Es significativo que en Ciudad Juárez tengamos dos calles grandes con el nombre del denominado “Apóstol de la democracia”, aunque bien es cierto que no se trata de vías principales: la primera, en el centro de la ciudad, con dirección del Malecón –sin mar– hacia la plaza Benito Juárez; la segunda, mucho más larga, entre las colonias Santa María y Pánfilo Natera. He pensado, a menudo, que la profusión de uno o varios elementos, indica el desajuste de la armonía de un pueblo, de una ciudad, de un país o del mundo. Por ejemplo, si constantemente ingresan alumnos y egresan profesionistas de la carrera de Derecho, es un signo de que nuestra sociedad se encuentra en una terrible condición, en la cual necesitamos tantos abogados para que nos defiendan de un sistema grotesco y monstruoso.

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En ese sentido, si hay una rúa con el nombre de quien liderara su campaña presidencial bajo el lema: “Sufragio efectivo, no reelección”, eso sería suficiente para recordar y procurar una vida democrática en la política local. No obstante, al ubicarla como calle no principal, su importancia se demerita, o bien se relega a una posición menor. Entenderemos, de esa manera, que la Independencia, la República, la Tecnológico, el poder concentrado en una persona escondida detrás de prestanombres (Plutarco Elías Calles), lo guapo y paseador (Adolfo López Mateos) o Juan Gabriel son más importantes que la democracia. Consignar dos veces el nombre de un personaje para una calle secundaria es subrayar el carácter insignificante que tiene en esta ciudad, antes que pensar en lo contrario.

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Crédito de fotografía: Charles Scanlon

“Deja que los muertos entierren a sus muertos”, dijo Jesucristo a uno de sus discípulos. Por eso, vayamos a lo que nos convoca este sitio. Podría citar alguno de los varios pasajes en que aparece la figura de Madero en las letras, como en El águila y la serpiente (1928) de Martín Luis Guzmán; Madero, el otro (1989) del juarense Ignacio Solares o Temporada de zopilotes (2009) del nuevo director —designación en medio de una polémica— del FCE, Paco Ignacio Taibo II, entre otros. Sin embargo, quiero citar otra fuente que da cuenta, de manera incidental, como en nuestra ciudad se hace, de este personaje histórico. Los recuerdos del porvenir (1963) de Elena Garro, novela narrada por el pueblo, cuenta su historia y se detiene en el periodo de la guerra cristera (1926-1929); empero se alude a este paladín de la Revolución Mexicana:

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Este pasaje resume de forma magistral las motivaciones y resultados de la guerra civil mexicana. Algunas propiedades cambiaron de manos, pero al final todo quedó “en familia”. Así están trazadas las calles, una democracia que inicia en un sitio que alude a la cercanía del mar que no existe y desemboca en una plaza nombrada por un gobernante del que se ha dicho: “si no muere de mal de pulmón, hubiera permanecido décadas en el poder”. Por otro lado, está la democracia ceñida por la música popular de Juan Gabriel y por la Av. de los Aztecas, grupo indígena que se caracterizó por prácticas imperialistas, el arrasamiento de la memoria y la extorsión de los grupos vecinos. Hoy día un grupo criminal ostenta el mismo nombre orgullosamente, llevando a la práctica fines parecidos.

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La novela de Garro es una de las obras cumbres, no sólo de la narrativa de la Revolución, sino de la hispanoamericana. Al final de la primera parte deja en suspenso la trama, apoyada en la plasticidad mediante el recurso del tiempo en su detenimiento; dicha pausa permite apreciar las partículas de polvo iluminadas por la luz lunar a media noche. Esa suspensión es la maravilla del ejercicio lector. Las calles sirven como pretexto, entonces, para acercarnos a la lectura de la ficción, sin duda, más gratificante que los datos históricos a los que puedan remitir la traición, la derrota y la injusticia concomitante de nuestra sociedad.

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Marlon Martínez Vela