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En sus múltiples cuentarios, Eduardo Antonio Parra relata acontecimientos que tras la narración se pierden temporalmente; es decir, las fábulas se vuelven parte de un universo mítico que permanece en sus propios espacios donde transcurre; los personajes se abandonan a la muerte para dejar constancia de una fugaz existencia dispuesta a recordarse a lo largo del tiempo, en ocasiones solo de forma fantástica. No obstante, en la novela Juárez: el rostro de piedra, Parra describe una faceta alterna a la imagen de un presidente impasible, con una faz inalterable. Este Benito Juárez, personaje melancólico, busca la compañía de Camilo, el ayudante zapoteco que en lengua indígena lo prepara en su tránsito hacia la muerte: “Sabe que al abrirlos de nuevo [sus ojos] ya no sentirá dolor, ni estará en esa habitación del Palacio Nacional y serán rostros distintos los que se reúnan a su alrededor en el ámbito señalado en su juventud por su amigo Miguel Méndez, donde habita el espíritu de los grandes hombres que lo precedieron en este mundo”. Esta novela histórica –la segunda en el haber del autor, publicada en 2008 por Grijalbo y reeditada en Era hace dos años–, narra, en voz de Miguel Méndez, los principales obstáculos a los que se enfrentó el Benemérito de las América antes, durante y después de asumir la presidencia de México: la Guerra de Reforma, su encarcelamiento en San Juan de Ulúa tras el exilio, el segundo Imperio, entre otras peripecias.

El Paso del Norte se convierte en el escenario de huida, donde, tras las intervención francesa, Benito Juárez se refugia y maneja el país. En su breve descripción, Méndez se ciñe a resaltar el carácter indómito del norte, su clima y su gente, así como la capacidad de su geografía para encausar los deseos y hasta los mismos sueños del presidente hacia 1865: “Estamos a salvo, señor. Ése es Paso del Norte. De lejos no lucía mayor que una aldea: algunas casas de adobe o sillar con techos de teja alineadas en un puñado de calles. La más alta debía ser la Iglesia. Nada impresionante, excepto que al norte del poblado corría el rumor del río Bravo. Eso fue lo que de inmediato atrajo la atención del presidente: la hilera irregular de álamos y uno que otro sauce que bordeaba el caudal”. El río Bravo cataliza los recuerdos de este hombre que imagina lo perdido; entrevé la muerte, sabiéndose solo tras cruzar el desierto. Desde el norte, Miguel Méndez recrea la figura del héroe caído, traicionado por los suyos, una estampa de quien en el más remoto y único territorio del México independiente celebra su particular autonomía y la de aquellos “Mexicanos que quedaron allá después de la guerra del 47”. El capítulo 16, “El camino del desierto”, le sirve al novelista como punto de partida para exhibir el funcionamiento de la política y la búsqueda del poder a costa del sacrificio de otros: “Todo hombre está solo. Estoy solo. Tu también, general. Y en este mano a mano saliste perdiendo”.

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Al día de hoy, Ciudad Juárez, así como otros puntos de la frontera norte del país, se volvió escala, (hogar temporal) de migrantes centroamericanos que huyeron de su lugar de origen para encontrarse con un entorno hostil y un clima adverso. Aun cuando las amenazas de Donald Trump sobre la construcción del muro se oponen constantemente a las operaciones del senado, las reflexiones y acciones que ha suscitado tal fenómeno no han impedido que el río Bravo continúe cristalizando, incluso a través de la muerte, los deseos de aquellos que ven en el país vecino la promesa de un mejor futuro o, por lo menos, la certeza de alguno a costa de los suyos, como ocurre en la novela: “Llegó a la orilla del pueblo, a unas cuantas varas de la ribera. Del otro lado del Bravo estaban los Estados Unidos, el país que le había quitado ya dos hijos. […]. Ya no se hallaba en Paso del Norte: el rumor del agua lo había transportado a Nueva York, al interior del número 210 de la calle 13, donde su esposa, acostada y envuelta en varias mantas, se deshacía en llanto en la penumbra de su habitación”. Paso del Norte constituye uno de los sitios donde Benito Juárez encuentra la soledad aunada a la libertad, pese a las dificultades que impone el desierto. Por otro lado, la línea divisoria que divide a los dos países, la afluente del río Bravo, le permite desplegar fantasías para rememorar a los muertos y a los que se hallan mucho más allá. De cualquier manera, esta frontera natural se conforma como la principal prueba de la fortaleza de los que aguardan por cruzar, aquellos que han llegado hasta este punto geográfico, y los que esperan el retorno de los que se han ido, pero también guarda en el vestigio de su cauce los sueños de individuos que han desaparecido, lamentablemente, en ambos lados, dejando en las orillas el rastro de su transparencia.

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Diana Varela