El tijuanense Martín Camps debutó en el mundo de las letras con Tramos de noche, texto publicado en el 2002 por la editorial Mixcóatl. Un año después apareció Desierto sol. Se trata de un libro compuesto por ocho secciones: abre con el poemario “Tramos de noche” y cierra con “Decálogo para la frontera”. El primero consiste en trece composiciones que versan sobre la ciudad y otros temas; el segundo, en los diez mandamientos para borrar la línea fronteriza. El libro fue producto del premio de publicaciones del entonces Instituto Chihuahuense de la Cultura, el cual Camps ganó en dos ocasiones: Desierto sol y Extinción de los atardeceres aparecieron bajo el sello editorial de Solar, en 2003 y 2009 respectivamente. En el 2015 publicó el último de sus seis libros de poesía: Los días baldíos, a cargo de Tintanueva Ediciones. Las imágenes de la frontera, la ciudad y el desierto son recurrentes en su obra, no sólo en su poética, sino también en la narrativa, tanto literaria como crítica. En el 2007, la UACJ le publicó Cruces fronterizos: hacia una narrativa del desierto, donde Camps analiza los textos de escritores que recuperan la imagen de ese ecosistema: Solares, Fuentes, Ramos, entre otros. Luego, en el 2014 participó en la compilación Road to Ciudad Juárez: crónicas y relatos de frontera.

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Martín Camps también es un escritor del desierto. El norte de México, no sólo como territorio, sino también como símbolo, deambula en cada una de sus páginas. El poema “Ciudad Juárez”, por ejemplo, forma parte de una de las siete secciones que componen Desierto sol: “Fórmula del agua”. El primer verso, antecedido por un epígrafe del escritor israelí Yehuda Amijai (“The sea preserves in salt. / Jerusalem preserves in dryness”), revela su poética: “Ciudad Juárez también se preserva en la sequía”. Se trata de un juego entre lo que representa el espacio geográfico y lo que sucede en él. La asociación entre la ciudad y la aridez deviene de una obviedad: la cuestión del desierto. Sin embargo, hay una carga positiva en el verbo preservar, el cual tiene su soporte en las constantes imágenes fluviales que aparecen a lo largo del poema y que, por lo tanto, contraponen la idea de sequía: el río, el baño y el rumor del agua. Ahora bien, el estiaje también alcanza lo metafórico: Ciudad Juárez es un espacio que convive con la violencia. Mas la voz poética no la nombra, como tampoco menciona al árido ecosistema, ya que quedan implícitos. En cambio, a nivel de imágenes se representa un lugar ameno y, al mismo tiempo, el contenido versa sobre una unión amorosa, porque “Ciudad Juárez” es un poema de amor.

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El mismo recurso aparece en un poema del 2015: “Ciudad Juárez is not a little soft city”, de Los días baldíos. La voz poética describe a Juárez como una fiera que amedrenta a sus habitantes, “ciudad canina” le llama. Esta imagen funciona como prólogo a los temas que aparecen en cada uno de los versos: migración, violencia, odio y muerte. No obstante, el poema cierra con una imagen que termina por contrarrestar el significado de lo expuesto: “atardeceres resplandecientes”. Este juego entre el espacio geográfico y lo que en él acontece también se refleja en el nombre de uno de los poemarios de Arminé Arjona: Juárez, tan lleno de sol y desolado (2003). La desolación, como lo muestran los diez poemas que lo componen, no es consecuencia exclusiva del desierto. Hablar de Ciudad Juárez como la frontera más peligrosa del mundo es lugar común. Sin embargo, la muerte e impunidad han hecho del cliché nuestra principal arma contra el olvido.

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Alejandra Gómez