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La imagen urbana de Ciudad Juárez que porta Willivaldo Delgadillo, novelista, ensayista y traductor nacido en Los Ángeles en 1960, se filtra a través de su escritura para verse plasmada en el ambiente fronterizo que circunda a los personajes de Garabato. La novela, publicada por la editorial Samsara en el 2014, se divide en cuatro partes en las que acompañamos la lectura y experiencia de Basilio Muñoz en un congreso literario en Berlín. A dicho evento, él asiste a nombre de Billy Garabato, autor de una trilogía de novelas cortas que, según la trama del libro, gozan de considerable fama. Una de ellas, “Sicario en El Jardín de Pulpo”, se ubica hacia el final de Garabato. En esta historia, Goyo, el protagonista, en medio de sus faenas cotidianas en la menudearía Domingo Siete, establecimiento aledaño al famoso Puente Rotario, ve las noticias y presencia las reacciones de la gente ante la aparición de un hombre decapitado y colgado en esa misma estructura, uno de los cruces con mayor congestión automovilística y peatonal en la ciudad. Después del impactante suceso, así como de otros más que ponen en riesgo al restaurante, por lo que Goyo es despedido, comienza una nueva peripecia en la vida de este personaje, quien deambula buscando sustento en una frontera cercada por el miedo.

El Puente Rotario, mejor conocido por todos los juarenses como el Puente al revés, guarda en dicho apelativo la planificación y trazado de la propia ciudad. El flujo vehicular en torno al entronque de la avenida La Raza con el boulevard Gómez Morín y su cruce con la avenida Tecnológico pone en tela de juicio la aparición repentina, y sin testigos, de narco-mantas y del cadáver de Sergio Arturo Rentería Robles. ¡Ya ni hablar de la altura del puente! El cuerpo colgado de este joven de 23 años, visto primero por “quienes llegaron temprano a esperar el autobús en la esquina”, en noviembre de 2008, le sirvió a Willivaldo Delgadillo para delinear un punto de fuga desde la mirada de aquel que observa expectante. El testimonio documental relatado desde la perspectiva de un trabajador común y de a pie promueve la identificación de quien lee con Goyo o con aquellos que ven el deceso a través de la televisión, con la muerte justo a sus espaldas: “prenda la tele cuñado, a ver si lo están pasando en vivo”. La fatal noticia sirve apenas de punto de partida para que la historia se adentre en los pormenores de la encrucijada que atraviesa a un Juárez supuestamente ficticio, dejando entrever –a manera de radiografía– los entresijos de la violencia a nivel de ciudadanía.

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La empatía recién mencionada, así como otras emociones y memorias, se incrementan si el lector de “Sicario en el Jardín del Pulpo” tiene su domicilio en Ciudad Juárez. Las olas de violencia que azotan a esta frontera cada tanto, además de provocar miedo y caos, nos advierten, como pregona uno de los patrones de Goyo, que “el miedo también es un negocio”, y que lo monetizan no solo los criminales sino también gobernadores, presidentes y alcaldes, quienes siempre intentan conseguir algo a cambio de nuestra seguridad. No especulemos… pensemos en el alumbrado público. Al pasar por las páginas de esta novela, dividida en ocho apartados y con un final alternativo, perteneciente a la macroestructura de Garabato, enseguida evoqué (aquí solo habla Fabiola) aquel día de noviembre, el mensaje que portaba el cuerpo más allá de la muerte y la zozobra provocada tras el hallazgo de la parte cercenada. Así como esta noticia, rondan en nuestros recuerdos –retomamos la coautoría– muchas otras que, aunque no presenciamos o no nos involucraron directamente, colmaron de miedo nuestras calles. El costo ha sido caro, queriditos.

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Fabiola Mendoza Muñiz y Carlos Urani Montiel