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Germán Valdés, al igual que Juan Gabriel, es una luminaria que Ciudad Juárez adoptó. Nació en 1915 en el Distrito Federal; 12 años después emigró a la frontera junto con su familia, donde comenzó la carrera que lo posicionó como uno de los comediantes más importantes a nivel nacional. Por ello, el centro alberga diversos espacios que lo rememoran; el último, el Museo Tin Tan, se planeó con motivo del centenario de su nacimiento. Otra forma de rememorar al emblemático personaje es a través de la literatura que, por medio de la biografía o la crónica, rescata su vida y obra. Hace dos años, por ejemplo, apareció El pachuco de oro, de Emilio Gutiérrez de Alba. Pero anteriormente, en 1990, Alejandro Páez Varela publicó Tin Tan: la historia de un genio sin lámpara, que comienza con una advertencia al lector: lo que tiene en manos no es una biografía, pues, señala el autor, resulta inabarcable la vida del músico, poeta y loco, ya que le parece imposible apresar en la palabra el cúmulo de experiencias que representa su vida. Además, existen algunas anécdotas que le parecen difíciles de referir.

El texto de Páez Varela  va más allá de un recuento biográfico. En uno de sus nueve capítulos, por ejemplo, se incorpora un “Pequeño diccionario de la lengua fronteriza” en el que se definen distintas palabras que Valdés empleó dentro y fuera de sus películas, como “achantarse” o “camellar”. También se encuentra una lista de su producción filmográfica, desde Hotel de verano (1943) hasta El capitán Motarraya (1973), a partir de la cual nos enteramos de que en un año llegó a estrenar ocho películas y que su presencia revolucionó la forma de hacer cine en México. En un principio parecía un simple irreverente; sin embargo, con el tiempo el público comprendió su perspectiva humorística. Los medios de la época lo describieron como “individuo de facha estrafalaria”, pero finalmente logró que su lenguaje, mezcla del español e inglés, se aceptara en el medio artístico. Hizo del pachuco un personaje. A manera de homenaje y siempre con respeto, se valió de la exageración de patrones de conducta para dar a conocer a esos habitantes de la frontera producto del cruce de culturas, “los rebeldes que se vestían a su modo, hablaban a su modo, y se desarrollaban a su modo”.

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Ahora bien, pese a la advertencia inicial, el escritor juarense hace un intento por abarcarlo todo. Tin Tan: la historia de un genio sin lámpara es producto de un trabajo tanto periodístico como literario. Entrevistas y la recreación de anécdotas se unen para dar lugar a este ensayo de biografía. Entre los tantos testimonios que recoge se encuentra el de Paco Miller, quien en la década de los 40 le dio a Germán Valdés la primera oportunidad de trabajar como cómico. Además, fue quien lo bautizó con el nombre con que ha pasado a la historia, a pesar de las protestas del afamado cómico, quien en aquella época era conocido con el apodo de Topillo: “Mejor miénteme la madre, se oye mejor que Tin Tan”. Páez rememora anécdotas de todo tipo. Cuenta, por ejemplo, lo que sucedió cuando por fin logró besar a una compañera de trabajo o cuando comenzó su carrera en la estación de radio XEJ donde, en un inicio, sólo era el chalán de la estación. Ahí conoció a Petra, quien a diario se resistía a los encantos de Germán; sin embargo, un día se dejó llevar a la cabina de radio y cedió a sus caricias, pues un compañero decidió encender los micrófonos y poner al aire las palabras que la apasionada pareja se intercambiaba. Otra de las narraciones abarca lo sucedido meses antes de su muerte, en 1973, cuando,  ante la creencia de que ya sólo le quedaban tres meses de vida, dos de sus hermanos, uno de ellos Don Ramón, viajaron con él a una playa de Zihuatanejo.homenaje a tintan.JPG

El último capítulo del libro se titula “Juárez y su gente”, en el que se nombran otras luminarias locales de la época como el “Loco” Valdés, Mario Beltrán del Río, los profesores Elisa Dosamantes y Norberto Hernández, y los deportistas Ignacio Chavira y Bertha Chiu. Indudablemente el recuerdo y homenaje al Pachucho de oro resulta imprescindible para la comunidad juarense. Por ello, además de la Sala de Arte Germán Valdéz existen muchos otros espacios que perpetúan su imagen y nombre. Frente a la Plaza Juan Gabriel se encuentra un gran mural dedicado a él; varias pinturas y una escultura con su característico traje adornan la fachada del Mercado Juárez, incluso a este sitio se le conoce popularmente como la Plaza Tin Tan; detrás de ella corre la arteria Germán Valdés; y uno de los espacios más emblemáticos de nuestra ciudad y que hace honor a esta luminaria se encuentra en la Plaza de Armas: la estatua de Tin Tan sentado en la fuente que figura al personaje de Chucho el remendado, película rodada en 1951. Por último, resulta de suma valía cultural la forma en que un grupo de pachucos mantiene con vida la estampa de quien décadas atrás los representó al reunirse todos los fines de semana en la esquina del MUREF para honrarlo con sus bailes y atuendos.

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Alejandra Gómez