En el manifiesto que inaugura la sección de Geopoética, se apuesta por la importancia de estudiar el espacio debido a la relación entre habitantes con su entorno, que consolida la producción lírica para ambas partes (ver más detalles acá). No es así para Jorge Aguilar Mora, no al menos en “No hay lugar para el pronombre”, donde el paisaje urbano parece diluir las voces, los recuerdos e historias de sus ocupantes. O eso pienso mientas cruzo, una vez más, la ciudad (noroeste-suroeste, 110 minutos, dos camiones) y veo los diferentes panoramas ajenos a toda esa gente que transita sin pausa, como cuerpos con nombre –pero ¿cuál? O es, quizá, esa misma prisa constante en la urbe la que ha marcado y ahora refleja nuestra dinámica en otros aspectos.

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En el poema de Aguilar Mora, la ciudad funciona como un filtro que contiene y después borra los lazos interpersonales, dejando solo una memoria sin rostro donde no hay lugar para el pronombre, el vínculo con el o la otra que permita nombrar y distinguir la historia individual. Precisamente, los personajes que cruzan el poema parecen desvanecerse frente a las imágenes cotidianas de la urbe: el ir y venir por calles sin fin deslizándose entre gente que aparece y desaparece como un rumor; el encuentro expuesto en la segunda estrofa, que no ocurre sino desde el recuerdo, pasa aceleradamente de la intimidad al éxtasis y luego a la certeza de una relación que concluye. De inmediato, aparece la ciudad como un espacio –contrario a la casa– en que los tus desembocan al nosotros, una aglomeración donde no se distingue uno del otro.

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Sin embargo, con la voz lírica en segunda persona, el poema rescata la historia de uno y la integra a la memoria de la ciudad que pertenece a todos; la segunda persona permite establecer un vínculo entre ese observador en que nos convertimos frente a aquellos que comparten su transitar por las calles. Así, desde la escritura cesa momentáneamente la aparente indiferencia de la dinámica urbana, dejando registro de alguien cuya historia –cualquiera de nosotros– se irá diluyendo como la voz menguante del amor que se perdió.

Héctor González