso quinteto los Vagabundos, Frank Sinatra, Earl Grant, Don Cornell, Linda Darnell, el saxofonista Rar Rodríguez, Luisito Rey, María Félix, Reina Vélez y David de Montecarlo, entre muchos otros grupos y artistas. En cuanto a la construcción y el diseño, fue el ingeniero zacatecano Manuel Cardona el responsable de ejecutar en una obra colosal la idea de los hermanos Valle. El trabajo de los acabados de cantera estuvo a cargo de Jacinto “El bizco Chinto” Castro, quien también había trabajado en el Cine Victoria. Por su parte, Pablo Montalvo se encargó del trabajo de pintura y acabado de la estructura. Resaltan en el diseño del edificio, además del calendario mencionado, una fuente tallada que replica la localizada en el Palacio del Conde Santiago de Calimaya, lo pilares estilo barroco, los azulejos de talavera española de las escaleras, la réplica de la entrada de la Real y Pontificia Universidad de México, las ventanas con remate de cantera, y tres relieves que muestran la evolución del Zócalo capitalino y al mismo tiempo tres años imprescindibles de la historia nacional: 1519 por la conquista española; 1810, año en que inició la Independencia; y 1954, fecha en que se inauguró La Fiesta. Tanto así era el orgullo que los propietarios y visitantes sentían por el lugar.

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Por desgracia, La Fiesta cerró sus puertas en 1974. La razón, según cuenta la esposa de Mariano Valle, radicó en los problemas que empezaron a tener con las autoridades, las excesivas multas que pedían y la caza incesante a los asistentes. El turismo extranjero comenzó a disminuir notablemente y, junto al él, los recursos económicos, lo cual provocó tensión con los sindicados de meseros y de músicos. “El negocio ya no daba para nada… Aquel gobierno corrupto aceleró el fin de la época de oro de los espectáculos en Ciudad Juárez”, afirmaba la viuda de Valle a Gutiérrez de Alba. Poco tiempo después, el local se rentó como mueblería por más de 30 años, hasta que en el 2008, debido al  Plan Maestro de Desarrollo Urbano del Centro Histórico de Ciudad Juárez, La Fiesta se encontró al borde de la demolición. Gracias a la organización de varios grupos de maestros y civiles, entre ellos el presidido por José Luis Hernández y su página El Juárez de Ayer, se logró salvar el edificio. Hoy es propiedad de Francisco Yepo, dueño de la Nueva Central, cuyo objetivo consiste en remodelarlo, pero conservando el concepto original. El nuevo proyecto implica, según el nuevo dueño, abrir un restaurante-cabaret o salón de eventos “para que, las nuevas generaciones conozcan un poco de la Época dorada de Juárez”. Probablemente suceda en julio del próximo año.

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Los vestigios que aún conservamos de La Fiesta y, sobre todo, el afán de un grupo de personas que se niegan a perder parte de su historia como juarenses y que intentan adecuarla a la época actual, se configuran como elementos imprescindibles (y loables) para mantener una identidad comunitaria. En lo personal, agradezco la oportunidad de poder compartir y comparar con mi padre la experiencia de pisar aquellos lugares que hace bastantes años fueron testigos de su juventud y alegría. Los recuerdos de quienes vivieron la época de oro fronteriza, transmitidos de forma oral o puestos en papel, como el caso de Gutiérrez de Alba, nos ayudan a recrear un tiempo pasado lleno de gloria, pero también a imaginar un futuro igual o mejor.

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Amalia Rodríguez