Llegué a la obra de Enrique Cortázar de la misma manera en la que lo hice a Juárez: alguien me habló de él y quedé enganchado. Desconocía la existencia del autor, nacido en la ciudad de Chihuahua en 1944, así como de su poesía, prologada en 1980 por José Emilio Pacheco e ilustrada por José Luis Cuevas. El libro que cayó en mis manos corrió a cargo de Ediciones de Cultura Popular y lleva por título La vida escribe con mala ortografía, que plantea hacia dónde se dirige el poemario: la existencia como un ejercicio en el que simplemente nos desenvolvemos ignorando sus reglas. El recorrido por las calles de Juárez infunde en el autor la melancolía de los lugares añorados y la búsqueda de un sitio a donde arribar para poder nombrarlo como hogar. “Mi casa”, el sencillo título del poema que me ocupa tiene en sí mismo la simpleza de la cotidianeidad y la nostalgia por el tiempo que se nos escapa entre los dedos, mientras las estaciones del año dejan su marca en la ciudad y en nuestros rostros. Cargado de melancolía, el texto se vale de palabras específicas para transmitir dicho sentir: desesperación, recuerdo, cementerio, casa. La voz lírica va construyendo una especie de refugio tan frágil y efímero como la memoria misma.

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Siempre he pensado que las ciudades tienen identidad propia, misma que se transmite a sus habitantes. Las dinámicas exteriores, como la convivencia y el tránsito entre la masa de gente, no logran distraernos de las reflexiones provocadas al recorrer sus calles. Imagino que el proceso que llevó a Enrique Cortázar a escribir este poemario comenzó a gestarse al transitar por la frontera. Las ciudades no solamente se construyen con base en el llamado desarrollo (económico, social, urbano), sino que las vamos armando dentro de nosotros. Así, el autor, al escribir sobre la melancolía en la intimidad de su hogar, también lo hace sobre el espacio juarense. El desorden de las calles se asemeja al de las maletas abiertas con su contenido regado, los papeles desperdigados, el caos cotidiano que nos sepulta. Los baldíos y callejones vacíos son como las paredes desnudas que nos resguardan del frío, y este, filtrándose por cualquier hendidura, reclama el espacio interior como también lo hace con el exterior. El paso del tiempo deja marcas imborrables en la cartografía de una gran ciudad, de la misma manera que ocurre con las arrugas de nuestros rostros. La rutina que nos agota, pero que cada día se renueva, nos posibilita a construir el espacio en que vivimos no ya como se recuerda sino como se percibe. Somos, pues, cada uno de nosotros, ciudades enteras.

De donde vengo, el calor es constante durante todo el año. Esta característica permite un dinamismo en la vida cotidiana; me refiero a que son pocos los momentos dedicados a la contemplación. O, tal vez sería mejor decir que sí existen, pero de una manera muy distinta. Una ciudad se va construyendo tanto con las prácticas comunes como ir a trabajar, a la escuela o a cualquier otro quehacer, pero también la vamos creando interiormente. Recorrer las calles es reinventarlas, dotarlas de nuestra propia subjetividad para así entrar de lleno en ellas. No hay que olvidar que las grandes urbes también se componen de espacios interiores. La poesía permite asirlos y resignificarlos desde nuestra percepción. En el poema de Cortazar, observamos cómo funciona esa construcción y diseño. La intimidad de nuestra habitación nos permite tomar los trozos desperdigados que son nuestros recuerdos y, como se haría con un montón de hojas revueltas, ordenarlos como deseemos y darles un sentido que en un principio no tenían. El invierno y el otoño son momentos ideales para la ensoñación, porque durante ellos nos replegamos de la rutina y nos damos el lujo de la reflexión. Pienso que no hay mejor manera de transmitir la experiencia de ser transeúnte que con la voz lírica de un poema.

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Ulises Adonay Hernández