Por siglos, el desierto se ha asociado con la idea de lejanía, salvajismo y frontera; aparece como un elemento inestable y extremoso, como el hábitat perfecto para poner a prueba la resistencia de cualquiera y, por ende, “la morada del diablo”. Así describieron los primeros misioneros las áridas tierras del norte. Por desgracia, la sentencia solo parece corroborarse con el paso del tiempo. A partir de la última década del siglo pasado, Ciudad Juárez se convirtió en el estigma del feminicidio. A pesar de que las primeras víctimas oficiales estuvieron ceñidas en el silencio y un sinfín de mentiras y acusaciones, los lamentos por la apremiante crisis social que desde entonces nos envuelve comenzaron a aparecer. Arminé Arjona y Micaela Solís fueron las primeras; su voz arremetía no solo en contra del sistemático asesinato de mujeres, sino también acusaba la indolencia de la sociedad ante la situación. Solís, poeta nacida en Gómez Farías, así lo cuenta: “Me horrorizó la imagen, pero me horrorizó aún más la apatía ciudadana ante los crímenes de mujeres que se venían sucediendo desde hacía cinco, seis años atrás. Entonces escribí un poema extenso al que concebí como poesía de crisis”. Era 1997. El texto se publicó siete años después, pues la autora se negaba a usar “la tragedia viva de tantas familias” para cumplir “un afán puramente estetizante”. No obstante, sus palabras rebasan por mucho la cuestión estética, por lo que venció esa “necesidad de denuncia” que, desde un primer momento, la propinó a desahogarse a través de la poesía. Elegía en el desierto se publicó en el 2004, con la esperanza de que perdiera vigencia de inmediato.

El paisaje construido en este “poema testimonial” –así lo define Solís– concuerda con la imagen desértica tradicional, peyorativa y muchas veces fatídica: “Mientras en el desierto, / las auras se arrebatan –a picotazos– un corazón que guarda aún su última humedad”. La ciudad solo es una extensión de la soledad que el páramo representa, lugar donde habita un “pueblo de mirada vacía”. La geografía descrita, entonces, tiene la función de enmarcar una sociedad completamente apática, inmersa en su propio desierto que se vuelve cómplice de los que sucede a su alrededor. Los versos de la autora deambulan entre un dolor encarnado y la crítica al sistema que lo permite y perpetúa (“y el sermón del sacerdote / y la palabra de Dios, / y la Verdad mediática”): “No el cigarro, / su brasa incandescente entre los muslos. / No los dientes / arrancando el pezón izquierdo. / No la daga / cercenando el seno derecho… como el peso del poder que en vértigo desciende / partiendo en dos: / una / y otra / y otra / y otra / y otra vez / el ascenso inevitable del vuelo femenino”. La voz poética asume el clamor de cientos de víctimas: “Soy el deseo, la desaparecida que teje su retorno a la vida”; aquella que “transfigurada en canto / vengo desde la zona donde nada significa, / donde la voluntad termina”. Así, los gritos que antes nos negamos a escuchar vuelven una y otra y otra vez para acusar a un “Tú: Acaso padre, acaso amante, acaso hijo, acaso hermano, acaso hombre…”, para no permitirnos olvidar la desolación e inhumanidad que cimbra a nuestra comunidad. Las constantes repeticiones y las construcciones paralelas –casi cacofónicas– cumplen con este propósito: palabras que horadan la conciencia como inminentes gotas­ que quizá algún día dejen de transmutarse en sangre.

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Por muchos años, la cuestión del feminicidio, la violencia de género y todo lo que engloba pasó de largo para mí, a pesar de la preocupación de mis padres cada vez que salía a las calles. Todo comenzó a cambiar cuando, una vez en la licenciatura, asistí a una mesa de literatura femenina juarense. Aún recuerdo el estremecimiento que me causaron las palabras de Micaela Solís; el mismo que experimento cada vez que vuelvo a abrir su libro (texto encomiado por Carlos Montemayor, quien señala que, como parte de una larga tradición elegíaca, logra visibilizar un tema sumamente desgarrador y complejo “con una fuerza de tragedia griega, con un aliento poético que sorprende y envuelve”). Cómo no sentirlo si las redes sociales y los noticieros siguen llenos de rostros de chicas desaparecidas; si la justicia se niega a aclarar un sinnúmero de feminicidios; si la sociedad continúa acérrima a un sistema que convierte a la mujer en la presa ideal; si vivimos en “Esta ciudad oliendo / a miedo, / olvido, / sangre, / sudor, / adrenalina / y semen”. No obstante, igual que la poeta, no podemos perder la esperanza de un cambio ni la convicción de que la única forma de lograrlo es a través de nosotras mismas: “¡Dichoso será el tiempo de la Mujer de Luz!”

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Amalia Rodríguez