El poemario Juárez, tan lleno de sol y desolado, de Arminé Arjona, se fraguó, a juzgar por las fechas que la escritora consignó al final de cada composición, en cinco años. Lo conforman diez poemas: abre con “Elegía”, escrito en septiembre de 1997, y cierra con “Páramo”, compuesto en el mismo mes, pero del 2002. El espacio evocado en cada una de las piezas poéticas es, como el título lo señala, Ciudad Juárez, mismo lugar en donde nació la autora en 1958. Un año después de su composición, en el 2003, el poemario fue presentado en el VI Encuentro de Poetas en Ciudad Juárez: “Ires y venires: la frontera en la poesía”. Ese mismo año, Chihuahua Arde Editoras compiló las memorias del encuentro; después, en el 2005, realizó la segunda edición del libro.

Abrir el poemario con “Elegía” no es banal. En las diez composiciones hay una unidad evidente: el sentimiento elegíaco ante el asesinato de mujeres y la impunidad e indiferencia que le acompaña. “Elegía” no enuncia el tema; se limita a la representación de la ciudad como un espacio de violencia. La voz poética se vale de los verbos para crear la imagen: la ciudad nos pudre, al tiempo que se asfixia y muere. Funciona no sólo como víctima, sino también como victimaria. Sin embargo, paradójicamente, su papel activo surge de la violencia producida por quien la habita. También recurre a los adjetivos, mas no los limita a la descripción; hay un tono imperativo en ellos: “fría y cruel esta cacería humana”. No se trata de un recurso aislado, sino que aparece a lo largo del poemario. “Páramo”, por ejemplo, consiste en un desfile de calificativos que va más allá de la simple imagen evocada en el título: “fábricas / ávidas / cómplices / frívolas / tóxicas”. Este recurso también está presente en el título del libro. Llamar al poemario Juárez, tan lleno de sol y desolado muestra el esfuerzo por remarcar el significado que el espacio adquiere en cada poema.

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“Por un grito que desgarró el silencio de la noche”, dice el epígrafe de “Elegía”. Al leerlo me recordó aquellas ocasiones en que me veía obligada a quedarme callada para asegurarme de que el sonido que había interrumpido mi calma no era un disparo o, peor aún, alguien pidiendo ayuda. Con el tiempo, lamentablemente, terminé normalizando la violencia. No, con esto no pretendo decir que no me indigne ante el asesinato. Se trata, más bien, de llevar a mi cotidianidad las notas rojas, las unidades policiacas transitando a diario por las calles, los cordones amarillos que constantemente me desvían y el sonido de las balas. Una aprende a vivir en Ciudad Juárez. En esta “Ciudad abyecta”, como la llama Arminé Arjona.

Alejandra Gómez