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Los años han hecho del Cine Victoria la representación más genuina de una lejana época de oro. Las actuales generaciones añoramos los espacios que hace más de medio siglo divirtieron a nuestros padres. Es difícil imaginar el complejo a su máxima capacidad: 1,700 cinéfilos acomodados en tres columnas, de 15 hileras cada una, que se extendían desde las entradas hasta la pantalla panorámica. Su rehabilitación lleva años en pausa; el proyecto tenía previsto convertirlo en la filial de la Cineteca Nacional. Sin embargo, a pesar de su estado, las instalaciones no se encuentran en el abandono total; la fachada ha recuperado su color y el interior ha sido limpiado, por lo que varios grupos han realizado diversas actividades culturales dentro del edificio. El año pasado, por ejemplo, en el marco del Festival Nellie Campobello, se llevó a cabo un espectáculo de danza contemporánea. También formó parte de Luminarias, nuestra última ruta en Juaritos Literario.

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El espacio no sólo cobra vida con las esporádicas visitas, también regresa en el tiempo por medio de las narraciones que lo vuelven parte del paisaje urbano. La juarense Emma Vázquez Ríos, por ejemplo, lo rememora en su “Crónica de un tiempo vivo”, antologada en Ciudad de cierto (2004). El texto es producto de la tercera edición del Taller Literario del INBA de Ciudad Juárez. Se trata de un proyecto de formación de creadores de amplia tradición, comenzó en la década de los 80, y reconocimiento; así lo expresa el editor de la antología, José Manuel García-García. En “Crónica de un tiempo vivo”, Emma apela a la memoria cuando, casi treinta años después de andar a diario por la avenida 16 de septiembre, camina en compañía de su hija. Los antiguos negocios que sobrevivieron al paso del tiempo, como “el café donde van los viejitos”, la transportan al Juárez de la década de los 70.

El texto tiene su punto de partida en un recuerdo de la infancia: la escuela en que estudiaba cuando tenía 12 años. La cronista narra el recorrido que hacía al lado de su padre. Salía de su casa, en la colonia Niños Héroes, y bajaba por la 16 hasta la Cerrada del Teatro. El cuadro era siempre el mismo tanto de ida como de regreso: propagandas pegadas en los negocios que anunciaban los próximos espectáculos de artistas como María Victoria o Irma Serrano. Además de los negocios, como el Café Central, Tortas Nico y Zapaterías Tres Hermanos, su atención era atraída por uno de los principales espacios de entretenimiento de la época: el cine. El primero en cruzarse en su camino era el Alcázar, ubicado entre la 16 de septiembre y Noche Triste, frente a la Plaza de Armas. En aquellos días, las carteleras ofrecían a sus visitantes películas como El Santo contra las momias de Guanajuato, estrenada en 1972. Además, aumentaban su aforo con promociones de matiné: tres o dos películas por el mismo precio. Esto provocaba que las salas se vieran abarrotadas por estudiantes que, como cuenta Emma, “se zorreaba[n] las clases para ver películas”.

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A tan sólo una cuadra, en la calle Ugarte, se encontraba el Cine Edén, a la altura de donde hoy está Coppel. Más allá de lo que el espacio representa, la crónica recoge un elemento peculiar que sobrevivió en la memoria de Emma después de tres décadas: el mal olor que el lugar expedía. Esta característica no se limitaba al Cine Edén; era común en la mayoría de las salas de la época por la humedad y el deterioro de los edificios. El recuerdo provoca que la crónica se tambalee entre la nostalgia y el alivio de haber dejado atrás aquella época. Los pestilentes olores que brotaban de las calles, los hombres ebrios dormidos en las banquetas y las mujeres saliendo de los bares hacían de sus recorridos matutinos una pesadilla. Sin embargo, la melancolía se apodera de ella al reflexionar sobre la situación social que marcó a Juárez desde los 90. Antes, señala Emma, no se hablaba de “mujeres jóvenes encontradas muertas, ni de ejecutados”.

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El último cine que se encontraba en su camino, antes de la llegada a la escuela, fue uno de los de mayor prestigio del siglo pasado. Se trata del emblemático Cine Victoria. El edificio abrió sus puertas en 1945. En el estreno, se proyectó Las abandonadas, una película mexicana en la que actuaron Dolores del Río y Pedro Armendáriz. Tanto la arquitectura como la calidad del equipo cinematográfico hicieron de esta sala una de las más populares de la época. La pantalla medía 10 metros. Sus proyecciones abarcaron filmes nacionales y extranjeros, como E.T. Hubo una temporada en la que sólo transmitieron cintas infantiles. Finalmente, cerró sus puertas a principios de la década de los 80. Desde hace unos años se ha anunciado constantemente su rescate. Durante la administración de Reyes Ferriz se habló de una inversión para convertirlo en teatro. Después, Serrano Escobar continuó con la idea de su recuperación. El plan continúa en pie. A pesar de que las instalaciones no son del dominio público, las continuas promesas han provocado que habitantes de la ciudad realicen protestas para exigir su rehabilitación. La familia Devlyn, propietaria del lugar, comenzó hace dos años su restauración. A pesar de que ha sido víctima de incendios en más de una ocasión, el interior, aún alberga los doce murales originales que recrean la vida de algunos estados de la República. A la entrada, al costado derecho, uno de los murales hace referencia a la capital del país.

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Por la zona, además de los ya mencionados Edén y Alcázar, también se encontraban el Cine Plaza, ubicado sobre la 16 de septiembre, donde ahora encontramos las tiendas departamentales de Milano y Waldo’s. También estaban los cines Reforma, en el lugar en que hoy está el mercado del mismo nombre; el Coliseo, en la ahora Plaza del Periodista; el Dorado, en la avenida Lerdo, con el famoso anuncio de cine para adultos; y el Premier, en donde estaban las instalaciones del Canal 5. Lamentablemente, el trazado urbano y la modernidad acabaron con la época de oro de la cinematografía juarense: las antiguas salas fueron sustituidas por cadenas comerciales alejadas del centro. El cine moderno se expandió con rapidez: apareció en los 70 y en tan sólo dos décadas ya habían más de 50 salas casi idénticas, sin personalidad. Sin embargo, lo nuevo no tardó en ser viejo y las grandes cadenas, como Multicinemas y Cinemark, fueron sustituidas por otras. Hace apenas unos meses, por ejemplo, la oferta cinematográfica volvió al centro con Cinépolis. Por fortuna, el viejo concepto de proyección en una sola sala aún no desaparece: La Cineteca, El Cinito e incluso cineclubs ciudadanos lo mantienen con vida.

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Alejandra Gómez