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En muchos lugares se escribe la Historia: calles, plazas, monumentos y, sobre todo, en los límites de las ciudades o en los confines de los países. Cierto es que también se plasma en los libros de historia. Y parece que aquí –para el gusto de unos y el enfado de otros– se encuentra más vulnerable; incluso pierde la mayúscula. Ignacio Solares, nacido en esta frontera el 15 de enero de 1945 es, además de narrador, dramaturgo. En 1996 publica Columbus, donde reescribe la Historia desde el terreno de la ficción. Esta novela narra la invasión de Francisco Villa a Estados Unidos en 1916. Osadía a la que solamente se habían atrevido los ingleses, poco más de cien años antes. Luis Treviño cumple la función de narrador. A través de su diálogo, atiborrado de recuerdos y bebidas alcohólicas, conocemos, no solo los pormenores del ataque a Columbus, sino también detalles biográficos, como su intento de vocación religiosa en el seminario jesuita, su empleo en el hotel Versalles y un prostíbulo (¿en dónde más?) en Ciudad Juárez. Donde la Historia registra burdeles fronterizos visitados por norteamericanos, Solares agrega un detalle particular: “Se habían puesto de moda entre los gringos las enanas”. Cuando la Historia traza en el imaginario colectivo el perfil del Centauro del Norte, Columbus nos cuenta cómo Luis Treviño se disculpa con Villa por haberlo visto haciendo del baño, entre matorrales.

Recién llegado de Chihuahua, Luis Treviño, comienza su vida laboral en un hotel de Juárez, otro lugar prototípico de la ciudad de paso. Complementa este trabajo con otro más, casi del mismo giro, durante los fines de semana, ubicado en la zona roja: “El burdel se conocía como el del Chino Ruelas en la Dieciséis, pero en realidad no estaba en la Dieciséis sino unas cuadras más adentro, en la Mariscal”. Las polkas norteñas, el humo del cigarro, la pianola o el fonógrafo, las bebidas y las sexoservidoras de corta estatura eran los ingredientes que hacían de aquel prostíbulo un lugar neutro entre diversos grupos, normalmente enfrentados a muerte. “Luego empezaban a llegar los clientes, en su mayoría gringos, aunque había de todo: villistas, carrancistas, colorados, pelones, campesinos, policías, comerciantes o estudiantes que convivían pacíficamente”. Conforme avanza su relato, el viejo Treviño va cayendo en el vicio que muchos juarenses practicamos (unos desde el recuerdo nítido y otros a partir de la imaginación) de recordar a una frontera que fue mucho mejor: “Aquel Juaritos sí que era entrañable, aunque te doliera en el alma verlo en manos de los gringos. Por eso lo empezaron a llamar La Babilonia pocha o el dump de los norteamericanos”.

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Además de los placeres ofrecidos en aquellos locales, a los que hay que sumar las casuchas de la calle Cobre, la ciudad ostenta en la novela otros atractivos para los norteamericanos: “corridas de toros con Gaona y Silveti, carreras de caballos estupendas, peleas de gallos a todas horas, casinos de juego.” Un Juárez que también se vende como escenario de la gresca civil: “La revolución también les divertía y les parecía folclórica… Los paseños se amontonaban en las riberas del Río Bravo para observar las batallas lo más cerca posible, aun con riesgo de su propia vida porque nunca faltaba una bala perdida que llegaba por ahí… una compañía de bienes raíces de El Paso promocionaba sus terrenos en venta como fuera de la zona de peligro y al mismo tiempo con una excelente vista del Juárez revolucionario”. ¿Y qué hacían nuestros paisanos? “De manera semejante, y aún con mayor riesgo, los juarenses nos congregábamos en las colinas del lado oeste de la ciudad, especialmente en un cerro que nos resultaba una atalaya ideal. Hasta niños y comida llevaban, como a un picnic.”

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Lejos del Juárez mítico y dorado de muchas décadas, la ciudad no ha podido recuperar su fama, aunque se ha hecho de otra… la Mariscal tampoco supo sobrevivir para perpetuar el oficio más antiguo del mundo. “Si me dejo llevar por el recuerdo, hasta la luz que veo es otra, totalmente otra, como depositándose más suavemente en la tierra y en el cielo”. Quizá hoy pasemos por ahí, no sin recordar ese pasado de fiestas y algarabía; pero, sobre todo, resulta imposible trazar ese recorrido sin pensar en el presente que vivimos. La imagen que plasmó Ignacio Solares de la Mariscal y sus cercanías hacia principios del siglo XX aún goza de cierta vigencia en la memoria colectiva de nuestro año, cosa que no sabemos si cambiará en algunas décadas. La tregua de la interminable noche juarense quién sabe a dónde se habrá ido; tal vez se regresó para la 16 de septiembre, como en un principio estaba el lugar del Chino Ruelas, o quizá se mudó de coordenada.

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Gibrán Lucero