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José Urbano Escobar (1889-1958) fue un escritor nacido en Ciudad Juárez, que estudió en la primer década del siglo XX en el colegio de Palmore y en el Instituto Científico y Literario, ambos en Chihuahua. Cuando estalló la Revolución participó del lado de Orozco. Décadas después impartió clases de educación física en varias escuelas del país, hasta que llegó su última hora debido a una embolia. Entre 1936 y el año siguiente, redactó un par de novelas: El evangelio de Judas de Keryoth y Vereda del norte, ambas inéditas hasta que el Municipio de Juárez apoyó el proyecto editorial de Adriana Candia, quien las editó y realizó la introducción de los dos textos en un solo volumen, el segundo de la Colección Precursores. En esta entrada, solo me voy a enfocar en Vereda del norte, dividida en 20 capítulos que tratan sobre la situación y circunstancias de San Francisco del Oro a principio del siglo XX. Un narrador omnisciente se encarga de describir espacios y desarrollar la trama a través del protagonista Ricardo García, quien, en plena pubertad, se encuentra en una encrucijada por encontrar su identidad, ya sea en lo más oscuro de una mina, o en los más cálidos bosques, siempre acompañado de su curiosidad y un naciente amigo. La búsqueda de la identidad sexual de los jóvenes se ve interrumpida por el movimiento armado que arriba al pueblo a través de la prensa.

Ciudad Juárez aparece en Vereda del norte como símbolo de esperanza y de oportunidades, pero también de realidad y de tristeza. Hacia el final de la novela, Ricardo ha perdido mucho, desde su padre que se unió a la lucha con más agallas que pericia, hasta su entrañable amigo, Teófilo Domínguez. El pueblo minero ha quedado desolado, por lo que la menguada familia de Ricardo tiene que viajar a Chihuahua, para luego seguir la travesía por tren hacia la frontera, en búsqueda de una mejor situación. En la antesala de su llegada, aparece un retrato de “Arenales estériles. Médanos fulvos. Sedientos. Sinuosidades azules de montañas lejanas”, imágenes que contrastan con el ambiente serrano del inicio, así como la situación del protagonista en su pueblo natal. Los espacios en esta novela tienen fines utilitarios establecidos a favor de la trama. Chihuahua y Ciudad Juárez representan la vida urbana en tiempos álgidos, un transcurrir donde la justicia se malinterpreta con los ajusticiamientos.

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La frontera que existe actualmente entre Ciudad Juárez y el Paso es utilizada como filtro para miles y miles de personas que van de un país a otro, de manera legal, con varios propósitos (trabajo, diversión o compras); todos los juarenses transfronterizos tienen presente que hay que volver, que la casa no se abandona si no hay necesidad. Gracias a Vereda del norte vemos a la misma ciudad desde la perspectiva de un joven rodeado por diferentes crisis –tanto la social como la existencial–, entendiendo así su mentalidad, como también el carácter político. Mediante su narrativa, Escobar nos presenta una situación en la que su protagonista abandonará el terruño, junto con su familia, una vez que la armonía se ha quebrado. El lazo que parece más fuerte en la novela, el que tiene con Teófilo, también se rompe de forma abrupta y dramática cerca de la Misión de Guadalupe. Espero haber despertado la curiosidad acerca de estos personajes y sobre la variedad de historias que tuvieron que abordar el tranvía y cruzar los arenales antes de adentrarse a Juárez, para detenerse en el cauce del Río Bravo. Tal pareciera que conforme se seca el río, resurgen historias del pasado, como si la esencia de cada ficción marcada en cada gota desvanecida nunca se perdiera, todo gracias a la literatura de hombres capaces de poner en perspectiva nuestra ciudad, escenario propicio para todo tipo de revolucionarios, incluyendo jóvenes listos para encontrarse a sí mismos justo en la frontera.

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Oscar Daniel Hernández Acosta