Irma Chávez es una de las voces más representativas de la poesía femenina chihuahuense. Estudió dos licenciaturas, la maestría en English Creative Writing en UTEP, y el doctorado en Filosofía en Florida (FSU). Comenzó su carrera literaria con la composición de la pieza dramática Día de victoria (1995), y tras culminar sus estudios en El Paso se editó su primer poemario, Viento eclipsado (1998), en Lima, Perú. Un par de años después, El Tucán de Virginia –editorial ubicada en el centro del país, y que también ha difundido textos de Dolores Dorantes– publicó Amanecer de agua / Dawn of water (2000), dentro de su colección bilingüe. Los poemas de la autora juarense han aparecido en varias revistas y periódicos mexicanos y latinoamericanos, así como en la antología Agualluvia de letras (2008), y en el estudio de José Luis Domínguez El jardín del colibrí, ambos libros enfocados en recuperar la poesía escrita por mujeres de Chihuahua. En este sentido, la lectura y análisis de los textos de Irma Chávez resultan necesarios para configurar el panorama completo de una poética regional, en la que las figuras masculinas parecen cubrirlo todo.

Una de las características predominantes de los poemas de Amanecer de agua es su estructura en prosa. En pequeñas estrofas (23 en total, con su reproducción en inglés), Irma intercala una serie de imágenes cuya poética gira en torno al cuerpo femenino, su cercanía con otros seres y su estancia en espacios determinados. El texto que le presta el nombre al poemario define una sensualidad palpable: “Adivinaste mis ojos y escribiste un poema sobre mis pezones y mi muslo izquierdo. En vigilia te conté tus sueños. Toqué la profundidad de tu espacio y despertaste al amanecer del agua”. Ahora bien, aunque la mayor parte de su vida la pasara al otro lado de la línea fronteriza, el canto a la metrópolis juarense resuena entre líneas. Temas como el amor-desamor, la familia o la misma escritura se encuentran inmersos en las calles de una ciudad desmoronada, que se encuentra “día y noche en vela, como una puta entre las piernas de su amante”. La autora dota así de un cuerpo a Juárez (“Tu dermis es una costra de asfalto y brea”), el cual se funde con el suyo (“El silencio se esconde bajo mi axila”), solo para evidenciar el dispendio y la degradación de la que son parte: “No hay lugar para las aves, ni para las risas preescolares. Maquilas envuelven mentes y cuerpos sudorosos…Niños inmóviles frente a un televisor comen y lamen mentiras”.

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En los fragmentos del poema anterior, “La ciudad”, parece evidente la crítica hacia un Juárez debilitado por el progreso y la globalización. No obstante, la contraparte de esta penumbra delinea también el espacio idóneo para colmarse de imágenes llenas de sensualidad y luz; es decir, donde “nace la conciencia de una rama seca, nace la luz de la oscuridad y le nacen flores al manzano de mi patio. Muero cada noche por ver el sol”. La voz femenina presta su cuerpo a un espacio citadino, que, al igual que ella y cientos de mujeres, se debate entre el placer sensual y su vulnerabilidad que poco a poco la va consumiendo; por ello, “No quiero vivir fuera de mi cuerpo, no quiero vivir en él”. Ante un panorama en el que la poesía masculina ha predominado, los cuadros dibujados por Irma Chávez –mezcla del sentir corporal con una experiencia geográfica– son un fuerte aliciente para comprender un contexto donde el cuerpo femenino es constante y brutalmente agredido. Como habitante de Ciudad Juárez, considero que pensar y definir a la mujer a partir de su propia apreciación y vivencia, y no de la visión de alguien ajeno a ella,  resulta un primer paso –necesario y urgente– para diseñar espacios seguros donde nuestra voz y cuerpo tengan una verdadera fuerza y libertad de movimiento y expresión.

Amalia Rodríguez